La primera vez que vi el arcoíris fue el día que cumplí trece años. Mi padre entró esa mañana en mi cuarto interrumpiendo mi cita con Daniel “el Mochuelo”. Traía un chubasquero en la mano para que se lo llevara al señor Buendía, nuestro último habitante en Villaviciosa del Río. Le dije que no está bien que te pidan cosas el día de tu cumpleaños, ni que te corten cuando estás en buena compañía. ¿Cómo explicarle que tenía un retraso de tres capítulos y que, si no terminaba ese día El Camino, no cumpliría con mi plan de lecturas? No hubo manera. Mis padres me habían organizado una fiesta sorpresa con mis tíos y mis primos, todos venidos de la capital, y claro, para poder meterlos en casa a ellos, necesitaban sacarme primero a mí de ella. Poca falta les hacía. Dos días antes, un pendiente me había saltado mientras botaba sobre la cama de mis padres, y había rodado debajo del somier, chocando con una cartulina enorme que ponía “Felicidades Pilar”.

En Villaviciosa del Río llovía igual que mi padre me interrumpía: casi siempre y sin motivo. “Qué se le va a hacer —decía la gente—, en el norte es el precio a pagar por el verde.” Y verde lo teníamos, pero tampoco era Villaviciosa del Río como para tirar cohetes. Por no tener no tenía ni río, que es como llamarte Montesaltos y estar en un valle. Pero, como dice mi padre, el lote que reparte Fortuna es para todos el mismo, y en lo que sales perdiendo por un lado te lo termina compensando por otro. Y es que Villaviciosa del Río había sido puesta en el mapa en un lugar estratégico, un punto equidistante a las principales ciudades del país, lo que la hacía especialmente atractiva a muchas empresas que venían a instalarse aquí. El premio gordo —según me contaron mis padres— llegó el año en que yo nací, con una importante cadena de supermercados que eligió Villaviciosa para expandir su oferta nacional construyendo la mayor plataforma de producción y distribución del país. Su llegada colmó de prosperidad productiva al pueblo entero y, por extensión, cómo no, a otros pueblos vecinos de Villaviciosa, reconvertida en la envidia de la comarca para mayor gloria de su alcalde: Agustín Romo, es decir, mi padre.

Pues a esa localidad, y como caído del cielo, había llegado el señor Buendía, que no podía esperarse a estrenar su maquinita a otro día que al de mi cumpleaños, no señor. Había pensado en entregarle el chubasquero lo más rápido posible y a volverme corriendo a mi libro, del que me faltaban tres capítulos para terminarlo ese día, ya que, por entonces, había leído decir a un famoso escritor —uno de mis favoritos— en una entrevista para la conocida revista Escrito por…, que se leía diez libros al mes, ¡diez!, por lo que no me quedó otro remedio que hacerme un estricto plan de lecturas. Y puede que no parezca gran cosa, pero para mí era un tema de la mayor seriedad, pues si quería ser escritora —pensaba— llevaba una desventaja muy considerable. Lo calculaba de la siguiente manera: leer diez libros al mes hacía un total de ciento veinte al año. Una vez escogidos los títulos, anotaba el número de páginas de todos y cada uno. Después dividía ese total entre doce, para averiguar el número de páginas que tenía que terminar al mes. Y con ese tope, elegía la combinación de los diez libros que sumasen ese número de páginas. En otras palabras, no tenía ni un minuto que perder.

Me costó llegar hasta él porque preparaba su tinglado a las afueras del pueblo, sobre la colina que daba al polígono junto al poste de luz. Lo primero que vi fue una máquina plateada con forma de olla, tan alta como una persona; lo segundo, a un hombre de espaldas cuya ropa le venía grande, no sólo porque hubiera fallado con la talla, sino porque en sí, él ya era seco de carnes. “Señor Buendía, soy Pilar Romo. Mi padre me ha dado esto para usted” —le dije antes de darse la vuelta. Se giró y no entendí nada. Aquel hombre, mayor que yo, pero más joven que mi padre, llevaba un chubasquero enorme. “Por favor, llámame Silvestre” —me dijo. Se alegró de que hubiera llegado justo a tiempo, pues había dejado de llover. Al ver el chubasquero con el logo del ayuntamiento que yo sujetaba, me pidió que lo extendiera sobre una trenza de cables que rodeaban la máquina. “El agua y la electricidad no se llevan bien” —dijo con una pícara sonrisa. Un mechón pelirrojo le asomaba por debajo de la capucha y me llamó la atención lo naranja que era. Entonces, Silvestre inclinó la máquina cuarenta y cinco grados e hizo girar, con sus dos brazos extendidos, un anillo que abría la boca de la olla. El fogonazo me hizo llevarme una mano a la cara y, entre mis dedos, se coló la imagen de un rayo de luz multicolor que cruzaba como un puente, de colina a colina, por todo lo alto de Villaviciosa del Río. Vi dibujada en el cielo la figura más bella que jamás hubiera visto y, en ese momento, me dio un vuelco el estómago porque, al igual que el mendigo que descubre que es rey, me di cuenta de que aquel arco de siete colores convertía Villaviciosa en el pueblo más hermoso de toda la tierra. Y se me llenaron los ojos de lágrimas.

