LOS OJOS DE SILVIA

Colás Gómez era un tipo cualquiera, un tipo invisible, un don nadie. A sus casi treinta años de edad, no había tenido jamás un amigo, ni uno solo. Y en cuanto a las mujeres, las únicas relaciones que había mantenido habían acabado bastante mal. Era tan tímido, con la cabeza siempre calada entre los hombros y la espalda encorvada, que, cada vez que alguien le dirigía la palabra, fijaba la vista en sus zapatos y ya no la despegaba. ¡Hay que ver cuántas horas al día se pasaba aquel tipo mirando sus zapatos! Sus compañeros de trabajo no conocían su nombre. Sus vecinos no lo esperan para coger el ascensor; no por maldad o porque sintiesen algún tipo de apatía por el pobre Colás, sino sencillamente porque no reparaban en su presencia. Y él, como os he dicho, era demasiado vergonzoso como para pedir que lo esperaran. No exagero, de veras. Uno podría pasarse doce años viviendo puerta a puerta con él y no percatarse siquiera de su existencia.

Ése, de hecho, era el caso de Silvia. Si a la joven le hubiesen preguntado por su vecino de rellano, probablemente habría contestado que solamente lo veía un par de veces al mes, y que estaba prácticamente segura de que aquel no era su domicilio fijo, que sólo se pasaba por allí de vez en cuando. Pero Colás sí que sabía de la existencia de Silvia. ¡Cómo para no hacerlo! Silvia era la mujer más hermosa que él hubiera visto. Tenía unos ojos enormes, azules, más profundos que el mar y más brillantes que el sol. Siempre arreglada, con sus vestiditos vaporosos y el toque de pintalabios rosa. No llevaba más maquillaje que ése, aunque Colás sospechaba que añadía a sus ojos un poco de rímel en el ascensor, justo después de salir de casa a las ocho y cuarto de la mañana. Y es que, cuando volvía, exactamente a las cinco y veinticinco de la tarde, solía tener una sombra oscura alrededor de las pestañas. Colás sabía todo esto porque, cada mañana y cada tarde, asomaba el ojo por la mirilla para poder ver a Silvia cruzar el rellano. Y, una vez que se había marchado, abría un poco la puerta para dejar entrar el aroma de su perfume de flores en su apartamento.

¿Os parece siniestro? Bueno, ¿qué queréis que os diga?, a Colás le hubiese encantado atreverse a abrir la puerta y salir al rellano par mirarla directamente a esos preciosos ojos zafiro, pero, cada vez que alargaba la mano hacia el pomo de la puerta, ésta comenzaba a temblar de forma descontrolada y, por mucho empeño que él le pusiese, siempre acababa acobardándose. ¡Cómo se odiaba en esos momentos! Todas las mañanas, justo después de que Silvia se hubiese marchado, se quedaba mirando la puerta con una expresión un poco desconcertada, como sorprendido de su propia cobardía, y se quedaba así un rato, hasta que él también tenía que irse. Después, cuando volvía del trabajo a las cinco en punto, se colocaba de nuevo en el mismo sitio, a esperarla. Y así todos los días; excepto los fines de semana, en los que se veía obligado a quedarse siempre junto a la puerta, porque el horario de la joven era imprevisible.

Pero aquel lunes veinticuatro de abril las cosas cambiarían. Colás lo había estado planeando todo el fin de semana, y por fin tomó su decisión: aquel día abriría la puerta, miraría los ojos azules de Silvia, diría «hola» y harían juntos el trayecto en ascensor. Se levantó dos horas antes para prepararse. Todo tenía que estar perfecto. Se puso la camisa que reservaba para las ocasiones especiales, se afeitó y peinó con cuidado e incluso se puso un poco de perfume. Sin embargo, cuando llegaron las ocho y cuarto de la mañana, ocurrió lo mismo que todos los días: Colás fue incapaz de abrir la puerta. Lloró durante tres horas. En aquel momento le hubiese gustado ser cualquiera que no fuese él. Se sentía como un perfecto idiota. Pero Colás no iba a rendirse. Aquel día no. Se secó las lágrimas e ideó un nuevo plan para las cinco y veinticinco de la tarde: abriría la puerta, miraría los ojos azules de Silvia, le diría «hola», se metería en el ascensor y bajaría él solo. No tendrían ocasión de compartir los siete segundos que duraba el trayecto hasta el vestíbulo, pero era mejor que nada. ¡Qué amargo fue el sentimiento de Colás cuando, aquella misma tarde, fue incapaz de girar el pomo de la puerta y saludar a Silvia! Pensaréis que Colás volvió a tirarse al suelo, a sollozar como el pobre diablo que era. Pero no. Ya os he dicho que aquel día era distinto. A las cinco y media de aquel lunes veinticuatro de abril, Colás abrió la puerta de su piso decidido a hacer lo que llevaba meses queriendo hacer, todo de golpe, como arrancarse una tirita. Cruzó el rellano, golpeó con los nudillos la puerta del apartamento de Silvia, esperó a que ella abriese, le dijo «Hola, tienes unos ojos preciosos» y clavó un cuchillo en su corazón. Colás sonrío, por fin satisfecho. ¡Qué bien quedarían aquellos ojos zafiro junto al resto de su colección!