JULES

29 de marzo de 2036

Hoy he conseguido permanecer tres minutos y diecisiete segundos. He tenido tiempo de ver una parte de la ciudad en la que yo calculo que sería la primera mitad del siglo XIX. Mi padre sigue haciendo ajustes a la máquina para ampliar el tiempo de estancia y que ésta no me devuelva a mi tiempo de forma inesperada.

11 de abril de 2036

Ya han pasado trece días desde la última anotación en mi diario. Mi padre ha retocado la máquina y cree que ya puede controlarla. Me voy en unas horas y llevo conmigo lo esencial para unos días, dinero de colección de la época y el dispositivo para comunicarme por escrito con papá y en el que iré anotando todo cuanto vea.

13 de febrero de 1847

“Papá, leyendo la «Gaceta de Francia», me he enterado de que no iba desencaminada con la fecha. La pensión está limpia y, como he llegado de noche, la amable anciana que me ha atendido me ha aconsejado no adentrarme por las calles a estas horas. Tan pronto como pueda elegiré a una persona que será el objeto de tu estudio.”

He tranquilizado a mi padre pero me he encontrado mucha pobreza y miseria de camino a la pensión que he conseguido encontrar. Espero no desaparecer de aquí demasiado pronto. Mañana por la mañana comenzaré a recorrer París.

14 de febrero de 1847

He salido por la mañana, después de desayunar, totalmente despreocupada. La gente con la que me he tropezado me miraba de arriba abajo con extrañeza. Al preguntar por un centro comercial, las miradas se han convertido en desconcierto. Tras encontrar un mercadillo, he conseguido algo de ropa usada y me la he puesto inmediatamente.

Cerca del mediodía me he parado a descansar en el campus de la Sorbona, al lado de un chico que estaba leyendo totalmente absorto. Se le ha caído una hoja manuscrita y, en vez de devolvérsela inmediatamente, me he quedado leyéndola. Se trataba de un poema dedicado a una tal Carolina en la que le confesaba su amor. He llamado su atención para devolvérsela y, una vez ha reaccionado, me ha mirado fijamente durante unos segundos, me la ha quitado de las manos bruscamente y se ha marchado sin soltar palabra. 

15 de febrero de 1847

No he parado de dar vueltas toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, me acechaba la inquietante mirada de aquel chico. En un intento por volver a encontrarme con él, he acudido a la biblioteca. No me he equivocado. Por lo que parece, es un devorador de libros, algo que tenemos en común. Será perfecto para comenzar una conversación.

Lo he pillado leyendo un tratado de Newton. A su alrededor, estaban esparcidos varios libros de geografía y alguno de poesía. Elegí hablar sobre Newton ya que la poesía no es lo mío. Cuando me dirigí a él, me miró unos instantes y debió reconocerme. Sin embargo, esta vez me dedicó una media sonrisa. Una descarga me recorrió de pies a cabeza. Era la sonrisa más bonita que había visto en mi vida. Se presentó como Julio y me explicó que estaba estudiando derecho pero que lo que más le interesaba era escribir.

Durante unas horas, que me parecieron minutos, estuvimos hablando de los avances de la ciencia y adónde nos podían llevar. Conversamos sobre viajar al espacio, de motores eléctricos, de vehículos voladores y submarinos. Recuerdo haberle contado ciertas cosas del futuro sin querer e, incluso, le avancé algo de nuestra historia más reciente pero, al darme cuenta mi metedura de pata, lo adorné como si fuesen cavilaciones mías.  

Me observaba intensamente cada vez que yo hablaba. En cierto momento puso su mano distraídamente sobre la mía para interrumpirme y volví a sentir aquella descarga. Se hizo muy tarde y, amablemente, me acompañó a la pensión. Nos despedimos en la puerta y quedamos para vernos al día siguiente.

Me puse en contacto con mi padre para contarle el día y caí rendida en la cama.

16 de febrero de 1847

Nerviosa por el encuentro de hoy, di vueltas por todo el mercadillo en busca de ropa un poco más bonita. Al entrar en el campus lo divisé enseguida. Estaba haciéndome señas con el brazo mientras que con el otro sujetaba una pila de libros a punto de caerse. Cuando por fin estuve más cerca, sus ojos se abrieron considerablemente y un destello los iluminó. Noté como me ruborizaba y él, al verlo, apartó la mirada rápidamente y perdió el equilibrio y sus libros se abalanzaron sobre mí tirándome al suelo. Me ayudó a levantarme y me pareció atisbar un rubor de vergüenza en sus mejillas. Solté una carcajada y él me siguió relajándose así un poco.

Pasamos toda la tarde juntos. Me hizo muchas preguntas pero me limité a contarle cosas básicas como que no era de aquí y que me apasionaba la lectura y la ciencia. Hizo de guía turístico y me enseñó cada rincón que él decía que merecía la pena conocer. Indagué un poco en su vida personal y me confesó que estaba pasando una mala racha con su padre en estos momentos. Me sorprendió cuando dijo que le gustaba mucho cantar, igual que a mí.

19 de febrero de 1847

Era una persona fascinante. Yo no perdía detalle de cada palabra que salía de su boca. En un momento dado, me preguntó con nerviosismo si existía algún hombre en mi vida. Le dije que no y le devolví la pregunta. Él me contestó cabizbajo y añadió “Ya no. Pero puede que ahora sí”. 

Como ya era costumbre, me acompañó hasta la pensión. Me besó el dorso de la mano y, cuando me disponía a entrar, estiró de mi brazo y me besó en la boca. Fue un beso maravilloso, indescriptible. Miles de descargas como las que me habían dado últimamente me recorrieron el cuerpo pero con mayor intensidad. Al separarnos, nos faltaba el aliento. Me temblaban las piernas. Abrí la puerta y mientras entraba, lo miré antes de cerrar. Él, sonriendo, me entregó una nota y dijo “Nos vemos mañana”.

11 de abril de 2036

Mi padre me despertó agitándome. En cuanto estuve más receptiva me contó entusiasmado que esta vez había aguantado tres horas. Aturdida y sin entender nada, encontré en mis bolsillos la nota de Julio. 

Sofía, creí que estaba enamorado hasta que te conocí.

¡Qué equivocado estaba! Amor, es lo que siento ahora por ti.

J.V.

No pudimos volver a poner la máquina en marcha. Hoy, sigo llorando el amor que perdí. Me pregunto si él lo sintió con la misma intensidad que yo. Si podrá perdonarme por dejarlo sin ninguna explicación. Si se repondrá y, algún día, logrará perdonarme. Daría lo que fuera por volver a esos días aunque significara renunciar a todo lo que conozco. También me pregunto si habré influido en él y si lo habré hecho positivamente.

23 de octubre de 2041

Mi padre ha conseguido volver a poner en marcha la máquina. Estoy muy nerviosa. No sé si sabremos volver al día siguiente a la fecha en que me marché.