CENIZAS DE UN CORAZÓN ROJO

Un suspiro,
apenas un suspiro en mi boca queda.
Hija, entiende, que hasta aquí
mi camino llega.

Las raíces han vuelto intrincadas
a hundirse hondo entre las rocas
de una tierra que desde el centro
me llama, y anhelante dice:
“No me luches, hija”,
dice que llevar me deje.

Es el momento de llamar
a los que de mí fueron creadores,
a los que pertenezco y pertenecen
todos los que en la tierra nacen.

De la tranquilidad absoluta partió
un revuelo de aves negras.
De la nada surge, sin aparente razón,
un silencio que llorando cuenta,
inefables penas.

Azotando ramas, el viento airado,
avisaba de que una parte quería
de la mocita a la que entonces retirado
ciego observaba mientras descalza corría.

El granizo despertó oscuro, enfadado,
de ella la fuerza heroica espera
y, mientras atemoriza al mundo, desea
no retirarse sin su tesoro ansiado.

Con más paciencia y temeroso
luce en lo alto entre las nubes
un sol que reclama a voces
las viejas cenizas de un corazón rojo.

Y entre astros, agua y aire
el juez del mundo al encuentro llega,
diciendo que de entre ellos uno sea
quien de la tempestad el ruido calme.

¡No serás tú quien se la lleve!
¡No serás tú, sol, quien la retenga!
¡No volverás con ella, aire helado!
Ninguno hay que a razones atienda.

¡Ninguno y todos traeréis a mí
a la que de la vida es presa!

¡Vuelve a nosotros, hija, nuestra!
Descendiente de la tierra y del fango,
de trigo cubierta, de río
bañada, de luz de cielo envuelta.

Recuerda que aquí de paso estás
que a nosotros debes el volver.
Recuerda que lo que aquí dejarás
en horas, en días, a nosotros deberás traer.

A vosotros, pues, mi vida entrego
por nada en vida o muerte deberos.
Solo una cosa pediros quiero
que no juzguéis mi desmadejado cuerpo.

Cansada de vivir os pido:
Cuidad de mis hijos y nietos.
Nada más en el mundo quiero
que aquellos a los que aquí dejo
felices sean, caminen lejos.

Suelto mi mano, mis dedos suelto
de la sábana que al mundo me une
y un último suspiro quiero
que finalmente mi pecho ensanche.

Ya acompañada la mocica corre
y entre pinos y montes se esconde
la silueta de aquella niña que
siempre quiso ser y hoy es libre.

(A mi abuela Cari)