Gea Terra

Abrí con cuidado la puerta de la cámara, temiendo atraer la atención de los guardianes que había tenido que sortear en la antecámara para llegar hasta aquí. Pasé por la puerta ligeramente entreabierta y después la cerré enseguida, dejándome engullir por la oscuridad. Saqué con cuidado un cristal de mi bandolera y lo mantuve flotando sobre mi cabeza. La luz, siendo tan potente, no llegaba ni a alumbrar las paredes, dejando a mi imaginación la enormidad de la cámara.

Dando unos pasos en dirección a lo que yo pensaba que era el centro, noté una fuerza de succión sobre el cristal mil veces mayor a lo que yo podía producir. Tuve que observar como mi única luz en la oscuridad se fue volando hacia el techo, y en menos de un minuto desapareció.

Tuve que hacerme a la idea que había perdido mi querida luz, y agarré con más fuerza el pomo de mi espada. Había venido aquí con una única misión, y no iba a fallarle a mi padre.

Antes de haber podido dar el siguiente paso, todo a mi alrededor explotó con una luz extremadamente intensa. Cuando pude volver a abrir los ojos, observé que mis alrededores habían cambiado completamente. De ser un vacío negro, ahora podía observar enormes columnas que llegaban hasta más allá de lo que podía ver a simple vista.

Pero lo que más me atrajo la atención fue el Wads que se encontraba durmiendo en el centro de la sala. Con pasos cuidadosos, me puse en camino hacia las escaleras de jade que me iban a llevar al Wads y hacia su corazón. Pero con impotencia tuve que observar los lisos escalones que desprendían un apacible calor, pero para mí eran un obstáculo imposible de franquear con la armadura que llevaba. Decidí, en un momento de impulsividad, liberarme de lo que llevaba encima, quedándome en una camisa y unos pantalones ásperos que no me llegaban a más allá de las rodillas. Con pies descalzos di el primer paso y noté el resbaladizo escalón bajo mi pie.

Conseguí subir el resto sin muchos percances, y pronto me encontré delante del Wads, armada solamente con un Tanto de apenas veinte centímetros de longitud. Me asombré con la preciosidad de sus escamas, y no pude contener la tentación de tocar algunas.

Eran ligeramente arrugadas, pero el jade blanco les daba un esplendor espectacular, rompiendo los haces de luz para crear una miríada de arcoíris. Al retirar la mano, observé cómo se formaba rocío sobre mis yemas y las froté rápidamente en mi camisa, para volver a calentarlas.

Sus cuernos de cuarzo rosado estaban rodeados literalmente por una ligera niebla que daba una sensación sobrenatural y las escamas dorsales de obsidiana se multiplicaban llegando a la cola como un abanico. La cola en sí estaba cubierta por escamas negras obsidiana y, al observarla más detenidamente, me di cuenta de la fina capa de hielo que las cubría. Volví a observar detenidamente el Wads, percatándome que brillaba en verde esmeralda de los talones, blanca jade de las escamas, negra obsidiana en el lomo y la cola, y rosa cuarzo en los cuernos.

Me agaché a la altura de su corazón, y ahí olí el suave olor a cerezo y noté el frío que emanaba de la criatura, contrastándolo con el calor que desprendía la plataforma. Cerré los ojos y preparé el puñal, pero una parte de mí me paró. Inspiré profundamente y volví a oler los cerezos en flor, esa fragancia que emanaba del Wads y me recordaba a mi hogar. Abrí los ojos y volvía observar a la bella criatura de las leyendas, durmiendo tan plácidamente, y entonces tomé una decisión de la que nunca me he arrepentido.

Me puse de pie y bajé los escalones uno a uno, sin darme cuenta de que los ojos azabaches de la criatura estaban siguiendo cada uno de mis movimientos. Al llegar al final de la escalera me volvía poner mi armadura con maestría y anduve hacia la salida. Antes de cerrar la puerta detrás de mí eché un último vistazo al Wads, esa criatura tan bonita. Después dejé que la puerta se cerrase tras mío, aislando esa cámara oscura en la que solo se pudo oír un único suspiro antes de que se volvió a restaurar la calma.