Querida sombra mía,
que me observas en silencio
apoyada en la pared,
con tu pie izquierdo sellando el derecho,
y la cascada de pelo desdibujando tu tez.
En este preciso silencio,
con el refugio entre penumbras,
y una única luz bañándonos a las vez,
te confieso con la mirada,
que estoy más asustada de lo que crees.
He olvidado los pasos que sigo,
cada vez que el tiempo me obliga a correr,
y mi paraguas ya no recuerda
la lágrima de algodón cayendo sobre su piel.

Querida sombra mía,
que me acompañas todas las noches,
antes de irme a dormir,
¿acaso no te has dado cuenta
de que ya no soy la chica de anteayer?
He dejado mi mochila,
reposando muy cerquita del sinfonier.
Me pregunta todas las noches,
cuando me estoy a punto de dormir,
si acaso algún día volverán a crecerle las hojas,
y yo podré regarla con ganas de aprender.
Mis peluches me acurrucan,
y me susurran al oído,
como brisa que mece al jazmín,
¿dónde guardas el perfume de la calle?
¿por qué ya no hablas de aquel cielo tan añil?
Decirles no me atrevo,
porque asustarles a ellos no quiero.
Y en cuenta yo les regalo,
las historias que aún he de escribir.

Ojos marrones y bucles de oro,
uno, cinco, diez abrazos,
daría yo sin pararme a pensar,
a todas aquellas sonrisas
que algún día espero volverme a cruzar.
Mas sin embargo,
mientras aguardo a que la tormenta cese
como lo hace el grito de un actor al caerse el telón,
reconozco, querida sombra mía
que no estoy sola en medio del chaparrón.

Su singular voz me acompaña,
¿sus palabras?
Agitación, dulzura y melancolía
cada una siguiendo su propio compás.
¿Danza gitana o sueño de amor?
En ocasiones me enseña su paleta de pintor.
Y al cabo, cuando ya lo he escuchado,
con la debida atención,
y he rozado sus entrañas,
hasta sentir una cubierta de armazón,
suelta mis manos desnudas,
y me pide que lo escuche con atención.

“Nunca abandones esa sonrisa,
ni olvides esa llave que tan alto te hace soñar.
Coge la mano de tu padre, de tu madre,
de la hermanita que te pide volver a jugar.
Abre ese libro,
que reposa en el cajón,
en el que vuelan las oscuras golondrinas,
y clavas tu pupila en su pupila azul.
Y después lo cierras,
y sales al balcón.
Y sentirás la sonrisa a tu izquierda, derecha,
sobre tu cabeza, y bajo tus pies.

Solo entonces entenderás
que no hay nada que temer,
que el Sol seguirá brillando
hasta que podamos volver a nacer”.