MURMULLOS DE SILENCIO

Solía ir a esa casa al menos, dos veces por semana, pero la visita de aquella tarde la recordaría para siempre. De forma instintiva, llamé al timbre y el sonido, tras recorrer el interior de la vivienda, volvió a mi en forma de un gélido escalofrío al confirmarme que yo era la única destinataria de mi propia llamada. Por primera vez en mi vida, abrí yo misma la puerta con unas llaves que, por desgracia, me pertenecían oficialmente desde hacía unas pocas horas.  

Una vez dentro no tenía más compañía que la proporcionada por el recuerdo más o menos reciente, de todo lo vivido en aquellas instancias. Todo permanecía exactamente igual que la última vez que estuve ahí. Los muebles, los cuadros con fotos de familiares cercanos y de aquellos otros que nunca llegué a conocer, el leve tono ocre que tenía el falso estucado de la pared… incluso el espejo colocado al final del pasillo, me devolvía la misma imagen de mí misma que hubo tantos días, en ese mismo punto, semanas atrás.  Sin embargo, nada era igual. Ni la luz, ni el olor, ni siquiera el frío tacto del manillar de la puerta que aún sujetaba con fuerza, como si me fuese a desplomar nada más soltarlo.

Como una autómata, copié con escrupulosa exactitud los movimientos y el recorrido que tan acostumbrada estaba a hacer, llegué al salón y me senté en el sofá. En mi mente, resonaban los ecos de alguna de las últimas conversaciones mantenidas en esa misma habitación, que ahora guardaba un sepulcral silencio. Fue una sensación extraña, el descubrir el tipo de dolor que pueden causar unos recuerdos tan recientes, y decidí evocar otros que transformasen dicho dolor en simple añoranza. Me levanté y busqué uno de los álbumes de fotos de mi infancia.

Elegí uno al azar y nada más abrirlo viajé, con cronometrada precisión, a un abril quince años atrás. Recordé que, justo en aquél punto del año, comenzaba a tachar los días en un calendario que hasta entonces había permanecido impoluto en mi pared. Como un ritual, repetía a diario los mismos mantras mientras cubría con una gran equis el día que estaba a punto de terminar -Venga, va, ánimo, ya queda menos-. Y es que, el final de las tediosas clases y exámenes finales significaba el comienzo de las vacaciones en mi pueblo. El pueblo.  

La última vez que estuve fue hace cinco años, y recuerdo volver a la ciudad con el amargo sabor (y la culpabilidad) de abandonar una causa perdida. Ese pueblo ya no era el de las fotos del viejo álbum que hoy sostenía. Ya no quedaba nada del olor a pan recién hecho que perfumaba todas las calles, o el murmullo de sus habitantes, que aún por muy leve que se escuchasen sus voces, tenía siempre nombre y apellidos. Sin embargo, llego un día, no se muy bien cuando, en el que el pueblo no despertó y solo se escuchaba un único murmullo, que decía al unísono palabras como trabajo, Universidad, oportunidades. Aquel día el pueblo no despertó, pero sus habitantes sí lo hicieron de manera forzada, algunos temerosos, otros más animados, y convirtieron al pueblo donde nací, donde me crié, y donde pasaba mis vacaciones en un absoluto templo del silencio.

Quién me iba a decir que años después, sentiría un sentimiento muy similar al caminar por las avenidas vacías de mi ciudad. Una enfermedad nos ha cubierto a todos bajo un mismo manto de miedo e incertidumbre y la metrópoli duerme, pero a diferencia de mi pueblo, sabíamos que pronto despertaría. Ahora, las aguas son cristalinas y reflejan una ciudad que ya no es el cénit de las prisas que un día decidimos cambiar por la paz y el sosiego que nos ofrecía el mundo rural. Por no haber, ya no hay ni voces, ni ruido, ni murmullo, sino miradas entre los pocos que transitan por las calles de la urbe, un silencioso diálogo que discurre entre la justificación por estar ahí y un vago anhelo de contacto humano, aún tratándose de plenos desconocidos. 

Y es que durante estos últimos meses, la ciudad ha sido como lleva siendo mi pueblo largos años. He deseado cruzar la calle y encontrar caras conocidas, que me pregunten por mí, por mis amigos, por mi familia. Ese leve murmullo de mis vecinos sazonado con el olor de los alimentos recién traídos del campo.

Y ahora, cuando las calles ya vuelven a llenarse y se recupera la normalidad que tanto anhelábamos, las rutinas, el gentío… yo siento el peor de los vacíos. Mi abuela, que vino a la ciudad para estar cerca de su familia, ya no se encuentra entre nosotros. Pero su recuerdo sigue, como el de tantos abuelos, en el pueblo que un día dejamos. Creo que es tarea de todos revivirlo. No somos culpables del silencio de las ciudades, pero sí lo hemos sido del de muchos municipios donde hemos crecido.