Todo era tan frágil…

O por lo menos eso parecía desde el piso número veinte de aquel rascacielos de Nueva York. Tan solo veía puntitos moviéndose que asociaba con personas y formas más grandes que relacionaba con el tráfico. La ventana cerrada no permitía entrar nada de aire ya que, a pesar de hacer calor, prefería aguantar aquel pesado aire a que el ruido de vehículos y conversaciones interrumpiese su paz.

La gente estaba emocionada por el cuatro de julio, como de normal. Los colores de Estados Unidos eran los protagonistas en la ropa de la gente aquel día, dando una falsa sensación de unidad. Soltó una sonrisa irónica al pensar en ello. Realmente estaba seguro de que ninguna de esas personas haría nada desinteresado por cualquiera de los desconocidos que los rodeaban.

Miró su vaso de whiskey y le dio un par de vueltas antes de tomar un sorbo con tranquilidad. Contuvo la mueca que quiso mostrarse en su cara. Detestaba aquella bebida y su sabor. ¿Cómo podía bebérselo la gente? Tampoco es que lo pudiese saber si hasta aquel momento sus padres no le dejaban tomar alcohol. Le impidieron hacer muchas cosas, como seguir viendo a Quentin.

Ellos no lo entendían. Ellos no veían las cosas como él ni las percibían igual. Había crecido con Quentin y decidieron que era una mala influencia después de aquel desastre en el instituto. Años de amistad tirados por la borda porque la gente no lo veía bien. Lo cambiaron hasta de instituto.

Años más tarde, consiguió librarse de todo ello. Hacía apenas unas semanas que se había vuelto a reunir con Quentin y estaban completamente al día. Como si nunca se hubiese ido de su vida. Y ahí estaban los dos: en el piso número veinte de un rascacielos de Nueva York el cuatro de julio.

Se giró hacia el sofá de aquel despacho y vio a su amigo sentado, con las piernas cruzadas, los brazos extendidos sobre el respaldo y la cabeza echada hacia atrás. Parecía igual de relajado que siempre, dando una imagen de duro con su chupa de cuero y sus botas militares oscuras. El pelo castaño rebelde estaba despeinado en todas direcciones, pero no parecía importarle lo más mínimo.

-Esto está asqueroso. – dijo dejando el vaso sobre el escritorio. – No entiendo porque la gente lo bebe tanto.

-Te tienes que acostumbrar al sabor para disfrutarlo. – Quentin abrió los ojos y giró su cabeza para mirarlo. -Te vendrá bien un poco de desinhibición para nuestra noche.

-Puedo hacerlo sin la necesidad de alcohol. – espetó. – No soy un crío y no es como si fuese la primera vez que hago algo así.

– ¿Lo de tus padres? – se burló su amigo. – Vamos, eso no fue nada. – soltó una carcajada. – Puedes hacer cosas mucho más grandes.

-Para eso estamos aquí. -Masculló girándose de nuevo hacia la ventana. Sentía el peso en la cinturilla de su pantalón como si fuesen mil toneladas. – Verás que soy digno y que merezco la pena.

-Recuerda que si sale mal me tendré que ir y no nos volveremos a ver. – se levantó y se puso a su lado, apoyándose de manera casual sobre la cristalera.

-Nada saldrá mal. – intentaba convencerse más a sí mismo que a su amigo. – Haremos esto, nos piraremos y podremos estar juntos el resto de nuestras vidas.

Escuchó un ruido a su derecha y vio como el vaso de cristal caía del escritorio y se hacía añicos contra el suelo. El líquido ámbar se mezcló con los trozos de vidrio manchando un área cercana. Levantó la cabeza poco a poco apretando la mandíbula y fijó sus ojos en el hombre atado a la silla que se sacudía nervioso sin parar.

Se acercó en dos zancadas mientras sacaba la pistola de la cinturilla de su pantalón y le apuntó a la cabeza con furia.

– ¿Estabas intentando irte? – le gritó. – ¿Querías irte?

-Po… Por favor. – suplicó el hombre con miedo. – No sé con quién hablas, pero tengo familia. Déjame irme. Tengo dine…- no acabó la frase ya que le pegó con la culata de la pistola en el pómulo haciéndolo gemir de dolor.

-No quiero tu dinero. – acercó su cara a la del hombre trajeado para hablarle mirándolo directamente a los ojos. – Quiero que presencies el espectáculo que se llevará a cabo en…- miró su reloj de muñeca y sonrió al ver la hora. – Dos minutos y cuarenta y tres segundos.

– ¿Por qué yo? – rodó los ojos ante las lágrimas del hombre. -Ni si quiera te conozco.

-Es patético. – le susurró Quentin al oído. Siempre se movía de manera tan sigilosa. – Todos lo son. Por eso hacemos esto.

Se separó de ambos y dejó lloriquear al hombre de la silla mientras su amigo lo miraba expectante.

Tenía que hacer aquello. Se lo había dicho Quentin y Quentin era su amigo. Pero a sus padres nunca les gustó Quentin. Los separaron. Él era su único amigo y le impidieron verlo. El 16 de mayo no había tomado la pastilla. Se había sentido raro, pero empezó a esquivarla durante un tiempo. Así consiguió volver a ver a Quentin.

Sus padres le arrebataron a su amigo. Le arrebataron lo único que de verdad le importaba en aquel mundo y él les arrebató la vida a cambio. Quentin le ayudó en todo, incluso a buscar un refugio tras huir en el coche de su madre. Después le propuso aquello.

Le ayudó a conseguir los materiales y fabricarla. Se colaron juntos en el edificio donde se encontraban y estuvo a su lado mientras colocaba su obra. Puede que Quentin no fuese un amigo común, pero siempre estaba con él. Ellos fabricaban aquello que los separó durante tanto tiempo.

– ¿Por qué ellos me separaron de él? – le preguntó de manera retórica al hombre. – Era una mala influencia según ellos. Y tú, les ayudaste sin saberlo. Así que ahora pagarás igual que ellos.

Se acercó de nuevo y le colocó la mordaza mientras él se sacudía y Quentin le metía prisa. No miró atrás mientras se escabullía fuera del edificio ni mientras esquivaba a la gente que celebraba. Caminó con la capucha puesta y la cabeza baja. No miró atrás ni si quiera cuando escuchó como explotaba su bomba y causaba el pánico en la gente.

Todo era tan frágil…

La festividad acabó y la gente empezó a gritar y correr en todas direcciones. La gente se perdía y separaba de sus acompañantes.

Pero él ya no se separaría de Quentin.