Aunque solo quedaba a su alrededor una tenue luz, ella se disponía a quedarse.

Solo necesitaba tocar aquella hierba para saberlo. Esta era fina y verdosa, con un poco de agua y esa ideal frescura para quedarse; con su robusto sauce llorón, con los delicados arbustos que hacían que aquel sitio pareciera una jaula de naturaleza.

<< Relájate>>

La última señal de su cuerpo que necesitaba para que ella cayera desplomada de bruces a la hierba, justo debajo del sauce llorón.

Miró. Las hojas del sauce llegaban hasta el suelo, notaba como le tocaban la punta de los dedos del pie. Notaba un divertido cosquilleo que hacía que pintara una sonrisa en su cara.

Aún corría un poco de luz por el sitio, ésta, se metía por los huecos que dejaban al descubierto las hojas del sauce, haciendo que ella, se bañara en una dulce luz que ni siquiera quemaba, solo agradaba la estancia.

Extendió la mano hacia el cielo. La escena era inmejorable.

Ya estaba anocheciendo, el color naranja del cielo desaparecía, como si una brocha estuviera pintando de oscuro el lienzo. Resopló durante un rato, la diversión se había acabado.

Pasaron unos minutos, y, el sitio, hizo tragarle sus palabras. La luna era llena, y esto, hacía que bañara el sitio de una tenue luz blanca.

Al instante, salió una amarillenta y microscópica luz de la hierba, seguida de millones de otras iguales.

Tardó un poco en reconocerlas luciérnagas. Estas iban paseando por todo el sitio, como si quisieran enseñarle cosas ocultas que por el día no podía ver. Ella, se levantó, tal y como querían aquellas vivas luces.

Notó sus descalzos pies ir adentrándose más y más en un lugar nuevo, un bosque. Con los pies, supo que estaba lleno de árboles, por la indescriptible textura que proporcionan las raíces; otras, notaba el brillo de las setas fluorescentes, que, para ella, eran las farolas del bosque; y, a los murciélagos cazando mosquitos.

El trayecto final fue un pequeño río bañado completamente por la luz de la luna. Tan cansada estaba, que, sin quererlo, se quedó dormida allí.

Él estaba agobiado. Le habían despedido de su trabajo, y, para colmo, habían aprobado la idea de pasar a el cincuenta por ciento de la población a África y, la sobrante, a China, todo por la contaminación del planeta.

<<Estamos en el año tres mil>>

<<Esto iba a pasar, lo predijeron los científicos y nadie les hizo caso>>

Miró al suelo de la vergüenza de que estuvieran así, cuando se percató de que había unas huellas en el sitio (según él, ese lugar era tan bonito que no existían palabras para describirlo, así que, se quedó con el nombre de sitio) que no eran suyas.

Seguidamente, miró al cielo. La mañana era fresca, y un agraciado y armónico grupo de jilgueros estaban tocando una bella melodía escondiéndose detrás de la copa del Sauce Llorón, pero (sacudió la cabeza) ese recibimiento tan eufórico no le iba a distraer de su misión principal, impuesta por él mismo cuando vio las huellas: encontrar aquella cosa que había estado aquí antes que él.

Pensaba que esas marcas le llevarían a un Hominufera. también llamados rebeldes, aquellos que se escapaban de las barreras que tenían las ciudades (no-se-sabe-como) y se iban al bosque a tener una nueva vida, aunque, él se había convertido en uno.

Corrió en busca del rebelde, con la única pista de las huellas que había dejado, se sentía libre, y eso le gustó.

Pasó por un bosque de gordas raíces que estaban por encima del suelo.

En su camino divisó varios ejemplares de setas fluorescentes y pájaros que se suponía que estaban extintos.

<<Anotaré esto es mi agenda>> pensó.

Allí desaparecieron las huellas del Hominufera. en una cortina de hojas, que, si la abrías… a saber lo que encontrarías dentro. Él tenía miedo, pero era menos que la curiosidad que sentía, así que, cogió de un extremo la brillante cortina de hojas, y, la abrió.

Dentro se encontraba una rebelde, dormida en la tierra cercana a un destellante y calmado arroyo. Pensaba que estaría asustado o algo por el estilo, pero no, la Hominufera era una humana, pero… calmada.

<<Serenidad>> pensó.

Nunca, más que ahora, había sabido el verdadero significado de esa palabra.

Aunque tenía sueño, ella se despertó. Vio que delante, tenía a un humano observándola.

No sabía que decir, así que se incorporó. El humano retrocedió un paso, pero, al ver que no retrocedía más, le dedicó su primera (y de las únicas que se acordaba de su vida como humana) palabra:

  • Hola

<<Que extraño sonaba eso>> pensó.

Al señor se le pintó una mueca en la cara:

  • Hola, no sabía que supieras hablar-dijo extrañado él.

Pero, la que ahora estaba extrañada era ella, aunque, logró calmarse, todo gracias a la fina hierba que le proporcionaba la madre naturaleza.

  • Si-si puedo

Dijo ella, sus secos labios se pegaban a su fina boca, hacía tanto que no hablaba

  • Me-voy-a-quedar-aquí

Puntuó el humano. Ella se extrañó al ver y escuchar como el humano, a cada palabra que decía, le añadía una pausa

Él se sentía bien.

El silencioso y fresco viento pasaba por ese lugar desde que ella le había dicho que se podía quedar. Tenía ganas de abandonar el mundo y estar aquí.

Quiso descalzarse, pero tenía (otra vez) miedo. Miró a la rebelde. Estaba completamente descalza, y, en sus delicados pies, no encontró ningún rasguño, así que, se los quitó rápidamente él también.

Se pintó rápidamente una sonrisa en la cara de la Hominufera.

  • ¿Vamos-al-sitio? -preguntó raro
  • – Si, yo quiero- dijo ella

Lo último fue extraño, él solo había dicho sitio, y ella le entendió perfectamente. Iba a seguir pensando, pero, tan rápida como el viento, ella le agarró del brazo y empezó a correr. Todo el bonito paisaje se iba a la velocidad de la luz, dando paso a otros nuevos.

Pudo comprobar como sí que le había entendido, cuando le llevó exactamente al lugar que él se refería, aquel que había bautizado como el sitio.

Soltó una carcajada, una diferente a las anteriores, no una de: “Me estoy tomando un café con mis amigos y uno me ha hecho reír”; no, una de liberación. Cuando ella se apartó su largo pelo marrón de la cara, se rio también.

Él estaba feliz, y, aunque esto supondría un cambio en su vida, ella estaba alegre.

Se dieron la mano, y saltaron a una vida como rebeldes u Hominuferas, pero, eso sí, disfrutando de todo lo que se podía disfrutar.

FIN