No fue tu voz ni tan sólo tus ideas.

Nos revolvimos como mártires oscilando por el monte fronterizo.

No fue mi pecho blanco, ni siquiera fue mi casa.

Cuando llegó septiembre, el agua corría como pájaro.

Cuando llegó septiembre, porque sacaron mi leche y mi aliento.

Yo fui madre migrante sosteniendo en vendas a tus hijos.

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Un tambor resuena como un vientre de metal.

No fue tu voz, no fue, no pudo serlo.

Encontraron días después esa mano adivina bajo la bala.

Y todos los cuerpos parecían crepitar en una alfombra de leña.

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El lenguaje se cierne como escombro mudo.

Cómo brota de ti el líquido que ahora lamen los perros.

Cómo quema tu mano sobre el dolor reconocido.

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Y me dicen que estas son las leyes: No las creo.

Y acuden de pronto los oficiales y todo son papeles y tinta

y huele a sucio, a orín, y me dicen que ayer viviste y se hunde

como plomo

esta herida que late.

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No mires, escucho, no padezcas, no sientas, no llores,

no grites.

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Se resbala el cielo de repente.

Una piedra es todo lo que hay.

Antes habías tú.

Una piedra, voy descalza, voy desnuda, sin pelo y sin hijos.

Te obligaron a matar: extraño oficio de ser hombre.

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Mientras, entre tu fusil y tu cadáver,

un aborto esparcido por la grava.

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La piedra

ha podido con nosotros.