Has vuelto a caer, una vez más, cada vez un poquito menos fuerte pero duele el doble.
Todo lo que consigues con mucho esfuerzo y una fuerza aún mayor, se esfuma en solo un
segundo que no gestionas bien tus emociones. Se va. Tienes que empezar otra vez, y te
maltratas más de lo normal porque no entiendes el motivo de la caída, porque todo iba bien,
cosas que te hacían morir ahora las disfrutabas, pero así es la ansiedad. Viene y te da un
toque de realidad, te dice que aún no se ha ido, que no te vengas arriba, que no corras
antes de saber andar, que te hará llorar y querer desaparecer en cuanto te despistes un
poco. Y ahí es cuando vuelves con más fuerza que antes, en el que te obligas a levantarte y
a decirle que tu propia cabeza no va a ser la que acabe con vuestra vida, que no te va a
tener postrada en una cama alimentandote de ansiolíticos o antidepresivos, que el hecho de
que esté en tu vida la hace más dura pero no un infierno, que con calma, paciencia y mucho
amor propio vuelves a renacer. La ansiedad es algo así como la primavera, temporadas de
subidas y bajadas, no sabes qué día hará cuando te levantes o si te hará falta una
chaquetilla, hoy llueve y mañana hace un calor infernal. Pero también escuchas los
pajarillos y ves las flores crecer, aprendes que la vida es un continuo bucle de renacimientos
y ahí, justo ahí es cuando llega el verano. Y ya eres libre, has podido con todo, lo has
conseguido y sobre todo, no te olvides y tatuatelo bien en tu mente, aunque caigas otra vez
y sientas llegar la primavera, el verano siempre vuelve a ti.