GRITOS EN SILENCIO

Todo empezó aquella tarde de invierno. No dejabas de observarme hasta que te acercaste a hablar conmigo. Lo primero que sentí fue que te ibas a convertir en alguien muy importante para mí, aunque igual estaba equivocada.

No me di cuenta de que eso no sería así hasta que, poco a poco, fuiste haciendo de mí una persona cada vez más débil, con menos ganas de vivir, como cuando alguien intenta apagar una vela o brillar apagando la luz de otro.

Nunca me había podido llegar a imaginar cómo el miedo puede aparecer en ti en cuestión de segundos y cómo, de ser una persona con ganas de vivir, te conviertes en esa persona a la que la ansiedad le persigue. Sientes un nudo en el pecho que parece que cuanta más fuerza haces para desatarlo, más resistente resulta.

Eso es lo que puedo sentir cada vez que oigo el ruido de tus pasos aproximándose a mí y yo alejándome cada vez más de mi propia persona.

Cuando por fin me tienes enfrente, cada palabra que utilizas para dirigirte a mí sirve para hacerme sentir inferior y de esta manera consigues que poco a poco vaya siendo más vulnerable. Como un títere al que manejar a tu antojo.

Levantas tu mano con ira y con todas tus fuerzas posibles y sólo cuando consigues rozar mi cara es cuando te sientes satisfecho.

Lo que en un principio pensaba que era amor se ha convertido en odio y superioridad ante mí. Quién sabe. Igual fue amor en un principio. Un amor diferente. Amor por tenerme como tu marioneta y manejarme a tu manera. Eso ahora mismo no me importa. En toda esta soledad tengo tiempo para pensar, pero tantas cicatrices me lo impiden.

Mi corazón es algo parecido a una caja vacía, un tren que va tan rápido que, cuando quiera frenar, habrá descarrillado y ya no será posible dar marcha atrás. Ni siquiera tendré la oportunidad de montarme en otro vagón para que la historia sea diferente o volver a esa tarde de invierno, para que nada de esto tuviera lugar.

Cuando por fin me dejas salir de esta habitación, siento que no tengo ganas de nada, ni siquiera de sentir. Consigo, a duras penas, salir a la calle. Todo a mi alrededor es distinto. A lo lejos veo a mis amigos. A pesar de haberlos visto, yo sigo mi camino, ese que empezó siendo bonito desde mi ignorancia.

Se acerca mi amiga y apoya su mano en mi hombro a lo que yo reacciono de manera inconsciente apartándome y temblando. No me doy cuenta de lo que hago, parece como si hubiera perdido el control sobre mi cuerpo. Me pregunta que qué es eso que llevo en la cara, esa pequeña mancha en mi rostro con nombre de furia y yo le digo que es sólo un golpe que me di contra la mesa.

Parece que me siento a salvo durante un rato, hasta que suena el teléfono y los nervios recorren mi cuerpo hasta acelerar el ritmo de mi corazón.

Eres tú. Me dices que es hora de que vuelva a casa.

Pasan los días. Parece que la sensación que tenía hacía unos días ha cambiado, no sé si para bien o para mal. Me siento acostumbrada a los golpes . Sigue doliendo, pero más duele no saber el motivo por el que haces esto. Me mandas, me utilizas, me pegas, me humillas, me maltratas de diferentes formas, ya no solo físicamente sino que a esto hay que sumarle un gran desgaste psicológico. Mientras que yo me voy hundiendo, tú sigues siendo la misma persona de siempre , a pesar de haberle arrebatado las ganas de vivir a quien decias que era el amor de tu vida.

Sigo recordando esa noche a altas horas de la madrugada, cuando a pesar de que yo no quería, me obligaste. Yo me intentaba defender mientras escuchaba a mi alma gritar en su angustia. Podía sentir dolor. Esta vez el dolor fue mayor. Me di cuenta de que no tenías límites conmigo. Tu excusa era decir una y otra vez que todo esto lo hacías por mi y, para tenerme contenta, me intentabas pagar con regalos y llenándome los oídos de palabras bonitas, aunque nada de eso era de corazón.

Me acabo cansando de todo, de fingir que estoy bien, cuando mi alma está rota en pequeños pedazos irreparables.

Mientras presiono la herida de mi cara para que deje de sangrar, me voy acercando hasta que consigo coger el teléfono. Cuando solo me quedan seis palabras para acabar de escribir el mensaje, noto como una mano me agarra el cuello, impidiendo así la circulación de la sangre.

Horas después encuentran mi cuerpo sin vida, con la piel de color grisáceo. El color de mis ojos dejó de tener brillo hacía un tiempo, pero hoy se había apagado del todo. Junto a mi cuerpo, el móvil lleno de sangre y con un mensaje escrito que nunca llegó a su destino.

Hoy puedo ver desde donde estoy cómo las lágrimas y la impotencia acompañan a la gente que me quería. Nadie sabía de la existencia de esta historia. Solo él, pues en sus manos estaba pisar los pocos pedazos que quedaban de mí o dejar que me reconstruyera , pero eligió la peor de las opciones.

Soy consciente de que ahora es demasiado tarde para pedir ayuda, pero rezo para que este cuento no se vuelva a repetir jamás y para ser la última persona en haber vivido un calvario como este.