Ahora miro nuestra foto a través de la pantalla,
nuestras manos, nuestros labios, mi perdida mirada.
No puedo borrarla de mis redes sociales,
no puedo borrarla de mi cabeza.
Tú sonreías mientras yo callaba.

Acordándome de aquella vida,
me dieron ganas de escribirte.
Quizá un “hola”, un “buenos días”,
pero el auto corrector no me deja.
Me sugiere un “cariño”, después del hola,
aunque ya no haya mensajes tuyos en mi bandeja
y ya no estés entre mis contactos frecuentes.
Mi teclado parece estar gastándome una broma.

Mi madre me contó que antes era más sencillo,
cuando cortabas con alguien ahí se quedaba todo.
A pesar de estar a 200 kilómetros de distancia,
ahora siento que tengo que romper contigo cada día,
luchar contra mi instinto para no abrir la galería
y no ver nuestra foto en la que
hace mucho tiempo ya lo sabía,
en la que todo el mundo que paseaba por Madrid lo vio:
Mi miedo a perderte era enorme,
pero mi miedo a vivir siempre contigo lo superó.

Ahora no solo tengo que evitarte por la calle,
ahora tengo que resetear el teclado,
silenciarte en todos lados.
No entrar en tu perfil para ver si has borrado
todas las fotos que nos hicimos.

Una vez leí que cuando una pareja se separa, muere un lenguaje.
Yo siento que nos estoy torturando,
que estoy arrancándonos la piel a tiras,
que estamos en una piscina que cada vez cubre más,
que estamos en medio de un campo de minas
esperando a que algún día alguien apriete el gatillo,
a que mi móvil olvide tu nombre de usuario
y yo ya no tenga cómo espiar,
a que mueras en mí tranquilo.