@POETADEAIRE

El auditorio estaba lleno, no quedaba ni un solo espacio vacío. Sobre el escenario, como siempre, solo estaba el micrófono, un taburete y un atril de madera. 

Salió Jaime a hacer la presentación. 

Jaime era mi representante, algo así como un agente literario, pero no me gustaba llamarlo así. Jaime y yo nunca estábamos de acuerdo en casi nada, de hecho, creo que nunca me cayó bien, pero ganábamos mucho dinero juntos, nos necesitábamos, nos iba bien. Dio unos golpecitos al micrófono y comenzó. -Hoy me siento orgulloso de presentarles al último de los poetas malditos, probablemente, el mejor poeta vivo del mundo. Con todos ustedes, Poeta de aire. 

Poeta de aire, @poetadeaire en las redes sociales. Siempre pensé que ese nombre era ridículo. Creo que fue idea de Jaime. 

Subí al escenario. 

Vestía completamente de negro, con un jersey de cuello alto y las mangas remangadas, nunca faltaban tampoco las gafas de sol. Las luces estaban completamente apagadas en la sala, solo yo estaba iluminado por una luz amarilla. Prohibíamos el uso de teléfonos en los recitales por lo que la oscuridad era total. Me senté en el taburete y encendí un cigarrillo. Me mantuve en silencio mirando al suelo durante al menos dos minutos. Creo que montar aquel numerito de estrella del rock trasnochada era realmente lo único que me gustaba de aquello. Di una última calada al cigarro, tiré el humo y empecé a recitar. 

Por cada calada, un suspiro 

Por cada día sin ti, un día perdido. 

El público estalló en aplausos. Lo habitual. Cuando terminaron de aplaudir seguí con el siguiente. 

Te miré a tus ojos de adivina 

y en ellos vi mi futuro.

Nuevamente los aplausos. 

Nunca lo llegué a entender, pero realmente les emocionaba escuchar y leer aquellas tonterías. No rimaban, no respetaban ninguna métrica, las podría escribir un niño de primaria, no entendía nada. 

Aprovechando el calor del momento, ignoré el consejo de Jaime, y leí uno de mis poemas, de los que no se habían publicado, de los que yo consideraba buenos. Cuando terminé de recitarlo no se escuchó ni un tímido aplauso. Vi como Jaime negaba con la cabeza, arqueó una ceja y leí de sus labios “arréglalo”. Guardé silencio unos instantes, di una nueva calada al cigarrillo. -Voy a improvisar unos versos. – Dije mientras cerraba el libro.

 Hoy te vas a querer 

Hoy te vas a valorar 

Hoy te vas a comer el mundo

 Le dije esta mañana a mi espejo 

Otra vez los malditos aplausos. ¿En qué momento se había perdido el gusto por la buena poesía? 

Terminé el recital y estuve firmando mi último libro; versos de humo, lo solía hacer en completo silencio y sin mirar a quien se lo firmaba. 

Creo que aquello les gustaba, sentían de verdad que estaban ante un gran poeta y no frente a un estafador. 

Sentía sus miradas, había algo de miedo en ellas, como quien mira a un dios o a un futbolista, y yo no era nada de eso, simplemente era un maldito estafador, un farsante, un caradura, un fracasado. 

Salí a la calle. No fumé, odiaba el tabaco. 

– A ver, mírame a los ojos, ¿ves el futuro? 

-Irene no estoy de humor, no tiene gracia. 

-Tú nunca estás de humor. 

– ¿Has venido a reírte de mí?

 -Claro, eso es lo que hacen los amigos. 

-Irene me voy a casa, estoy cansado. 

-Espera, mañana inauguran mi exposición en una galería de la Gran Vía, ven a reírte tú de mí. 

-Bueno está bien. 

Irene era artista, al principio solo pintaba, pero luego empezó a hacer un poco de todo. Se dedicaba a eso que ahora llaman arte moderno. 

Cuando llegué a casa estaba lloviendo, me gustaba escribir mientras escuchaba la lluvia. Escribía con la esperanza de ser valorado como poeta por la calidad de mi poesía y no por mis ventas ni la cantidad de likes en las redes sociales. Odiaba a Poeta de aire. 

Sonó el teléfono. Era Jaime 

-Te dije que no te salieras del guion, en cada recital haces lo mismo. 

-Que te den Jaime, cualquier día de estos te despido.

 -Oye no te enfades, estamos juntos en esto. Eso del espejo fue una genialidad, he pensado que podríamos vender tazas con el poema escrito.

Le colgué. 

Me fui a dormir. 

