NO HA DEJADO DE FLORECER

Calles desiertas. Llenas de desánimo, turbación y policía. Todos confinados en nuestros perímetros esperando ver cómo de vulnerables somos. Con pavor por tener una bomba de relojería pegada al pecho que estalle sobre los que más amamos. El Covid-19 ha puesto en jaque al mundo entero para darnos una lección. Nos ha sentado a todos en primera fila para hacernos aprender que en las guerras los héroes de verdad no arrebatan vidas: las salvan. Que las jaulas no están hechas para los seres vivos. Que el calentamiento global no es un cuento para asustar por la noche a las generaciones venideras. Que hay que visibilizar las enfermedades mentales. Que el arte, la literatura y la música son ineludibles en el currículo académico. Que invertir en sanidad pública es una cuestión de vida o muerte.

Hemos tenido que taparnos la boca para pensar con claridad. Hemos tenido que ponernos guantes para recuperar el tacto. Hemos tenido que perder la libertad para valorarla; como ese niño que llora desconsolado porque le han quitado un juguete que ignoraba. Dejemos contagiarnos por esta realidad flébil y lacrimosa. Dejemos que nos recuerde que los besos y abrazos deben ser vitales y no virtuales. Dejemos que este virus nos cure esa ataraxia crónica que padecíamos. Dejemos que entre un halo de luz entre tanta grieta.

Sólo espero, que cuando esto pase (porque gracias a la ciencia, pasará), NO volvamos a la normalidad. No nos quitemos la mascarilla para ponernos la careta de inmunidad e impasibilidad. No olvidemos todas esas sombras y fantasmas que hemos visto en la caverna cuando salgamos al exterior. No nos olvidemos de lo que más anhelábamos estos días de confinamiento. No nos olvidemos de ayudar a nuestros mayores, a los más vulnerables y a los amigos y familiares de los que hoy ya no pueden estar en sus balcones. Si la ciencia no salva al ser humano en esta guerra, al menos que sea la humanidad la que nos dé paz. Amen.