Frené el coche al borde del paso a nivel. Las barreras estaban bajadas y un sonido intermitente venía de alguna parte. Ella estaba sentada en el asiento de al lado y miraba al frente. Ya no repetía las mismas frases, ya no fruncía el ceño. Miraba el sol cegador que deslumbraba el parabrisas, como embebida en alguna elucubración extraña. La miraba no sin algo de miedo por eso que se estaba pasando por su cabeza. De vez cuando, lanzaba un vistazo al retrovisor interior y comprobaba que Sophie seguía dormida ahí detrás, con su cabecita apoyada en la ventana. Parecía dormir plácidamente y yo deseé volver a ser un niño o, al menos, poder soñar como lo hacía ella.

     Cerré los ojos momentáneamente, sentía el aire fresco que entraba por la rejilla de la ventanilla renovando el ambiente a pino del coche, la respiración agitada a mi lado y la respiración tranquila de la pequeña. El coche empezó a vibrar. La resonancia del tren acercándose retumbó en las puertas, en las ventanas y en nuestra cabeza. Sophie se zarandeó, como si sus sueños se hubieran alterado un instante, como si el mundo de las mariposas se hubiera quedado por un segundo sin alas. El tren ya estaba frente a mis ojos, y sentía cómo las vidas pasaban sobre la vía y mi retina, y las ventanas se convertían en setenta negativos que levemente mi mente retenía y olvidaba.

     Mientras tanto, Miriam seguía con los ojos fijos hacia adelante, inmutable, como evadida de sí misma; tan apenas la vi pestañear. El tren pasaba frente a nosotros y ya eran las ocho de la tarde. Los rayos del sol aparecían y desaparecían vagón a vagón y nosotros mismos nos reflejábamos en su superficie. Íbamos con retraso, pero daba lo mismo. En aquel momento sólo me pareció importante ver ese pequeño cuerpo dormido y ese otro que no quería mirarme. En aquel momento sólo parecía tener sentido esa extraña sensación de que nadie te está sintiendo, de que nadie te observa; y te preguntas si vives, si vives en ese momento en el que no pareces nada, en el que te vuelves de repente pequeño ante ese tren que pasa. Y te preguntas: ¿y si no hubiese parado? ¿Y si hubiese seguido simplemente con el pie en el acelerador, de frente, en un acto que parece un salto al vacío?

     A veces, el silencio es un compañero demasiado peligroso, y las ideas vienen y van como ráfagas de aire y todo se congela y pareces muerto, paralizado, en ese instante en el que te preguntas por qué existes, y sientes tus pulmones y las arterias con sangre y a su vez no sientes nada. Tu inconsciente emerge con alguna locura que luego meditas y piensas “qué idiota”, pero que en ese momento parece lo único real. Piensas en lanzarte al vacío, en fundirte con esa nada que presencias para formar parte de algo, en desaparecer como una sombra que un día fue concebida por una luz y un contraste, pero entonces, te paras en esa quietud en la que ya estás detenido, te giras y escuchas el respirar de esas vidas que te dan vida y, entonces vuelves a exclamar para tus adentros “¡pero qué idiota!”.

     Sophie se desperezó, aún dormida, y un mechón rubio le cayó por enfrente de sus ojos cerrados. Yo la miraba por el retrovisor y una sonrisa casi bordeó mis labios. No me di cuenta de que el tren ya había desaparecido de la vía y que las barreras se habían levantado. Miriam carraspeó y me miró por fin, y yo le devolví la mirada, una mirada que pedía perdón sin hacerlo y que ella tanto conocía. No supe del todo si la aceptó o no, pero sus hombros parecieron destensarse de súbito, como si se hubiese desplomado, hundido muy hondo en su asiento. Giré la vista al frente. La carretera, en línea recta, se perdía en el horizonte mientras el sol del ocaso teñía los campos de trigo en las lindes del camino. La vía estaba libre. Había que avanzar