Pies descalzos sobre el suelo color nieve, frío,
blanco, superficie incómoda y necesaria. Ya no
sienten, ya no responden, sólo siguen sin poseerse,
sin pensar en las futuras enfermedades, en las
consecuencias de estar ahí de tal modo, soportando
el bonito y desgarrador aliento de invierno.

Cualquier otoño desea saber hacer poesía, y no se
sabe, nunca se sabe, las hojas caídas leen la de otros,
se reconocen en palabras ajenas y en el preciso
instante en el que rozan el suelo y empieza su
muerte, ya se sienten felices. Mueren porque alguien
las pisará. Alguien siempre pisa despreocupado.

Y en verano, en algún armario desordenado un
cuerpo frágil guarda con cariño una caja de cartón,
con un poema, simbólicos copos de nieve, hojas del
suelo del norte, y nacerá una sonrisa. Descubrir,
pensar en algo que nunca se había pensado.

Las sonrisas siempre nacen; partos improvisados,
indoloros y fugaces. Porque la luz de la luna no
calienta, pero existe, no vive para arroparnos, pero
su pretensión es tan bella que consigue hacerlo. Y
cualquier instante puro permanecerá para siempre,
porque lo verdadero conecta con lo natural y aquello
que no alcanzan a sujetar nuestras manos será lo que
verdaderamente merezca la pena. Sirve, empapa,
como todo. En este sentido, estándolo, nunca
podremos sentirnos solos, sabremos apreciar los
motivos que hoy en día no se acentúan. Querremos y
sabremos poner las tildes, cuando estemos muy
desnudos, cuando haya cansancio, y el vacío en el
estómago que deja tras de sí la tristeza.

Y no será por ya no verle el sentido a nada, sino por
acabar de encontrárselo.