El seis de agosto de 1945 la ciudad de Hiroshima sufrió el bombardeo más atroz que se conoce hasta el momento, cuatro días más tarde Nagasaki fue atacada por el segundo y último ataque nuclear de la historia.
Más de cien mil corazones que se pararon al instante por la orden de un solo hombre, el presidente de los Estados Unidos del momento. Un mes después se puso fin a la Segunda Guerra Mundial, dos de septiembre de 1945.
El seis de agosto de 2020 la ciudad de Zaragoza recibió una amenaza de un posible ataque nuclear similar al de hacía setenta y cinco años en el Imperio de Japón. El mensaje era claro: “si no entrega lo necesario en el momento y lugar adecuados la ciudad quedará destruida”.

Me llamo Amaia Ramos y hace treinta y cinco años recibí ese mensaje en el buzón donde vivía: Avenida César Augusto número 57. Ahora, treinta y cinco años más tarde, estoy a nueve mil cuatrocientos ochenta y seis kilómetros de distancia, en San Diego, Estados Unidos. Pasé de vivir en un adosado con mis padres y mis cinco hermanos a estar sola en un piso de apenas 45 metros cuadrados.
Me metieron en un furgón, me sacaron a la fuerza, luego un tren y a un avión. Ojos tapados y oídos medio taponados por tantas horas de viaje. Desorientada, perdida y con necesidad de entender lo que estaba pasando. Cuarenta y ocho horas después de recibir ese anónimo en el buzón de mi casa estaba sobrevolando mi país. Se dejó de oír ruido de avión y estuve unos diez minutos en un coche hasta que, por fin, me quitaron la venda de los ojos. Levanté la vista y ahí estaba, un hombre en traje, corbata azul marino, barba recién cortada y pelo engominado. Los dos metidos en uno de esos despachos que se ven por la tele que tantos envidian, sillones de terciopelo, mesas de madera recia, grandes ventanales con vistas a toda la ciudad, cortinas doradas, estatuas de mármol y una bandera de los Estados Unidos que ocupaba toda una pared de la habitación. En ese momento supe en el país donde estaba.
+ ¿Amaia Ramos, verdad? Dijo con voz grave y ronca.
-Sí. Dije titubeando, me temblaban las piernas, las manos me sudaban y notaba como las pulsaciones me subían cada vez más rápido. Solo quería pellizcarme y despertarme rodeada de mis hermanos.

Pero esto era la vida real, no era una película donde todo acaba bien.

+ Soy Thomas Anderson el coordinador de la pandemia del covid19 aquí, en San Diego.
En ese momento mi cabeza intentó ubicar a esa ciudad en el mapa, tenía esperanzas que fuese la más cercana a España, como si eso me sirviese de algo, pero entre mis nervios y la poca geografía que estudié en mi juventud no conseguí nada.

– ¿Qué hago aquí?
La verdad no recuerdo exactamente las palabras que usó así que voy a explicarlo a mi manera, llevaban desde que el SARS-CoV-2 llegó a su país buscando a la persona que les podía curar, mientras el resto del mundo buscaba vacunas ellos me buscaban a mí. Resumiendo mi sangre puede curar a todo aquel que se contagie de aquel virus que tanto nos marcó. En ese momento no sabía si sentirme afortunada o seguir pensando la fórmula para salir de ahí.
Hasta que me miró fijamente y me dijo que aquella amenaza que recibí ocurriría si no obedecía sus órdenes. Entonces cerré los ojos e imaginé a mi ciudad, a mi Zaragoza bombardeada, los míos aplastados, El Pilar en llamas, la Aljafería derruida, el Ebro sintiéndose inútil por no poder hacer nada y el parque Grande José Antonio Labordeta acabado. Apreté los puños fuerte y dije:
– ¿Qué queréis que haga?
+Te quedarás aquí para siempre, nunca volverás a tu ciudad, nunca dirás que estás viva ni intentarás comunicarte con tu familia, nunca. Nadie puede saber lo que estamos haciendo contigo.

Hubiese sido muy egoísta no obedecer.

Hace treinta y cinco años hicieron creer a mi familia que el cuerpo que estaban enterrando era el mío. Valió la pena porque gracias a ello salvé a la humanidad de miles y miles de muertes, con mi sangre se puso fin a la pandemia del año 2020 provocada por el virus SARS-CoV-2 .
Hace un tiempo me diagnosticaron principios de Alzheimer, olvido lo que he comido o lo que he hecho por la mañana pero cada día que pasa tengo miedo de perder los recuerdos de verdad.
Mi familia me enterró, me lloró pero sigo luchando para poder volver a verlos aunque no me acuerde ni de mi misma.