Una vez, hubo una princesa encerrada en una torre. Estaba sola y vivía en constante tristeza debido a la falta de compañía. En la torre solo había una ventana donde ella se asomaba todas la mañanas preguntándose porqué estaba allí; y todas las noches, preguntándose si alguna vez sería libre.

Un día, un noble príncipe montado en su blanco corcel y vestido con su brillante armadura, encontró esa misma torre llena de enredaderas. Buscó la puerta, pero no la encontró. No había. Estaba cansado debido a su larga marcha y se puso a descansar bajo un fuerte roble cercano.

Por la noche, cuando la princesa se asomó por la ventana, la vio. Se enamoró al instante de su reluciente cabellera y sus ojos qué, estaba seguro, se verían desde la más lejana estrella del firmamento. Hipnotizado por su belleza, se puso a la vista de la dama y le pidió que abriese la puerta de su torre para así poder conocerse.

Ella le contestó que no había ninguna puerta, pero, que si quería, trepase por las enredaderas hasta ella, que lo esperaría arriba el tiempo que tardase en subir hasta allí.

El príncipe, movido por sus sentimientos, trepó sin problema y llegó a la que, esperaba, se convirtiese en su amada.

Pasaron juntos tres días y tres noches y se enamoraron. Tres días y tres noches, tres lunas y tres soles. Pero llegó el momento en el que el príncipe tuvo que marchar hacia su reino.

A su amada le dejó como obsequio su espada. “Es una promesa de que volveré por vos” le dijo.

Ella, feliz, guardó la espada de su príncipe y esperó paciente durante un mes. Treinta días y treinta noches. Treinta lunas y treinta soles. Después de ese tiempo, empezó a preocuparse: ¿su príncipe se había olvidado de ella?

La ansiedad la consumió hasta que, un día, escuchó a unos campesinos que pasaban bajo la ventana de la torre. Hacía tres semanas que no se veía al príncipe, decían. Se rumoreaba que unos bandidos le habían atacado cuando iba a rescatar a una princesa encerrada en una torre y que, al no llevar su espada consigo, no se pudo defender y lo secuestraron.

La princesa sintió un gran dolor, pero no se dejó vencer. Cogió la espada de su amado príncipe y descendió las enredaderas que él una vez subió. Corriendo, fue a buscar a su amor.

El amor, no le hizo más débil: la armó de valor para hacer lo que nunca se había atrevido a hacer. El amor, le hizo más fuerte porque ella así lo quiso.