SUEÑOS DE PELÍCULA

Hola, me voy presentando: me llamo Iván y soy uno de los integrantes de, por así decirlo, lo que podríamos llamar un grupo de investigación. Somos cinco: Lucas, Rodrigo, Pablo, Manuel y yo. Nosotros somos habitantes de una localidad no muy lejana dentro de la provincia de Zaragoza, llamada Illueca. Todos nosotros vamos a segundo de secundaria. Bueno, ahora ya sabes más de nosotros. Te voy a contar todo lo que nos sucedió.

El día que todos los alumnos estábamos esperando por fin había llegado: el último día de clase. Hoy íbamos a salir de excursión a las viejas ruinas. Solamente de pensar que Carla, la chica más guapa de todo el instituto, me había respondido que sí cuando teníamos que hacer parejas me ponía eufórico.

Quién sabe puede que pudiésemos llegar a realizar algún hallazgo sobre el personaje protagonista de la excursión, más conocido como el Papa Luna.
Cuando nos dirigimos hacia el autobús de repente vi una señalización en la cual estaba escrito claramente “Cuidado con las ruinas”. Eso nos asustó demasiado a mí y a mis amigos ya que, aunque suene irónico, siendo que nuestra profesora nos recordaba siempre la importancia de las señales, ¿por qué íbamos a ir a ese lugar? Yo no lo entendía, pero como la profesora iba a su marcha prefería no molestar. Tras treinta minutos de viaje llegamos, estaba todo muy abandonado y lleno de residuos y clavos, etc…
La profesora nos empezó a hablar de un viejo amuleto del Papa Luna, del cual quizás podría ser una vieja leyenda o algo así, pero lo que más nos aterrorizaba era el rumor de la existencia de su espíritu vagando por las viejas tierras. Por si acaso intentamos no pensar lo peor, fue entonces cuando una guía nos dio un mapa para saber situarnos y unas actividades para completar.

Ya nos habíamos separado, eran las doce y el autobús no regresaba hasta las tres. ¿Qué podíamos hacer para pasar rápido el rato?
Lucas había propuesto la idea de buscar el amuleto por las cuevas y a todos nos gustó la idea. El único problema era la señorita Sara, la profesora de Geografía. Ella siempre nos vigilaba porque según sus mismas palabras éramos: inquietos, problemáticos, aunque a veces podíamos ser buenos chicos. La señorita Sara iba a estar al tanto de todo lo que hiciéramos; por eso me tocó hacer la primera guardia mientras los demás buscaban algo relacionado con el dichoso amuleto. Media hora más tarde vi como venía a mi encuentro, yo me temí lo peor pero, su pregunta fue: “¿Dónde están tus amiguitos los investigadores?” Mi única respuesta fue: “Pues, señorita, como tú bien nos enseñaste, Sócrates dijo: “Solo sé que no sé nada». Ella me respondió con una mirada desafiante y añadió: “Me sorprende que hayas usado de una manera tan ingenua ese dato. Creo que tramáis algo pero ya me enteraré”

Un rato después de que se fuese la señorita me hizo el relevo Pablo. Un ligero presentimiento no me abandonaba. Sentía que había algo y que íbamos a ser los privilegiados capaces de encontrarlo. Casi eran ya las dos y… todavía no habíamos encontrado nada; hasta que de improviso me percaté de cómo el reflejo del sol sobre unos cristales rotos arrancaba unos irisados destellos sobre una superficie pulida, que resultó ser un delicado medallón incrustado en la piedra. Efectué cuidadosamente unos precisos golpes en cada esquina y así conseguí soltarlo. Pensábamos llevarlo a un arqueólogo para que investigara y consiguiera averiguar a quién podría haber perteneciendo o qué utilidad habría tenido en su época. Ya eran las tres, y de todos se nos apoderó una sensación de cansancio provocada por un caluroso sol que maltrataba a nuestras frentes; las ganas de volver eran enormes. Una vez que llegamos al centro de Illueca fuimos a ver al tío de Rodrigo, el cual poseía varios conocimientos arqueológicos pues era licenciado en Historia y cultura del arte. Él nos pudo confirmar con auténticas garantías que lo que habíamos encontrado era, sin ningún género de dudas, el antiguo amuleto del Papa Luna que después le había sido robado. “¡Esto vale millones!”, fueron sus primeras palabras.
Al final, decidimos donarlo al Museo de Viejas Reliquias y ¡sí Señor!, fuimos recompensados con tres millones y medio de pesetas. “¿Pesetas?”, dijimos todos a la vez. “Sí, tranquilos. eso se pasa a euros”, nos respondió el guía del museo.

Fuimos la portada de las revistas especializadas más importantes de Aragón, y la verdad, eso de la fama fue una experiencia… ¡alucinante!
….Iván, despierta, hay que ir al Instituto… Iván

Me despierto y… ¿qué? ¿Todo había sido un sueño?… No podía ser cierto ya que yo no soy de Illueca, soy de Zaragoza; además, yo nunca diría ninguna frase así, ni respondería a la señorita ya que no me entero mucho en clase, ni tampoco había existido ningún amuleto… Pero lo que de verdad sonaba ingenuo era que Carla se hubiera sentado a mi lado. Además…
¡Hoy tengo el examen sobre el Papa Luna!