La puerta de entrada al piso no le supuso ningún reto después de tanto tiempo abriéndola y cerrándola, porteándola y saliendo corriendo por ella. La dejó cerrarse sola a su espalda. Continuó por el recibidor dejando a la izquierda los descoloridos buzones, que, en otros tiempos, lo más seguro es que fueran verdes. Trepó los tres escalones que le separaban del ascensor, al cual llamó con un generoso golpe sobre el botón, que se iluminó en su inconfundible luz roja.

El ascensor no era grande, aunque había visto muchos más pequeños en muchas más ocasiones. La mascarilla le estaba ahogando, palpó sus orejas con mucho cuidado ya que las tenía totalmente entumecidas, una sensación bastante desagradable, a la cual se le sumaba el frío de la calle. Pulsó el número cinco.

Mientras el ascensor no tan pequeño continuaba subiendo hasta el quinto piso, se quedó mirándose a sí mismo en el espejo. Estaba cansado y sinceramente no se encontraba del todo bien. Harto también era una buena forma de describir cómo se sentía. Pero sobre todo era cansancio. De todas formas, no era capaz de saber a ciencia cierta si ese cansancio que arrastraba era físico, de los huesos, de los músculos o de los ojos y boca o era más bien un cansancio mental, muy común de la propia alma.

Este tipo de dudas ya llevaban varios días dándole vueltas en la cabeza, como si de un partido de tenis se tratase, un partido sin descansos para ninguno de los dos jugadores, con los pensamientos de campo a campo rebotando sin parar. Quizá esto constituía el motivo de su aparente cansancio, el estar pensando que estaba cansado, o estar cansado del propio cansancio o quizá fuera otra cosa más sencilla, que él por más que lo intentara no podía descubrir.

Salió pesadamente del ascensor, hurgando sin ningún tipo de cuidado en el interior de uno de los bolsillos de aquella vieja y gastada chaqueta, que un día, ya hace muchos años, le dio su padre. A punto de llegar al terreno de la impaciencia encontró y sacó las llaves de la chaqueta y se dispuso a introducir la correcta llave en la correcta cerradura.

La giró primero hacia la derecha, para acomodarla y luego hacia su izquierda para abrirla, sonó entonces metal contra metal y un clic seguido de otro clic más fuerte, que confirmaba que la puerta estaba totalmente abierta. Se quedó pensando con la puerta entreabierta en el mismo sonido que se repetía hasta la saciedad cada vez que llegaba a casa. Hasta esto le cansaba ya. Y, también, en el mismo peso que debía arrastrar para entrar en su casa. Incluso pensó en dar la vuelta, pero ya era tarde para estar en la calle.

Entró de una vez, por fin. Dejó en el típico cuenco para las llaves las suyas y sacó la cartera de otro bolsillo distinto. Estaba vacía como iba siendo costumbre. Y la dejó al lado, casi encima del cuenco. Suspiró con fuerza mientras se quitaba de una vez la mascarilla que tiró sin ningún tipo de respeto sobre el mueble recibidor, el cual sostenía el cuenco de madera gastada que a su vez sostenía las llaves y que por lo demás estaba desierto.

Encaminó de forma ordenada y recta el largo y estrecho pasillo de la vieja y oscura casa en la que se supone que vivía. Oscura sin contar la pequeña luz que surgía de la habitación que estaba al final de su recorrido. El piso era oscuro porque las ventanas escaseaban, aunque de poco hubiera valido tener ventanas para la hora que era ya.

Mientras avanzaba hacia el pequeño foco de luz, fue manga por manga quitándose la chaqueta de su padre, de esta manera cuando llegara a la única habitación con luz, ya se la habría quitado y la podría colgar, directamente, en la percha que estaba a la izquierda de la puerta, cosa que hizo nada más cruzar el dintel de la misma.

Y ahí estaba ella sentada, como era de esperar, dándole la espalda. No le dijo nada, ni un triste hola. Se la quedó mirando a la nuca, donde vio su pelo perfectamente recogido en una práctica coleta y negro como el mismísimo carbón, que descansaba plácidamente sobre su hombro derecho. Estaba con la espalda curvada sobre la pequeña mesa, lo más seguro es que estuviera escribiendo o dibujando, a ella le gustaba mucho hacer estas cosas, aunque él no las entendía del todo y eso ella lo sabía.

Llevaba puesto su jersey amarillo de punto, aun estando de espaldas sabía perfectamente el acabando en punta que tenía su cuello, y el cual estaba adornado con una fina línea negra que le daba la vuelta completamente. Era sin duda su preferido y también el de ella. Ambos lo descubrieron en una pequeña tienda cuando fueron de compras a Gran Vía. Entonces, eran tiempos mejores y se podía ir a comprar sin ningún tipo de preocupación. Bajó la mirada y vio unos pantalones negros que le recorrían sus finas piernas, muy ceñidos, como a ella le gustaba llevarlos siempre. Esas piernas que le traían recuerdos muy agradables acababan en unos no muy pronunciados tacones, también negros, como no, que él le regalo en algún momento, estaba seguro, aunque no fuera capaz de recordar en qué momento concretamente.

