SILENCIO

Vuelves a casa solo y cansado, como siempre. Caminas lento, pensando, observando tu entorno como si todo fuese ajeno y extraño. Algo imposible de comprender; la risa de la gente, sus tonterías de borrachos, parejas besándose en un portal.

Te preguntas que donde estas, y que donde te gustaría estar, y el silencio acude como respuesta. Quizás simplemente vuelven a tu cabeza imágenes en las que eras tú el que compartía roces con algún otro cuerpo.

Observas las fachadas ennegrecidas por el gas toxico de los coches, te cruzas con solitarios que vagan igual que tú en busca de su cama, miradas inexpresivas, algunos solo bajan la cabeza y siguen andando, como si se avergonzasen de algo.

Piensas en que más allá de las ruinas de cemento, se extienden las poderosas montañas, en esta época ya adornadas con la nieve y el hielo, incrustándose en sus rocas, triturándolas y dándoles forma. Piensas el porqué de esta sensación que te vacía por dentro, que te deprime y que solo te aporta malestar.

Esa sensación de asco hacia las ruinas que el ser humano llamo civilización, esa sensación es la que te empuja una vez más a huir de todo, y subir hacia vertiginosas cumbres, tanto mejor cuanto más solitarias y apartadas de la mezquindad del hombre.

Es fácil sentirse realizado en un entorno donde no sientes la presión de la civilización, que te grita en cada esquina, en cada fachada, lo que debes de ser, lo que debes de hacer y como debes de comportarte.

Una huida hacia la raíz de las cosas, a la esencia de la naturaleza humana. Es necesaria la contemplación en nuestras vidas, la contemplación de las cumbres nevadas, del infinito desolador donde no puso sus garras la raza humana, para poder alcanzar la verdad, mirarla fijamente a la cara sabiendo que la tienes enfrente, sin llegar a comprenderla.

El aire golpea fuerte y frio, el horizonte blanco se presenta imponente desde una arista afilada de granito, algunas gotas de sudor resbalan por la espalda. Te golpean fuerte oleadas de pensamientos. Un día leíste que “el silencio es el lenguaje de Dios, y todo lo demás es pobre traducción”, y desde luego, si hay algo etéreo y espiritual en el universo este es su templo y su único lenguaje.

Silva el viento entre los riscos, y me cuenta como el miedo se adueñó del hombre, como plastifico su vida al vacío y murió sin estar muerto, como olvido lo que es pisar descalzo la hierba húmeda y empaparse de bastos horizontes.

Levanto la cabeza, un coche me pita, el semáforo ya está verde. Llegamos tarde seguramente a la oficina, y otra vez me invade la náusea al darme cuenta de que el mundo ha sido reducido a mercancías, no hay lugar para nada más. La felicidad es de plástico y se consume. Solo hay un dios, y es el rendimiento. Todo lo demás, disidencia.

Y vuelve el silencio a susurrarme, que el tiempo camina descalzo para no hacer ruido al marchar, que en el miedo precipitan sueños e ilusiones, dejando en la superficie un vacío monótono de mera existencia.