Querido diario,

Mi nombre es Adela. Vine a vivir a Zaragoza un 16 de septiembre de 1948, dejando atrás Sigüés, mi pequeño pueblecito natal. Hacía ya once años del fallecimiento de mi padre, muerto durante la batalla de Sabiñánigo.

Mis tías Águeda y Aurora nos acogieron con gentileza a mi madre, a mi abuela y a mí en su casa, a las afueras de la ciudad. Todavía recuerdo la tremenda felicidad que sentí cuando abrí la puerta de la cocina y encontré a mis pies una explanada entera para jugar. Conforme pasaban los días, encontraba aquella plazoleta más encantadora: me encargaba de dar de comer a las gallinas del corral, y rescataba los higos maduros y dulces de las ramas de la higuera. Pero sin duda, uno de los recuerdos que mejor conservo de aquella casa fue el día en que la abuela Amelia me regaló un patinete.

Era de madera, y estaba recubierto de barniz, liso y brillante, que hacía que reluciera tanto como los coches que veía desde la ventana de mi habitación. Recuerdo haberle preguntado nada más entregármelo con su maravillosa sonrisa, de dónde lo había sacado. La abuela Amelia me contestó lo siguiente:

—Mañana por la mañana bajaré a la ciudad para comprar perejil y cúrcuma. Acompáñame y te lo enseñaré.

A la mañana siguiente, me desperté de un salto, me lavé, vestí y peiné todo lo rápido que pude, y engullí el desayuno, al mismo tiempo que mi tía Águeda me reprendía por mi conducta.

—Te vas a poner mala si comes el panecillo sin masticar —me decía muy seria.

Mi abuela Amelia y yo pedimos un taxi rumbo a la ciudad. Ella llevaba el pelo recogido en un moño, sus gafas pendían de una fina cuerda, que reposaba a su vez en su cuello, y atesoraba entre sus brazos una cartera de cuero viejo. Yo la observaba desde mi asiento del taxi, encandilada con el grácil gesto que transmitía.

En cuanto ella hubo pagado al taxista, me asió del brazo y me pidió que la siguiera. A cualquier niño de mi edad se le hubieran pasado por la cabeza las mismas imágenes que a mí: un gran almacén lleno de osos de peluche, coches de hojalata y patinetes, idénticos al mío. Fue entonces cuando divisé el gigantesco rótulo que coronaba la fachada de un edificio color carbón: “Galerías Amapola”, decía. Sin embargo, lo que me pilló totalmente por sorpresa fue el tirón que mi abuela ejerció sobre mi brazo derecho para que, sin mediar palabra, la siguiera a través de un callejón.

Recuerdo el escalofrío que recorrió mi cuerpo cuando me encontré a mí misma caminando de la mano de la abuela Amelia a lo largo de una callejuela angosta y apenas iluminada. No me atreví a abrir la boca ni siquiera para preguntarle a mi abuela dónde estábamos, sino que me limité a confiar en ella y seguir sus pasos a pesar del temblor de mis piernas.

De pronto, frenó en seco. Dejó de agarrar mi mano e introdujo la suya en su cartera de cuero viejo. Extrajo entonces una llave fina y pequeña y una vela del tamaño de un lapicero grueso. Tomó las gafas que pendían de su cuello y se las acomodó sobre su nariz.

Recuerdo la delicadeza con la que me tendió la cartera, giró sobre sus talones para dirigirse a un portal encajado en el muro a mi derecha e introdujo la llave en su cerradura. Ella entró primero. Yo la seguí, abrazada a la cartera como si quisiera que esta me protegiera de algo que yo misma desconocía.

El interior de la vivienda estaba tan en penumbra como el callejón que acabábamos de atravesar, al menos hasta que la abuela Amelia hubo prendido la vela con su mechero de bolsillo. Esta formó un pequeño halo de luz que me permitió observar su rostro tranquilo.

