I. La mujer que tú eres.

Me acuerdo del último fin de semana que estuve en casa, te decía el día de Reyes mientras me acompañabas a coger el autobús para irme, que me gustaría volver a ser pequeña por volver a tener la ilusión que veía en los ojos de Thiago y Hugo durante estas Navidades.

En verdad te mentí.

Volvería a la infancia por tantas cosas, tantos momentos, tantos recuerdos, todos asociados a ti.

Volvería, porque me volvieras a despertar y te metieras en mi cama sin salir de ahí hasta que “matásemos a todos los tiburones que nos intentaban atacar”.

Volvería para darte la mano hasta la puerta del colegio, para verte en la grada de todos los campos de fútbol de Zaragoza, a pesar del frío, del calor, de la lluvia.

Volvería, aunque solo fuese por todas las horas perdidas los días de dentista pateándonos cualquier tienda de deporte.

Volvería a las 8 horas del concierto de Malú.

Volvería (y volveremos) a Canarias,

el Teide,

a Cabarceno,

Santillana del Mar,

Potes,

los Picos de Europa a nuestros pies.

Que bonito ha sido crecer a tu lado,

que bonito ha sido darme cuenta con los años que me he convertido en quien me he convertido, gracias a ti,

que bonito no poder reprocharte nada,

saber que me vas a perdonar si me equivoco,

que solo tenga palabras de agradecimiento,

que bonita esta unión.

Que bonito ha sido aprender contigo,

y de ti,

que bonito cuando te enorgulleces de mí,

cuando no te avergüenzas.

Que bonito presentarte a mis amigos,

a mi pareja,

a todas las personas importantes para mí,

porque tengo la certeza de que siempre vas a estar a la altura de lo que les cuento de ti.

Que bonito recibir tus consejos de madre,

de amiga,

de compañera y confidente.

Que bonito,

mamá,

que siempre que intento escribirte algo,

haces que me reinvente, que nunca me repita,

porque eso significa, que sólo tú sacas la mejor versión de mí.

Pero lo más bonito de todo,

es ver que tienes amor todavía para seguir escribiendo nuestra historia,

para seguir emocionándome,

para animarme a luchar por mis sueños,

porque eres la primera que nunca deja de creer en ellos.

De mayor intentaré ser como tú.

De mayor quiero que mis hijos crezcan y tengan a su lado algo parecido a lo que he tenido yo,

pero déjame terminar diciendo

que nunca tendrán algo igual,

porque nadie puede dar tanto como has dado tú,

porque nadie puede parecerse una mínima parte

a la mujer que tú eres.

II. Siempre nos quedará París.

He imaginado tantas veces desde que lo hablamos como sería verte bajo la Torre Eiffel iluminada,

que me cuesta pensar que se reducen infinitamente las posibilidades de hacerlo.

Ver la luna desde Montmartre

y pasear a orillas del Sena después de comer algo rápido

para seguir contagiándonos

o contagiar nosotras a ellos,

de lo que es el amor.

Un amor tan especial como complicado,

como dice Marwán, “el amor correcto en el momento equivocado”.

Porque supongo que esto solo es una hostia más de esas que dicen en las películas que solo se llevan los adolescentes.

Y no hablo de que el amor de tu vida se vaya con otra.

Hablo de tener que decir adiós a todos esos planes que un día imaginamos,

de cerrar un libro de tapa dura,

que irónicamente

se titula sempiterno.

Porque a veces, dudo que haya algo que dure para siempre.

Hablo de lo fuerte que puede calar alguien dentro de ti,

y de lo difícil que es, aceptar que seguirá estando pero no de la manera en la que queremos estar.

Y supongo que la vida es eso, aceptar.

Con o sin resignación,

pero hacerse a la idea de que la mayoría de cosas que vienen,

también se van.

Hablo de lo jodido que es despedirme sabiendo que vendrás conmigo siempre,

como si no fuese una putada hacerle entender a mi cabeza

que siempre estaremos,

pero poco a poco dejaremos de ser.

Siempre nos quedará París.

Un concierto,

los libros,

el vídeo,

los martes de mierda,

nuestras canciones

ir a verte a las diez

o que tú aparezcas a las once.

Siempre nos tendremos,

no tengo ninguna duda,

porque hasta la ciudad del amor se queda pequeña

cuando toca hablar

de ti

y de mí.

III. Querer conocerte. Aciertos de la vida.

Y entonces entiendo porque tú.

Porque apareces para darme un último beso de despedida cuando sabes que se me cae el mundo encima mientras diluvia en la estación.

Tú,

porque me subo al tren y entre todas las nubes,

el rayo de sol que arranca es nuestra despedida,

llena de luz.

Verte aparecer

y tener la necesidad de escribirte que de entre todas,

siempre volverías a ser tú.

Tú.

Que haces que cuarenta y cinco minutos de retraso,

sean los sesenta segundos más bonitos del día,

como si supieras que iba a llegar en ese momento,

como si no hubiese imaginado,

que conociéndote,

no podías irte

sin volverme a ver

con mi ceño fruncido

y mi sonrisa detrás de la mascarilla,

pensando

que todo lo que haces

solo podrías hacerlo

tú.

IV. La gente cambia de prioridades.

Tan cierto como doloroso.

“Soy muy partidaria de que quien quiere mantener la relación la mantiene, pero también te digo que la gente cambia de prioridades. Y hoy eres su prioridad, pero un día dejarás de serlo.”

Esas palabras hacían eco en mi cabeza mientras me preguntaba si sería verdad que algún día, dejaría de ser la número uno en la lista de personas importantes en tu vida.

Me aferraba a esa mínima posibilidad, a ese uno por ciento al que nos aferramos,

mientras nos repetimos,

que la esperanza es lo último que se pierde.

Me cuestionaba si en algún momento dejarías de quererme, o si por el contrario, tener la sensación de perderme, te haría buscarme más.

Te leías todos mis textos, acordándote que un día fuiste tú la que estuvo detrás.

Te culpaba por olvidarme lentamente,

por buscarme sustituta,

por no volver llamarme más,

y no me di cuenta

de que la gente cambia de prioridades

y yo

te preferí antes que a cualquiera

y te cambié

antes de que tú

hubieses dejado de elegirme

a mí.