Tú, calvicie, que sin trampa
 pero con cartón
 llamaste a mi puerta.
 Tú, pelo sedicioso y ruin,
 que amenazas con acomplejar
 una existencia, hasta entonces, poblada.
 
 Tú, pelo que te precipitas al vacío
 sin encomendarte ni a Dios ni al Diablo.
 Que dimites de tu deber
 de defender la posición.
 Eres pelo vil, cobarde, traidor, infame.
 
 En mis palmas te descubro pasmado,
 como la sangre al palpar la herida,
 y me muestras un campo de bajas:
 capicidio que la respiración hielas.
 
 Eres el recuerdo del tránsito fluido, los días volubles:
 lección inaugural de vida adulta.
 Desolación que siempre llega
 al comprender esta tragedia:
 tú, yo y un mundo donde los dos somos posibles.

 Y llegará,
 el día en que, ayuno de pelo,
 no sepa hasta dónde gel
 y desde dónde champú.
 Pero sólo después de ti,
 cortinilla incólume, que con cuatro pelos largos formas una resistencia.
 Línea Maginot, que traes peor mal del que remedias.
  
 Pelos feos que moriréis con nobleza,
 con las botas puestas
 y la ingenuidad intacta
 ante el derrumbe del tiempo.