La nieve caía, como danzando, hasta llegar al suelo, ya blanco después de
tantas horas de nieve. La niebla cubría las calles vacías, como sumiendo el
pueblo en un profundo sopor.
Una única persona caminaba por las calles desiertas. Una chica, muy
normal, caminaba costosamente por los centímetros de nieve. ¿Qué buscaba?
Saber quién era en realidad.
Ella suspiró, el vaho salió de su boca creando una nube que se unió a la
creciente niebla. Era de noche y ese pueblo parecía fantasma. La nieve empezó a
coronar el pelo cobrizo de la chica, trenzado en dos coletas. Su bufanda tapaba su
constelación de pecas, debajo de sus claros y brillantes ojos.
El único momento en del día en el que podía ser ella misma era ése, de
madrugada. Pisó la nieve recién caída, hundiendo su bota varios centímetros.
Necesitaba tomarse un tiempo para ella.
Si alguien le preguntara a la chica quién era, no habría sabido responder.
La chica era una desconocida incluso para ella misma.
«¿Quién soy en realidad?» Se preguntaba varias veces. Y sí, por mucho
que digamos que nos conocemos a nosotros mismos, a otra gente, al mundo en
sí… No sabemos nada. A veces hasta nos sorprenden respuestas y
comportamientos por nuestra parte.
Así que, ¿Quiénes somos en realidad? ¿Cómo averiguamos quiénes
somos?
“¿Quiénes somos…?” Si lo pensamos bien, no somos más que
desconocidos.
Ella caminó hasta a un puente, el cual se elevaba por encima de un
riachuelo. Todo estaba congelado. Los copos seguían cayendo. A la más negra
oscuridad, casi parecían pequeñas luces flotando.
Se inclinó para observar el agua fluir por debajo de la capa de hielo. Era
imparable. Y a la vez pensó:
“Quiero irme lejos, lejos de aquí, como el agua hace. Es libre, como el
aire. Aunque la apresen, vuelve a escapar. Aun que se materialice, vuelve a
fundirse.” Se apartó las trenzas rojizas de la cara.
“El agua no tiene que agradar a nadie. El agua sólo tiene que procurar ser
ella misma. El agua es libre…” Tomó un trocito de hielo del suelo. Poco a poco, con el calor de las manos de la joven chica, se fue fundiendo. Y empezó a gotear,
librándose de las manos de la chica.
“Incluso congelada, el agua sigue su ritmo…” Suspiró “Quiero ser igual
que ella. Por eso me voy de aquí”
Ella se giró hacia el pueblo dormido. Poco a poco, la niebla se iba echando
atrás, sabiendo que se acercaba la hora de irse. Poco a poco el amanecer se
acercaba. Aunque seguía siendo de noche, también había luz. Era la hora del
crepúsculo.
El viento soplaba, como gritándole que era libre. Si ella también quería ser
libre tendría que seguir al viento por su difícil camino. Pero, ¿Qué es mejor?
¿Trabajar duro para ser libre o siempre ser esclavo de tus preocupaciones?
La chica parpadeó un par de veces, despacio. No quería volver a su
pueblo. No iba a volver. Caminando lentamente, pasó el puente, y fue poco a
poco, con sus pisadas pacientes, alejándose de lo que había sido su hogar.
“A nadie le importa ya qué ha sido de las brujas” Casi murmuró.
“Ayudamos a la naturaleza y somos espirituales. La gente normal no nos
comprende. Sólo queremos ser libres. Porque por eso hemos nacido. No se nos
puede encerrar en una jaula como hacen con las aves”
Mientras se iba, lentamente, se fijó en un detalle. Una flor se empezaba a
asomar por entre la nieve. Lentamente, pero constante, Salía exhibiendo sus
colores.
Se volvió hacia el pueblo. La nieve se empezaba a derretir, a la vez que el
sol salía. Empezaba a hacer calor. La niebla se terminó de disipar por completo.
La gente empezó a salir de sus casas, los niños corriendo, por un lado, y los
adultos felices, celebrando que era otro día de verano.
Las flores coronaban los prados, ahora verdes, repletos de vida. Los
insectos se encargaban de que continuara así bastante tiempo. No parecía el
mismo pueblo de hace unos minutos.
No mucha gente podría haber imaginado que hace un momento estaba
cubierto de niebla y nevado. Precisamente por eso…
La chica miró atrás la última vez. Se deshizo de la bufanda, tirándola al
suelo. Continuó caminando por el boque, el cual seguía cubierto de nieve, y en el
cual seguía haciendo mucho frío. Ella nunca más se volvió otra vez a mirar su
antiguo pueblo, cubierto de las risas alegres de los más pequeños y de las
felicitaciones por parte de los adultos por la gran cosecha de ese año.
Ella continuó por su frío y difícil camino, evolucionando y caminando
más que sus antiguos vecinos y compañeros. Ella, al contrario que la demás
gente, era diferente. Nunca más la volvieron a encontrar, pero tampoco nadie la echó de menos. En realidad, para nadie de los del pueblo esa muchacha había
existido.
Pero lo único que ellos recordarían, en sus sueños, serían los cálidos y
sabios ojos claros de una muchacha de pelo cobrizo, y una constelación de pecas
en la cara