Salió de su ensimismamiento y ella a su vez dejó de arquear la espalda mientras giraba la cabeza para mirarle, se alegró de que por fin quisiera darse cuenta de que había llegado, o igual simplemente quería parecer educada, aunque, a decir verdad, ella no era así y no le dio más vueltas a esto. Pese a que, cuando la conoció tampoco se podía imaginar que, con el tiempo, se volviera tan poco cariñosa y tan seria, igual simplemente es que las cosas cambian. Pero, de verdad, que no quería darle más vueltas al tema.

Entonces ella soltó un simple “hola”, que no supo acompañar ni con un triste “¿qué tal estás?”, ni con un seco “¿cómo ha ido el trabajo?”, solo un hola. Él se la quedo mirando hipnotizado, no importaba las veces que habían estado uno frente al otro, siempre le pasaba igual y no hacía nada por evitarlo. El problema que había, es que era ante todo preciosa. El pelo negro que seguía totalmente inamovible sobre su hombro y sus ojos azules como el mar, manchados a su vez, por pequeños puntos verdes que parecían hojas sobre la superficie del agua, le escrutaban, esperando una respuesta al seco hola. Mientras tanto, él seguía bajando por su pequeño rostro hasta llegar a la bien construida nariz que estaba salpicada de incontables pecas, de las cuales él se había enamorado nada más verlas, pero lo que de verdad confirmó el enamoramiento más tarde, fue cuando simplemente habló con ella, aunque de esto ya había pasado demasiado tiempo.

Continuó guiando su mirada hacia los labios perfectamente delineados y llenos de carne, a los que no sobraba el poco de pintalabios que los volvían aún más rosados de lo que ya eran, por todo lo demás no había ningún rastro de pintura facial. A ella le gustaba así. Ahora la diferencia era que hacía esto dentro de casa para que el la viera, o más bien verse a ella misma. Como cuando salíamos por El Tubo con amigos. Por desgracia, ya no podía mostrar al exterior sus labios, únicamente enseñaba sus bonitos ojos y no durante mucho tiempo, aunque a él con eso le bastaba.

Ese duelo de miradas continuó hasta que le alcanzó el valor para contestarle un “hola” a lo que ella contestó con premura, como si estuviera esperando esa respuesta: “¿cenamos ya?” terminando la pregunta en una especie de suspiro. “Sí” contestó él con tono agrio y de pena, ya no le importaba como iba su trabajo, ya no le importaba el pasado, solo esperaba una oportunidad para poder irse y eso a él le quemaba, aunque ella nunca se lo hubiera confirmado, lo sabía y eso le dolía mucho, muchísimo ya que siempre la habría querido y seguía haciéndolo.

Se levantó enfilando la puerta, él se apartó para dejarla pasar y luego la siguió hasta la pequeña cocina en silencio, sin hablar ni una palabra mientras caminaban, y sin mirarse siquiera, como si ya se hubiera cansado el uno del otro, al salir él apagó la luz de la pequeña habitación en la que ella estaba escribiendo o dibujando o simplemente creando algo.

Llegaron a la cocina juntos, primero entró ella y luego él, ella encendió la luz blanca que por un momento le cegó, ya que la bombilla de esa estancia estaba totalmente desnuda sin ningún tipo de plafón que la cubriera. “Qué se supone que quieres cenar” escupió ella por la boca como afirmación o quizás como pregunta, no lo supo a ciencia cierta. Pero lo que estaba claro de esa frase era el tono burlón y malhumorado que tenía. Su voz parecía que decía que se fuera ya, aunque dentro de él algo se resistió a salir corriendo hacia la habitación. Por suerte.

Aunque le costaba creerlo tenía miedo a aquella mujer, ya llevaban juntos mucho tiempo, habían viajado mucho, de punta a punta de España y a incontables rincones de Europa. Siempre disfrutado de la vida y de su relación. Pero por lo visto tanto tiempo encerrados, a lo que había que sumarle la pérdida del trabajo de ella, no habían sentado bien en la relación y él lo entendía perfectamente. El aún mantenía el trabajo, pero por menos dinero, cosa que también se notaba a la hora de pagar facturas y de simplemente vivir.

“Lo que quieras”, se limitó a contestar con un chorro de voz tristón y poco entusiasta, ciertamente no tenía mucha hambre, pero quería aprovechar cada momento que podía para estar con ella, por mucho que le doliera y le hiciera pensar en tiempos mejores. Una vez más, mientras la observaba sacando una sartén ya gastada y llena de hollín, le entró mucho cansancio, pero ahora no tenía dudas de que el cansancio era mental y de la propia alma. De todas maneras, se esforzó en apartar esos pensamientos de su cabeza. Tenía en cuenta que siempre estaba bien tener a alguien, aunque ese alguien te odiase por algún motivo que él desconocía y que tampoco le apetecía conocer.