En aquel habitáculo había, además del recibidor, una única habitación. Al entrar, pude distinguir dos mesas gruesas: en la primera reposaban virutas de madera y pequeños montoncitos de serrín, mientras en la segunda, herramientas que nunca antes había visto. Además de las dos mesas, la luz de la vela iluminó varios arcones arrinconados al fondo de la habitación, de los que sobresalían ruedas pinchadas, cilindros de hierro y metal y planchas de madera.

—Este es mi taller de carpintería, Adela.

Aún conservo entre mis recuerdos la expresión de satisfacción con que me fue mostrando cada uno de los rincones que encerraba aquel taller. Me contó cómo había conseguido fabricar mi patinete, sosteniendo en alto cada una de las herramientas que había empleado en el ensamblaje del mismo. Aunque en un primer momento mi expresión seguía mostrando una mezcla de miedo y confusión, acabé relajándome al comprobar que aquello no tenía nada de peligroso. Es más, al final de esa disparatada visita, no pude evitar soltar alguna que otra risotada ante las conversaciones y motes divertidos que mi abuela les dirigía a cada una de las herramientas: “Usted cuenta unos chistes desternillantes, señor destornillador” o “Hoy le veo más en forma, señor taladro”.

Mi abuela cerró la puerta de su taller con la misma delicadeza con que la había abierto. Sin embargo, antes de emprender el camino de regreso a casa, apoyó ambas manos en mis hombros y me miró fijamente.

—Pero de todo esto no se dice nada a las tías ni a la mamá. Será un secreto nuestro. ¿Sí?
Yo asentí sonriente.

Sin embargo, lo que ella nunca supo fue que, mientras cerraba esta promesa con ella, también lo hacía conmigo misma. “Cuando sea abuela, yo querré ser como ella”, me juré.

El primer día más feliz de mi vida fue un 21 de mayo de 1961 cuando, tras varios años de incansable trabajo, logré terminar la carrera de Arquitectura. No recuerdo haber visto a mi madre tan emocionada. Se enjugaba las lágrimas con disimulo, como si no quisiera destaparme su perfil más vulnerable.

Mis tías la escoltaban, una a cada lado. Me sonreían con dulzura y saludaban de tanto en tanto. Yo, sentada en mi silla, y rodeada del resto de graduados, todos ellos hombres a excepción de una mujer, les devolvía el saludo con una amplia sonrisa. Sin embargo, mi mente solo podía mostrarme a la mujer a la que tanto le debía estar allí.

La abuela Amelia había fallecido ya hacía tres primaveras, de una fuerte neumonía de la que muy pocos conseguían recuperarse. Y con ella, también me abandonó su taller de carpintería. Aquel habitáculo en mitad de la penumbra me había acogido como segunda casa y protegido del mundanal ajetreo del día a día. Mi abuela y yo fabricamos allí innumerables maquetas y útiles. Sin embargo, ni mi madre ni mis tías conocieron nunca la existencia del taller: sabíamos que, de no haber mantenido el habitáculo en secreto, ellas hubieran querido venderlo para obtener un cuantioso beneficio con el que poder vivir con mayor comodidad.

Poco antes de contraer la enfermedad, la abuela Amelia me pidió que, cuando ella dejara el mundo o, como solía decir, “cuando Dios me pida que lo acompañe”, traspasara el taller a quien pudiera necesitarlo, no sin antes rescatar todas aquellas herramientas que pudieran servirme a mí en un futuro.

Al cabo de unos meses, alguien acabó interesándose por este: un catequista procedente de un colegio religioso que, según me explicó, apenas contaba con espacio en la parroquia para atender a todos los chiquillos y jóvenes. He de decir que, tratándose de un habitáculo de no más de treinta metros cuadrados, me pilló por sorpresa la cantidad de dinero que invirtió en este.

Gracias a ello, y añadiendo además ciertos ahorros que mi madre y mis tías me habían confiado, a principios del año 1970 pude adoptar a Ada.

