SANTA MARÍA

Santa María siempre pensó en cambiar su nombre. Era otra señal más de esa sensación de que todo le era impuesto sin contar con su propia opinión. A menudo, cuando le preguntaban, ni siquiera asentía con la cabeza y en su garganta se golpeaban todas las palabras que nunca más iba a poder pronunciar. Santa nunca fue una mujer demasiado atractiva y ahora, a sus 56 años, de los cuales más de la mitad fueron de sufrimiento, reflejan un rostro donde es difícil encontrar belleza.

Santa María tiene el cuerpo de junco, un junco torcido por el dolor y la incapacidad para comunicarse. Ama el río, la corriente libre y la sabiduría del agua para salvar el obstáculo de las piedras. El agua, como ella, no habla, no pronuncia.

Los habitantes del pueblo no saben exactamente cuándo y por qué ella se quedó muda. A menudo tuerce la boca como si la tristeza por no poder hablar le deformase los labios. Tiene pequeñas heridas en el mentón y cuando la miras de frente se pellizca ahí con fuerza.

Es capaz de pestañear a una velocidad inhumana por lo que es difícil identificar con exactitud el color de sus ojos. Probablemente ni siquiera ella lo sabe y el espejo es su enemigo como lo fue cuando reflejó el momento de la tortura.

Santa hizo honor a su nombre hasta ese día. Aquella casa silenciosa se convirtió de repente en un infierno de ruido y confusión. Aquellos bárbaros desvalijaron la casa y abusaron de ella hasta dejarla sin palabras para el resto de sus días.

A Santa le tranquiliza salir a pasear al bosque junto al río, pero siempre a plena luz del día.

Los vecinos dicen que cuenta los pasos mientras camina y que la ven arrancarse mechones de cabello débil, un pelo ni liso ni rizado y demasiado largo para su edad.

El blanco de sus abundantes canas contrasta con el color de su ropa, siempre negro. La mayoría de sus prendas fueron heredadas de sus dos hermanas mayores, que murieron casi la una después de la otra. Las llevaron a enterrar a la ciudad, a pocos kilómetros del pueblo, tal y como habían dispuesto antes de morir.

Santa nunca duerme en la cama. Todo en su habitación está intacto desde lo que pasó. La mayor parte de las horas las pasa en el salón, absorta frente a ese enorme ventanal que nunca limpia.

Jamás se atrevió a enfrentarse a su familia. Llevó con total resignación que la obligaran a aceptar un contrato en la fábrica textil. A diario tenía que trasladarse hasta allí en un viaje que, a pesar de corto, se hacía pesado por el mal estado de la carretera.

No ha vuelto a viajar. El único trayecto que recorre es el de la casa al río, del dolor al agua y viceversa.