Cuando me levanté, me sentía más triste de lo habitual después de un recital, era raro, dormir siempre me ayudaba. Pensé en dejar todo este número del poeta de aire, buscar un trabajo normal y disfrutar de mi poesía, al menos así no mancharía el buen nombre de la poesía. Luego me di cuenta de que había dormido hasta el mediodía y que podía pasar el día sin hacer gran cosa, cosa que no podría hacer con un trabajo normal. Sin duda, esa era la mejor parte de todo esto.

Salí de casa y fui a la exposición de Irene. 

Era su primera gran exposición. La sala estaba compuesta por grandes paredes blancas y un montón de gente que bebían copas de vino y hablaban en voz baja. 

Di un paseo por la sala y busqué a Irene 

-Esta noche te invito a cenar- Dijo Irene. 

-Eso quiere decir que has vendido una obra- Contesté. 

– ¿Adivinas cuál? 

-Déjame que piense… ¿la de la bombilla encendida con el lápiz pegado? 

– ¿Te refieres a inspiración? No, la que he vendido es el reflejo de la vanidad

– ¿Esa del peine y el espejo? Por cierto, ese peine se parece mucho al que desapareció en mi casa hace unas semanas. 

-La ha comprado la cantante Osadía por medio millón de euros. 

-¿Osadía? ¿La de las uñas largas? 

-La misma. 

Nos fuimos a cenar. 

Entramos en uno de esos restaurantes en los que no creen en la privacidad y te obligan a compartir mesa con desconocidos. 

Cuando terminamos de cenar pedimos dos copas para celebrarlo. Nos trajeron dos vasos llenos de distintas frutas y un licor de color extraño, lo llamaban gintonic o algo así.

 -Por tu primera gran venta- Levanté mi copa. 

-Ahora ya puedo vender lo que sea al precio que quiera. Ese taburete de tus recitales, ¿me lo podrías prestar? Creo que he tenido una idea. 

-Parece que te tomas todo esto del arte a broma. 

-No me tomo a broma el arte, yo solo me río de ser lo que somos. 

-Somos unos farsantes, y a mí me está matando por dentro- Dije. 

-Todos los poetas sois unos intensos. 

-Puede ser, pero ¿no te molesta que nadie aprecie tu arte, y sin embargo cuando te dedicas a reírte de la gente te paguen miles y miles de euros? 

-Llegados a este punto, no, no me molesta. Puede que al principio sí que me doliera, sentía que me esforzaba en vano, pero luego entendí que había cambiado la percepción del arte y la cultura, entendí que poca gente se paraba a admirar las obras y mucho menos a pensar sobre ellas. Para mucha gente es más fácil buscarle sentido a un espejo y a un peine que a una pintura con mucha carga simbólica. No me duele porque lo veo como un trabajo, y el día que aprendas a verlo así, sentirás la paz que yo siento. Ese día comprenderás que el mundo se ha vuelto loco y nosotros solo podemos aprovecharnos de ello antes de enloquecer también. Al fin y al cabo, el mundo lo hace girar la gente aprovechada, siempre ha sido así. 

Cuando llegué a casa me sentía triste y ansioso. No dejaba de pensar en las palabras de Irene. Estaba decidido a dejar todo esto, no quería formar parte de la mentira.

Di muchas vueltas por la casa pensando en cómo hacerlo. 

Sin apenas dormir llegué a mi recital del día siguiente. Otra vez el aforo completo. 

-Tienes un aspecto horrible, esto seguro que les encanta. -Dijo Jaime. 

-Hoy va a ser un día muy especial. Sal para presentarme, anda. -Dije sonriendo. 

Salí al escenario, seguro de mí mismo, completamente decidido. 

No me senté en el taburete, ni fumé ni guardé silencio, simplemente comencé.

-Sabed que poeta de aire hoy ha muerto. Os he engañado durante años y vosotros como imbéciles habéis comprado mis libros y habéis venido a mis recitales, así que gracias y hasta nunca. -Dije mirando al público. 

Abandoné el escenario y me refugié en mi vestuario. 

A los pocos minutos apareció Jaime. 

-Eres un genio, no sé cómo lo haces, están coreando tu nombre esperando a que salgas. – Dijo Jaime emocionado. 

Guardé silencio. 

-Vamos a hacernos de oro, chico. Conseguiremos que escriban tus poemas en los pasos de cebra. Ahora, sal. 

Salí de nuevo. El público se puso en pie. Me senté en el taburete y guardé silencio. 

En ese momento sentí la paz de la que había hablado Irene y entonces lo entendí. El mundo se había vuelto loco. Encendí un cigarrillo.