Concluidos los papeleos de adopción, que no me llevaron menos de medio año, presencié el segundo día más feliz de mi vida: la llegada de Ada a casa, un 12 de julio. La niña procedía de un hogar de niños abandonados. Apenas llegaba al año de edad, y pesaba no más de siete kilos. No puedo evitar emocionarme cada vez que recuerdo las mejillas sonrosadas en medio de su carita tostada.

Transcurrieron los años y Ada fue creciendo con una rapidez apabullante. Sin apenas darme cuenta, estaba despidiéndose de mí en medio del gentío de pasajeros. Su tren estaba a punto de salir. Me fue imposible no volverme a emocionar como lo hice cuando ella era apenas un bebé.

Deshice el camino que había trazado, de vuelta a mi coche. Tenía la cabeza gacha, la vista clavada en mis zapatos y la mente surcando el pasado. No pude evitar preguntarme si acaso había pasado todo el tiempo que debiera con Ada y hacer que su infancia y juventud fueran memorables para ella. Sin embargo, algo en mí me decía que quizás aquellos veinte años podrían haber sido mejores. Y no me refiero a la tristeza en que me sumergí con la muerte de mis tías y mi madre, ni con la enfermedad respiratoria que tuve que lidiar cuando Ada apenas tenía doce años, sino al tiempo que mi trabajo me había robado como madre.

Recuerdo que el tercer día más feliz de mi vida lo protagonizaba de nuevo Ada. Desde hacía un tiempo, vivía en Toledo con su marido, Andrés. Recuerdo exactamente sus palabras al otro lado del teléfono: “Es un niño”. La alegría que sentí en aquel momento es, todavía a día de hoy, una emoción que no consigo explicar.

Varios meses después, Ada dio a luz a Adrián. En cuanto me fue posible, y siendo que había conseguido ahorrar a lo largo de aquellos años una cantidad de dinero considerable, abandoné mi trabajo y tomé el primer tren hacia Toledo.

Aquel 4 de abril del 2000 nació, sano y fuerte. Mi hija me observaba desde la cama del hospital cómo yo acunaba al pequeño, con los ojos rebosantes de lágrimas y felicidad. Debió de preguntarse si acaso algún día me había visto tan feliz.

Los años volvieron a correr delante de mí, pero esta vez lo hicieron de manera más pausada, como si quisieran que recuperara aquellos años perdidos durante la infancia y juventud de mi hija. Yo me mudé a Toledo para poder pasar más rato con ellos, y especialmente con Adrián. Lo recogía del colegio, jugaba con él en el parque, le enseñaba fotos de las maquetas que construí un día con mi abuela.

Los días más felices de mi vida los conservo en el baúl de mis recuerdos como tres diamantes que el pirata atesora en su cofre. Me ayudan a sobrellevar las cifras escalofriantes, calles faltas de risas de niños y de sonrisas, rostros cubiertos, abrazándome como nadie en estos meses ha podido hacer.

Ayer volví a verlos a todos. Por fin celebramos juntos mi 84 cumpleaños, el mejor de toda mi vida. Volví a verles sonreír, escuchar sus voces y sentir el abrazo de Adrián. El mejor regalo.

Adrián, un día me regalaste este diario. Sabías lo mucho que me gustaba contarte historias de mi pasado. Por ello, esta historia que acabo de escribir te la dedico a ti. Como verás, te he dejado el diario sobre la mesa de herramientas, para que puedas encontrarlo nada más entrar en casa. Léelo cuando puedas y otro día me cuentas qué te ha parecido.
Os quiere mucho,
Adela

A 21 de julio de 2020, Toledo

Adrián, tembloroso, no pudo sostener por más tiempo el diario entre sus manos y lo dejó de nuevo sobre la mesa. No quería que sus lágrimas emborronaran ninguna de las palabras escritas por su abuela.

“Volví a verles sonreír, escuchar sus voces y sentir el abrazo de Adrián. El mejor regalo.” Estas fueron sus palabras días antes de abandonar su casa para siempre. Escritas directamente en el corazón de su nieto, angustiado, arrepentido, fracasado… Amor convertido en dolor. Amor inconsciente. Amor confinado.