Zaragoza, de los 70 a los 2000

«Una ciudad en un valle parece un buen lugar para vivir», tal vez fuera lo que pensaron
mis abuelos cuando vinieron a Zaragoza. Además, aquí había trabajo y eso era lo más
importante. Alcañiz y Zaragoza estaban cerca, aunque el cambio de colegio de los niños
iba a ser complicado. Un conductor de camiones y una ayudante de lavandería llegaban
a la ciudad con dos niños a los que les quedaba toda la vida por delante. La hermana
pequeña trabajó como modista años después, y un poco más tarde, de su vientre nací yo.

Zaragoza era un buen lugar para vivir. Buenos colegios, oportunidades laborales y una
universidad. Al no ser tan grande como Barcelona, donde se mudaba otra gente de la zona,
se podía ir a todos los sitios andando, aunque mi abuela me cuenta que no sabe cómo,
pero mi tío sabía perfectamente qué autobús coger guiándose con el mapa de la ciudad.
Años 70. Había buenos colegios cuando conseguías plaza, si no, en Las Fuentes había
uno donde cabían todos los niños que se habían quedado sin hueco. Niños de todas las
edades. Como en los pueblos, pero ¿no había aquí más oportunidades? Al menos después
mi madre obtuvo plaza en otro. Enseñanza ahora en un colegio de monjas. Ascenso a un
nivel educativo al que esa niña con el pelo negro y rizado no llegaba ni de puntillas. No
podía ponerse de puntillas sobre una base que no le habían dado. Pese a eso, después fue
modista, pero llegó la fast fashion con grandes empresas y ella se convirtió en charcutera,
frutera, cajera, monitora infantil y hasta la fecha, personal de limpieza. Y llegó una
pandemia mundial siete años después de que al conductor de camiones se le acabara la
vida, y durante los primeros meses de esa pandemia, a ella y a sus compañeras les
aplaudían los vecinos desde sus ventanas todos los días a las ocho de la tarde.

Mis abuelos vinieron un día en coche con maletas para quedarse. Vinieron con mi madre
y mi tío mirando curiosos por la ventanilla, mientras a mi hoy esta ciudad me es sencillo
recorrerla de memoria. Un día llegaron los cuatro viendo unas calles que se me están
quedando pequeñas. Unas aceras que de tanto pisarlas, parece que me gritan que me vaya,
que recorrerlas tantas veces no tiene sentido. Zaragoza me está poniendo las maletas en
la puerta de la misma manera que recibió a mis abuelos con los brazos abiertos.