El bar

A este chico, lo quiero, tengo ganas de hacerlo feliz. Si por mi fuese, lo llevaría de fiesta, por los barrios con la música más alta y el mejor ambiente, bailaríamos, reiríamos y cantaríamos juntos al son de la música. A este chico, lo quiero.

» ¿Vamos a la Marinera?», dice él, es su lugar favorito, un pequeño bar de barrio donde siempre está puesto el canal de deportes, «hace mucho tiempo que no vamos…»

Acepto. Quiero hacer tantas cosas con él, quiero que vea todas las fotos con mis nuevas amigas inglesas, quiero contarle todos los secretos y las leyendas de mi nueva universidad, quiero hablarle del futuro, hacer planes para navidad. Quiero hacer tanto, pero me quedo callada, porque prefiero vivir en el presente, pasar un buen día.

En la calle, le digo que la corbata le queda bien, él protesta, la debe tener desde hace 15 años o más, pero aún así sonríe y me da un beso. Se queja de su espalda, que cada día le duele más. Igual debería dejar de jugar tanto a pádel, pero eso le haría sentirse más mayor, no le gusta nada esa sensación, aunque no lo comprendo, no se le ve mayor, al menos no para mí. Es el más guapo de toda la ciudad.

Al fin, llegamos al bar, se me olvida lo mucho que odio este sitio. El olor a humo es insoportable nada más entrar, y hace más frio dentro que fuera. Las mesas están vacías y el local silencioso, sólo se escuchan de fondo algunos ruidos en la cocina y una televisión mal sintonizada, la banda sonora de una película de terror. Me dan escalofríos, el lo siente y me coge la mano, sus dedos alrededor de los míos me calman un poco.
«¿Prefieres la ventana, no?»

Me encojo de hombros, pero él ya se ha sentado allí. Me conoce muy bien, por eso le quiero. Pienso en todas las cosas que me gustan de él. Para empezar, me encantan sus ojos, su pelo, sus hoyuelos… me encanta él.
«¿Por qué no te sientas?», me pregunta quitándose el abrigo y la bufanda.
«Princesa, se va a enfriar la comida.»
«¡No me llames así!», exclamo cruzando los brazos haciendo un puchero de niña pequeña. Él se ríe y me revuelve el pelo. Suspiro irritada: «Eres tonto, papa.»