Poco a poco siguió sacando todo lo necesario para hacer la cena, después de la sartén vino el aceite que estaba en una apartada estantería, luego dos huevos de la nevera, y por último la carne que ya llevaba varios días al lado de los huevos. Empezó a cocinar por la carne, y terminó con los huevos, poniendo uno en cada plato, acompañándolos por sus respectivos trozos de carne. No era mucho, ya que siempre acostumbraban a cenar poco y él seguía sin tener hambre, como ya era normal desde hace unos días.

Mientras todo esto ocurría él solo se sentó y la miro. Cuando ella acababa de usar algo lo fregaba y también limpiaba lo que era necesario limpiar. En contadas ocasiones se levantaba de la silla y hacía una especie de intento de ayudar, pero se quedaba únicamente con el intento. No quería molestar.

Cuando los platos estaban listos, ella se los tendió y él los puso cada uno en su sitio de la pequeña mesa, antes de esto ya había puesto los cubiertos, con sus respectivas servilletas y sus respectivos vasos, dejándoles a ambos enfrentados sobre la mesa.

Pues con todo listo se sentaron y comenzaron a comer en completo silencio, poco a poco, ambos masticando pausadamente. Seguido de todo ese silencio, por fin ella se interesó por el trabajo de él. “¿Cómo ha ido en el trabajo? Preguntó sin levantar la mirada del plato, “bien, la verdad, bastante bien”, mintió él, intentando que la conversación siguiera un poco más. No lo hizo. Por lo que se vio en la obligación de volver a hablar. “Y tú día ¿qué tal?”, esta vez él se la quedo mirando, soltando sus cubiertos con gravedad. “Bien, he seguido escribiendo un poco más”, sin creérselo se dio cuenta de que ella también le miraba y que también había dejado los cubiertos sobre el plato, habían acabado ya. “¿Y qué escribes?” se interesó él. “Nada, solo tonterías”, respondió ella.

Y eso fue lo último que dijo antes de levantarse y caminar hacia la salida, lo más seguro que hacía a la habitación. Él también se levantó, pero sabiendo que tendría que recoger y fregar lo último que quedaba. A ese trato se llegó ya hace mucho tiempo. Antes de que ella saliera del todo de la cocina, él en un susurro dijo: “seguro que no escribías ninguna tontería” y ella sin respuesta ni mirada, se fue a la habitación.

Se quedó solo fregando y sobre todo pensando, pensando en muchas cosas. Como, por ejemplo: ¿qué había hecho mal? ¿por qué tenía que estar encerrado? Aunque la respuesta era obvia ¿por qué ella ya no le quería? ¿por qué no le hablaba? ¿por qué no le miraba? Pensó en muchas cosas y muy de golpe.

A todo esto, probablemente dio muchas respuestas aleatorias y sin mucho sentido. Como, por ejemplo: que no la había cuidado lo suficiente; que no había sido lo suficientemente bueno en su trabajo, que no la acababa de entender del todo, que era un mediocre y un vago, o que igual simplemente no mereciese estar con una mujer tan increíble.

De nada de esto estaba seguro. Pero lo que podía afirmar sin miedo a equivocarse y sin lugar a dudas entender, eran las lágrimas que le estaban corriendo por las mejillas y que fueron a acabar en la pila del agua. No les hizo mucho caso, ya que se estaban convirtiendo en una costumbre muy poco útil. Terminó de fregar, se secó primero la cara y continuó con las manos. Luego se encaminó hacia la habitación.

Una vez en la habitación no se lo pensó mucho y se desprendió de la ropa, seguidamente se puso un viejo pijama y se metió dentro de las sábanas. Había encendida una pequeña luz en la parte que le correspondía a ella de la holgada cama de matrimonio, aunque ya estaba totalmente acostada, le reconfortó saber que al menos aún pensaba en él un poco.

Cuando ella se cercioró de que él estaba totalmente acostado, apagó la luz, lo que hizo aparecer una oscuridad completa. Él se quedó mirando al techo por un momento, que le pareció eterno, hasta que por fin dijo “buenas noches” a lo que ella respondió lo mismo. Esperó un poco más y también dijo con un aire de timidez “te quiero”, aunque para esto no hubo ninguna respuesta.

Al escuchar únicamente al viento azuzar la ventana, simplemente se dio la vuelta y cerró los ojos, tratando de dormirse lo más rápido posible. Estaba muy cansado, muchísimo, pero aún estaba demasiado lejos de descubrir el porqué. Finalmente se quedó dormido, mañana sería otro día igual.