UNA NOCHE Y MI MIEDO

Como cada noche mi pasión e inquietud por la búsqueda de unos pajarillos llamados “tordos” era mayor. Como cada martes, vagaba rumbo hacia aquel lugar donde mi padre pasaba las horas, donde las horas no se llamaban tiempo, sino un buen rato. Ese olor a río, esa ligera brisa invisible. Se escuchaba un fuerte sonido de un caudal un tanto peculiar. En general, un lugar perfecto. Subí al coche, había luna nueva, la noche era muy oscura y nublaba mi visión. Tras llegar a aquel descampado, algo raro noté en el ambiente, algo inusual me transmitía una intuición. Sin miedo a nada, me adentré en el bosque con mi foco de gran potencia, observando las altas ramas de los árboles con astucia, poco a poco iba encontrando pajarillos. Un buen dato para la caza y búsqueda de pajarillos es ir a zonas cercanas al río, ya que esto hace que tus pisadas se disimulen con los sonidos de la fuerza de las aguas. Retomando lo que os estaba contando, medio kilómetro más alejado del coche, unas pisadas se escucharon detrás de unos matorrales. Seguramente, no debía encontrarme en ese lugar pero…lo admito, me considero alguien muy curioso. Quizá lo que os voy a contar no lo creáis pero…sé lo que vi, un objeto volador se mantenía en suspensión, reaccioné tras lo que estaba pasando y una luz con forma redonda deslumbró mi visión. Dos seres estaban un poco más alejados de aquel objeto. Tiré todo lo que llevaba encima y eché a correr, sentí que algo me disparaba, no me lo pensé ni un momento, mi prioridad era llegar al coche y escapar. Tras unos minutos corriendo, mi pulso acelerado no me dejaba casi respirar hasta que por fin llegué al coche. Un temblor recorría mi cuerpo, mis manos no podían sujetar las llaves del miedo que tenía. Tras varios intentos, logré introducir la llave, girar y arrancar el motor. Me dirigí hasta el pueblo más cercano a la zona, después de veinte minutos llegué a Roncestillo, un humilde pueblo donde me recibieron amablemente en una taberna a las afueras. Un camarero muy sensato me atendió, me sirvió un carajillo de brandy y sin yo decirle nada entabló conversación conmigo como si me conociera de toda la vida. Le conté todo lo que había sucedido y como era de esperar…no me creyó yo sé lo que vi. Recuerdo amanecer en la parte trasera del coche, con un suave olor a alcohol y un agujero en mi guante derecho de cuero. Al parecer, tenía pinta de estar quemado pero no recuerdo nada. Desde esa noche no volví a ese lugar, mi afición por la búsqueda de pajaritos terminó. Esa noche me sirvió para empezar a creer en cosas que nunca pensé que podrían ser reales. Ahora tú, que acabas de leer esto… ¿me crees?