Lo supe. Lo supe desde el primer momento. Lo supe desde el primer momento en el que puse m patín en el hielo, desde el primer momento en el que me deslicé sobre el hielo de la mano de la entrenadora.

Abrí mis ojos verdes, brillantes, reflejando el hielo que me rodeaba. Me pasé una mano por mis mejillas rojas y frías, por encima de una constelación de pecas.

Había dejado todo atrás para perseguir este sueño. Un sueño, para la mayoría de personas, imposible. Un sueño para el cual había tenido que renunciar a muchas cosas. Dejé atrás a mi familia, amigos, (o compañeros, porque muy amigos no los consideraba…) a mi país… Y aunque ahora me sentía más libre, con menos ataduras, también me sentía un poco cautelosa, temerosa a dar el paso.

Pero ahí estaba. Un país nuevo, piso en alquiler… Había corrido bastante para trabajar cuanto antes en mi sueño (en cuanto cumplí 18 años) pero sé que merecerá la pena. Voy a hacer que merezca la pena.

Terminé de calzarme los patines, blancos, con manchas y rasguños. Acaricié levemente la superficie del mismo. Había pasado por mucho con esos patines, y cada rasguño o mancha formaba una historia, triste, alegre, victoriosa… pero ahí estaba.

Me quité los protectores de los patines, y entré a la pista. Había unos tres o cuatro niños patinando mientras sus padres hablaban entre ellos de cualquier tontería. Un escalofrío de emoción me recorrió entera cuando me deslicé sobre la superficie. Sintiendo esa maravillosa sensación seguí deslizándome, hasta que tomé bastante velocidad. Empecé a patinar hacia atrás. Di un salto sencillo, un doble Salchow (dos vueltas en el aire) para calentar y volver a hacerme a la idea del hielo.

Cogí mi móvil, a la vez que me ponía mis airpods, o cascos inalámbricos. Era la hora de brillar. Seleccioné la primera canción de mi playlist de canciones de programas de patinaje (Los programas son los bailes con los que te presentas a competiciones).

Me puse en el medio de la pista. Tomé mi postura típica del comienzo. Suspiré. La música empezar. La reconocí al instante. Esa canción pertenecía a mi programa largo que había hecho en una competición nacional en Rusia, mi país. Ése había sido uno de mis peores programas que había hecho en una competición.

Pero hoy era diferente. Al ritmo de la música, deshice mi postura inicial, y empecé a hacer unas especies de líneas de pasos, que se parecían a los de vals. Di unos cruzados hacia atrás, y me preparé para el salto que vendría a continuación. Un triple Axel. El Axel siempre había sido mi cruz, pero hoy me sentía imparable. Salté como nunca antes lo había hecho. Aterricé sin cantearme, con mi pierna derecha debidamente flexionada, y la izquierda recta y hacia atrás.

Esbocé una media sonrisa. Ojalá mi tiesa entrenadora, madame Elizabeth, me hubiera visto hacer tan bien aquel salto. Continué patinando, como si mi vida se fuera en ello. Sentía que mis movimientos eran un poco tiesos, pero el motivo era que llevaba muchos meses sin patinar. Pero este programa, que unos años atrás odiaba, me estaba sentando genial. Recordé por qué siempre me había gustado tanto el patinaje sobre el hielo, era maravilloso. Seguí bailando sobre el agua congelada, con los acordes de mi melodía sonando.

Venía otro salto. Terminé mi línea de pasos, que mi coreógrafa me había compuesto sólo para mí, e hice la entrada. Venía un Salchow. Normalmente, mi inseguridad me hacía hacer tres vueltas, pero hoy… Piqué el frio y duro suelo, y salté. Una, dos, tres…y cuatro vueltas en el aire. Aterricé nuevamente, tan perfecto que parecía que tenía un super poder que me hacía volar. A lo que me di cuenta, ya no me encontraba en la primera pista de hielo que había encontrado en la ciudad en la que me había mudado (Japón) sino en una muy diferente.

Volví a estar en Rusia. Por la ropa que llevaba (mi maillot de las competiciones, negro con una degradación azul) por la música que sonaba, por la pista en la que me encontraba, por la gente mirándome, y, sobre todo, por esa mujer que me miraba con sus estructuradores ojos oscuros, supe que había vuelto a la competición nacional de Rusia. Al pasar por el lado de madame Elizabeth, mi antigua entrenadora, le dirigí una leve sonrisa. En realidad, ése fue mi peor programa de mi carrera, pero hoy no me importaba. Lo iba a bordar. Me dirigí nuevamente al medio de la pista.

Empecé a girar, una pirueta. Mientras giraba sobre mi pie izquierdo me cogí la pierna derecha, y mostrando mi flexibilidad, me la levanté por encima de mi cabeza, casi haciendo un espagat mientras giraba. Hoy, nada ni nadie me iba a impedir que fallase este programa. Deshice la pirueta, y al ritmo de la música me preparé para mi última combinación de saltos. Cuatro vueltas en el aire de Toe loop, y otras tres sin coger impulso. Lo había bordado. La música acabó a la vez que yo también acabé, con otra de mis distintivas posturas. Alcé la cabeza para mirar a madame Elizabeth, pero había desaparecido.

Sólo quedó de ella los recuerdos y sombras del pasado. Me volví a encontrar en la pista de hielo de la ciudad, para a cuál había pagado un pase de una hora. Estaba ardiendo, no sólo por entrenar, sino por la emoción de volver a patinar, y por el sentimiento que invadía mi cuerpo, mi ser.

Los niños, que hasta un rato habían estado patinando y jugando a perseguirse, me miraban con sus bocas en una perfecta «o». También los adultos y la dueña de la pista de hielo me miraban asombrados.

Me quedé pasmada unos segundos, al igual que ellos. Me pregunté si, sin querer había atropellado a alguno de esos niños, porque me había metido en tal estado que ya ni me enteraba de lo que ocurría a mi alrededor. Entonces prorrumpieron en aplausos y vítores. Yo me quedé un momento quieta. Y después, riendo y con gracia, hice varias reverencias, mientras me pasaba una mano por mis mejillas pecosas, enjuagándome levemente el sudor. Antes de salir de la pista, clavé la mirada en la bandera que estaba colgada en frente mío (la de Japón) y me dije a mi misma:

«Soy Sasha, y mi vida es patinar. Soy Sasha, y tengo un sueño. Mi sueño es ir a los Juegos Olímpicos, y ser una de las mejores patinadoras del mundo. Soy Sasha, y a pesar de todas las personas que creyeron que esto no sería posible, voy a seguir creyendo en mí misma. Y nadie nunca más va a decirme que mi sueño es inútil, o que nunca pueda conseguirlo. Porque soy Sasha, y mi vida es danzar en el hielo»