Me quedé un rato con Silvestre preguntándole de todo. Me contó que aquello se llamaba arcoíris y que, en algunos sitios, por algo de la latitud y otras cosas que no recuerdo, la luz del sol no alcanzaba a producir ese efecto que, de forma natural, sí que ocurría en la mayoría de sitios. “Nadie debería perderse esto” —dijo. Le inundé a preguntas, todas las que mi cabeza dio de sí a preguntar, y aquel día olvidé mi libro y los tres capítulos que me faltaban.

Unas semanas más tarde, tuvimos en casa a un invitado a cenar. Era el señor Hoyo, presidente del comité de empresarios de Villaviciosa. No era la primera vez que venía y, cuando lo hacía, me pasaba toda la cena mirándole a las cejas. Eran unas cejas como cepillos, que le crecían hacia arriba, creando una especie de toldo, que es a donde le miraba cuando me hablaba. Mientras cenamos se habló un rato de Silvestre. Mi madre comentó que el arcoíris no solo llamaba la atención de los habitantes de Villaviciosa, sino que había despertado la curiosidad de los turistas que ahora venían a fotografiarse delante del milagro del arcoíris del pueblo sin arcoíris. Fue la primera vez que escuché la expresión “reclamo turístico”. Al acabar de cenar, mi padre y el invitado se quedaron hablando a solas. Desde las escaleras que bajaban hasta la entrada, justo al lado del salón, le escuché a mi padre responder al señor Hoyo que Silvestre se estaba quedando a vivir en una de las habitaciones desocupadas del consistorio, algo que al de las cejas no le terminaba de convencer ya que, y estas eran sus palabras, “no va a ser fácil explicarle al comité que a este hombre le estamos pagando la estancia entre todos”. No quise escuchar más y me fui a dormir.

Al día siguiente, al salir de clase, fui a visitar a Silvestre, una costumbre que se prolongaría durante meses y que le vino muy mal a mi plan de lecturas. Le dije que iba veinte libros por debajo de mi objetivo. “Pilu, olvídate de eso —me dijo Silvestre— ¿Cómo vas a conservar todos esos momentos si pasas tan rápido por ellos? Sólo aprende quien admira”. Y al escampar, extendió sus dos brazos girando el anillo que abría la boca de esa olla que vomitaba sobre Villaviciosa un rayo de luz roja, naranja, amarilla, verde, cian, azul y violeta. Muchas veces tuve la suerte de admirarlo. Desde la colina, con Silvestre, o desde abajo, en mi casa. Algunos sábados lo veíamos desde el coche, cuando mis padres y yo volvíamos del cine en la capital, por la carretera que llegaba a Villaviciosa; y los tres guardábamos silencio al contemplar aquel cuadro de un marco más bonito que el propio cuadro. También sorprendía a los que iban por la calle. Su aparición provocaba interrupciones en las conversaciones. Los que iban de un lado para otro se paraban boquiabiertos unos segundos, antes de volver a sus quehaceres, muchas veces sin recordar a dónde se dirigían o por qué iban por esa calle cuando reiniciaban su marcha y se recuperaban de haber estado parados. Parados pero felices.

Mi padre entró en casa un día dando voces de alegría porque el turismo en Villaviciosa se había triplicado en poco menos de un año. “¡Triplicado! —nos decía a mi madre y a mí mostrándonos el pulgar, índice y corazón de su mano. Las estadísticas —por lo que nos dijo— hablaban de unas cifras de visitantes que se habían disparado desde la llegada de Silvestre, posicionando Villaviciosa del Río entre los primeros resultados de internet para la palabra “arcoíris”. Nos sentamos a la mesa y mi padre siguió con sus buenas noticias. Resulta que se habían recogido más de ochocientas firmas para cambiarle el nombre al pueblo por uno más acertado: Villaviciosa del Arco. “¡Del arco!” —exclamaba mi padre poniendo los ojos en blanco y sacudiendo las manos. Y él sabía que jamás progresaría aquella solicitud, pero sólo la idea de ser el alcalde que había traído aquel monumento al pueblo lo tenía fuera de sí. De pronto, se sobresaltó al mirar el reloj. Eran las once menos cuarto, y llegaba treinta minutos tarde al capítulo de su serie.

