AQUEL VERANO EN OLVERA

Y entonces lo supe. Le miré, y lo supe.

Los primeros rayos de sol se introducían a través de la persiana. No deberían ser más de las ocho de la mañana cuando Cecilia se levantó. Estuvo remoloneando unos minutos más en la cama, a solas con sus pensamientos matutinos. Descendió las escaleras con frenesí, y sin ni siquiera regalarle el beso cotidiano a su madre, salió a la calle.
Llevaba demasiado tiempo anhelando ese momento. Ciertamente ese año había sido monótono y aburrido, se podía resumir en una palabra: estudiar. Había transcurrido un año con sus amigas de toda la vida, aquellas amigas que aunque conocía desde los cinco años, nunca habían sido amigas de verdad. No como Félix, Daniel o Samuel.
Habían quedado en el banco del pueblo de siempre a la hora de siempre, en aquel día de junio que presagiaba un magnífico verano. Un verano juntos, que realmente era lo único que importaba a Cecilia.

Cuando acudió al banco, los chicos aún no habían llegado. Tras unos minutos, o siglos, no lo sabía bien, Cecilia los vio asomarse por la calle Mayor. Los tres estaban muy altos y muy guapos. Nueve meses sin verse era demasiado.
Se apretaron, estrecharon, estrujaron y abrazaron con una inmensa intensidad. Para los tres esa amistad era lo más preciado que tenían en la vida, se querían a rabiar. Debido a que sus padres también eran íntimos amigos habían compartido momentos juntos desde que eran bebés.

Esperaban con ansias a que llegara el verano para verse de nuevo. Esa estación caracterizada en Olvera por un calor pegajoso y un aire ardiente.

¿Qué os parece ir a darnos un chapuzón al riachuelo?- Sugirió Daniel.

Y los cuatro jóvenes de 17 años al riachuelo fueron. Estuvieron todo el día disfrutando de sus compañías. No pararon de conversar, había demasiado que contarse.

Cecilia estaba tendida en la orilla mientras observaba a sus amigos hacer el tonto en el agua. ¡Los había echado tanto de menos! Eran los único que la entendían de verdad, los únicos con quien podía ser la persona que realmente creía ser. Una chica risueña, entusiasta y cariñosa. Una chica feliz.

Serían ya las 11 de la noche cuando decidieron irse a sus respectivas casas. Había sido un día intenso y su cuerpo les pedía un poco de descanso. Cecilia durmió profundamente, sin despertarse como habitualmente por los ronquidos de su hermano.
A la mañana siguiente, la joven, tras despertarse, abrió el armario aceleradamente y se vistió con las primeras prendas en la que se fijaron sus ojos. Besó a su madre en la mejilla y se apresuró a encontrarse con sus amigos.

Y así pasó el verano, un día tras otro. Ciertamente los chicos nunca se aburrían, daban paseos largos por los senderos de alrededor del pueblo, iban al riachuelo a pescar y a bañarse en las aguas, miraban ensimismados las estrellas, y hablaban hasta caer rendidos.

El verano estaba llegando a su fin. Pronto empezarían las clases y se tendrían que despedir y esperar casi un año para verse de nuevo. Solo que no sabían que nunca más volverían a estar los cuatro juntos. Nunca más volverían a tener esa amistad que parecía irrompible.

Ninguno de ellos olvidó la última noche que pasaron en Olvera. Se les quedaría marcada para siempre. Ocurrió algo que ninguno quería recordar, y ese secreto fue lo que les fue distanciando. ¿Cómo podrían mirarse a la cara sin sentir un desmedido remordimiento o un sentimiento de culpa que les carcomía por dentro? Sobre todo ella, ella era la culpable de todo.

Cecilia no pudo conciliar el sueño esa noche, ni la siguiente, ni tampoco la siguiente. Se tendía en la cama, mirando el techo, mientras millones de pensamientos le atrolondaban la cabeza.

El verano de sus 18 años llegó, y como de costumbre ella y su familia fueron a pasar las vacaciones al pueblo. Este verano ni dió paseos largos por los senderos de alrededor del pueblo, ni fue al riachuelo a pescar o a bañarse en las aguas, ni acudió al encuentro de sus amigos ese primer día de verano. Volverlos a ver le recordaría el trágico suceso. Sabía que no podría aguantar la presión y tendría que confesar lo ocurrido.

