LA TRINCHERA

Soledad. Estoy rodeado de gente y todo lo que siento es soledad. Estamos todos amontonados; vivos, muertos, unos encima de otros. Metidos en las trincheras como asesinos en la cárcel, atrapados. No siento los pies, el suelo embarrado entorpece mis pasos cuando llega el trágico momento que todos esperamos, pero no anhelamos. Suena la señal, estridente y odiosa, llamándonos a una batalla que no queremos lidiar, llamándonos a la muerte. Y nosotros, como ratas hipnotizadas por las dulces notas de la flauta de Hamelín, salimos guiados por el olor de la sangre, hacia nuestro inminente final. Yo no quiero morir, yo no quiero matar.

Respiro hondo, agarro con fuerza mi arma y, con el corazón en un puño, trepo la pared de la trinchera que tanto he odiado pero que ya echo de menos. Pienso en mis hermanos, los que dejé forzado en mi casa, y los que luchan a mi lado, y que seguirán luchando cuando yo ya no esté. Miro al frente y me encuentro un paisaje desolado, destrozado, aplastado con la fuerza de la guerra. Con tristes ojos observo como los soldados caen uno a uno, diez a diez, matándose unos a otros por tratar de sobrevivir. Y con una lágrima cayendo por mi mejilla, me uno a la tormenta de muerte y desolación.