“Agustín, ¿cómo empieza el himno de Villaviciosa?” —escuché decir al señor Hoyo desde las escaleras, en otra de sus visitas. “A todos por igual, fieles habitantes de Villaviciosa”—respondió obediente mi padre. “Exacto. A todos por igual, Agustín” —apuntó el cejudo de Hoyo. “Verás —continuó diciendo el de los toldos en los ojos— entre los empresarios se ha extendido la opinión, unánimemente compartida, de que Buendía vive a costa de los habitantes de Villaviciosa, con una manutención y alojamiento pagados con los impuestos de todos y que, para más inri, no aporta su cuota de autónomo. Esto último, como comprenderás, no lo podemos seguir aceptando.” Mi padre intentó balancear la discusión ponderando la oleada de turistas, que acudían de todas partes a la localidad. “No te engañes Agustín. Vienen, hacen la foto y se van. No hacen gasto aquí” —dijeron aquel par de cejas. Para mi padre, desprenderse de Silvestre suponía desprenderse de la única medalla atribuible a su mérito directo. “¿Por qué lo defiendes? ¿Qué beneficio tiene ese chisme de luz? ¿A cambio de qué estamos invirtiendo? Fantasías. Mira Agustín, a nadie nos gustaría tener que proponer otro candidato para la reelección ¿entiendes?”.

Transcurrieron los días más secos de lo habitual, así que me encontraba a Silvestre muchas tardes tocando una flauta que llevaba consigo. Siempre estaba al lado de su máquina, sobre la que se le distinguía fácilmente desde lejos, pues su cabeza era como un punto naranja al lado de la gran olla gris. “Eso es el himno de Villaviciosa” —advertí al acercarme. Me dijo que tenía por costumbre aprenderse el himno de cada sitio por el que había pasado pero que éste se le resistía, por lo que no se separaba de la partitura. Le pedí que me tocara todos los que se supiera y se hizo de noche sin que hubiera acabado de tocarlos todos.

El día que mi padre entró muerto en casa habíamos tenido arcoíris toda la tarde. Todavía andaba y podía comer, pero no tenía más vida dentro que la que pudiera tener un muerto. Sentados los tres en la mesa, sin pasarnos ni un minuto de la hora a la que siempre empezábamos a cenar, mi padre nos lo contó todo. Que no pudo hacer nada contra el informe elaborado por el comité de empresarios. Que estaba lleno de gráficas y números sobre la cantidad de luz que consumía la máquina. Que el señor Hoyo, en nombre de todos los empresarios, advirtió a todo el pleno de la dura crisis que el país afrontaba. Que las empresas de Villaviciosa ya habían notado una bajada importante en sus KPIs —una medida más de las tantas que usaban, casi siempre en otro idioma para parecer importantes. Que las pérdidas a las que nos enfrentábamos obligaban a recortar gastos superfluos. Que no se podía defender aquel derroche de electricidad para el polígono pues, ¿qué ganancia traía ese arcoíris? Que había que ser prácticos, ajustarse el cinturón y que no era tiempo de fantasías. La ovación que recibió de todo el pleno debió ser memorable. Y así fue como aquella tarde se decidió por mayoría de votos, incluyendo el del alcalde, que el arcoíris abandonase Villaviciosa. Miré a mi madre en busca de ayuda, pero todo lo que dijo es que le ayudase a recoger los platos. Eran las diez y cuarto, la hora a la que siempre terminábamos de cenar.

La última tarde que vi a Silvestre llovía como casi siempre. Su máquina ya no era plateada sino negra, envuelta en plásticos en el camino del polígono, en donde su pelirrojo dueño esperaba al camión que le sacaría de allí. Imaginé que estaría afectado, así que le llevé un libro para animarle. Cuando llegué no entendí nada. Estaba tocando con su flauta ese dichoso himno. Le dije que iba a llover y que le necesitábamos. Le insistí en que aguantara y hablase con algunas personas, que se podía conseguir, que no todos querían que se fuera. Me dejó hablar y siguió tocando esa horrorosa melodía y yo le arranqué de las manos la partitura porque no podía entender que no hiciera nada. “¡Para ya! —le grité— ¿Para qué te servirá saberte ese estúpido himno?” “Para saberlo antes de irme”—me contestó. Y, tras montarse en el camión, dijo refiriéndose al libro: “ya me regalarás el que escribas tú.” Y lo perdí de vista.

Antes de cenar aquella noche, una vez hubo escampado, mi madre me envió a comprar una barra de pan y, al salir a la calle, noté el silencio. Los habitantes de Villaviciosa ya no reían, ni se hablaban a voces, y sólo iban de un lado a otro atareados, con el tiempo echándoseles encima, más máquinas que la máquina que vomitaba luz. Miré al cielo y no pasó nada. Un cielo sólo de nubes, preparado como un escenario que espera la presencia de una estrella que ya no volvería después del último aplauso. Una población gris, como todos los días que estaban por venir en Villaviciosa del Río.

En casa cenamos y nada se escuchó salvo el golpeo de los cubiertos en la cerámica. No nos contamos el día, ni mi madre dijo nada de qué haríamos el fin de semana. Cuando terminamos, mi padre miró el reloj y se le dibujó una sonrisa.

Las diez menos cuarto. Había ganado media hora.