Pasaron 20 años antes de que Cecilia pisara las calles de Olvera de nuevo…

Le despertó el tacto tibio de los pies de su marido. Con ternura, posó sus labios en los del amor de su vida y se levantó decidida a aprovechar la mañana de ese apacible día de domingo.

Se calzó con las holgadas zapatillas de andar por casa, y mientras esperaba impaciente a que se tostara el pan se dispuso a ojear el periódico. Al ver aquel nombre en la esquela del periódico sintió como el corazón le palpitaba a una velocidad inconmensurable. Recordó entonces todos los veranos de cuando era una despreocupada niña. Aquellos placenteros veranos en Olvera junto a Félix, Samuel y Daniel.
Nunca más volvería a ver a Daniel, su Dani. Porque al fin y al cabo era su Dani. A pesar de haber decidido que nunca más volvería a ver a sus amigos, la sensación de perder a Dani para siempre le partía el corazón en mil añicos.

Cecilia sabía que tenía que volver. Tenía que volver para despedirse de Daniel y poder pasar página definitivamente. Regresaría a Olvera para el funeral, y se juró que nunca más regresaría.

Sin tan siquiera despedirse de su marido arrancó el motor del coche y se dirigió hacia el pueblo de su infancia. Con suerte llegaría con un poco de tiempo para comer antes del entierro. Se preguntó si Félix acudiría.

Mientras divagaba en sus pensamientos la intensa lluvia transportó a Cecilia 20 años atrás, a aquel fatídico día de verano…

¿Qué os parece darnos un último baño en el riachuelo?- Sugirió Samuel
¿Por qué no?- Respondió Daniel en un tono burlón.

Era una noche oscura y apenas unas pocas estrellas resplandecían en el cielo. Cogieron las linternas y se pusieron en camino. En el último trecho del sendero, Félix cogió a Cecilia de la mano para saltar un pequeño obstáculo.

Cecilia y Samuel estaban jugando, haciendo el tonto como siempre. Pero tuvieron una discusión tonta, que acabó convirtiéndose en una disputa grave. Cecilia, enfadada, empujó demasiado fuerte al chico. La cabeza de Samuel chocó contra un roca y empezó a brotar sangre formándose un gran charco.

Cecilia se quedó petrificada. Sentía una intensa sensación en el pecho que no le permitía respirar . ¡Había matado a Samuel con sus propias manos!

Lo he matado. Espetó.
¡Dios mío Cecilia! Exclamó Félix.
Tenemos que llamar a la policía y contar lo sucedido. Dijo Daniel.
Chicos, iré a la cárcel. No ha sido un accidente y lo sabéis. Estaba furiosa y le empujé en un arrebato de ira. Ha sido un asesinato.

Unos segundos que parecieron horas estuvieron llenos de un silencio angustioso y abrumador.

Cecilia les suplicó que no contaran la verdad del suceso. No podría soportar las miradas de desprecio y odio de la familia de Samuel, y tampoco las de su propia familia. Contarían que se había caído sin querer al resbalarse con las húmedas piedras.

Cecilia derramó unas lágrimas de inmensa culpabilidad. Se las secó rápidamente con la manga de su camisa y continuó su trayecto por las carreteras angostas de Andalucía.

Unas horas más tarde se encontraba en el cementerio de Olvera, frente al cuerpo inerte de Daniel.

Después de la ceremonia fúnebre acudió al encuentro de Félix. Los dos esbozaron una dolorosa sonrisa y mantuvieron una banal conversación durante unos minutos. Al despedirse, Félix obsequió a Cecilia con un beso en la mejilla mientras le susurraba al oído:
Sabes, Cecilia. Sé que hace muchos años que no nos vemos, pero yo haría cualquier cosa por ti. Siempre he estado dispuesto a esconder tu secreto, no como Daniel. Tu secreto estará a salvo conmigo.

Y entonces lo supe. Le miré, y lo supe.