(La tarde se torna gris en la mirada de la joven. Ha empapelado a sus ojos una niebla brusca y densa en blanco y negro, cierto olor a toxina que se aposenta en ella como un periódico caliente, fatal y atrasado que informara del rayo tras el trueno.)

Al asomarse a la ventana, el anciano ve humo saliendo de una chimenea y piensa en Amelia. Recuerda cómo cuando la conoció ella estaba enfundada en unos guantes casi más largos que su propio brazo y él tuvo ya la impresión de encontrarse frente a una muchacha de humo, junto al vaho de un aliento de hermosura triste que se iba tornando lágrima de manera paulatina al coagularse en el relente de sus gafas. El anciano saca los guantes que lleva en el bolsillo y también se los pone, y al hacerlo cree recortar en el paisaje ese aire de otoño que ella poseía, ese ademán de hoja que anidaba en sus palmas, esa fricción suya de cierzo comedido y acostumbrado a la presencia de la lumbre para poder sobrevivir a la humedad. La estufa de pellets de la habitación está encendida y el anciano la apaga -tiene que estar siempre apagada, ¡siempre!, ¿me oye?-, quizás porque las manos ya se le van templando, o tal vez sea porque al acercarse al calor se le ha atragantado en la mirada la presencia de un fruto secándose en la repisa de la ventana.

-¿Nos escucha?

(Los viandantes se agolpan en la esquina de la calle con gesto de cumulonimbo consternado; son una bocanada de brillo blanco que contrasta con el hollín, un nubarrón que se ha cargado la voz con la noticia y que ya rompe para llover la tragedia a quienes llegan preguntando. Todos la conocen. Todos lo lamentan. ¿Y a él? ¿A él le ha informado alguien? Se hace un silencio que combina con la piel que deslumbra desde las manos de la muchacha cuando le quitan los guantes. Es el único resquicio inmaculado que ha quedado en mitad de una tormenta que sigue desatada.)

El anciano se acerca a la repisa de la ventana con cautela, con los movimientos proporcionados y al mismo tiempo repentinos de un perfecto autómata, y mira el mundo contenido en una circular sequía redondeada. En la calle está lloviendo y sus ojos apenas pueden ya resistirse al contagio. Aprieta los nudillos con tal fuerza que casi parece que sus huesos van a desatarse, mientras se dice que el miedo es una forma de fascinación y que a él siempre le han fascinado las castañas, quizás por ese astro que persisten en incubar en su interior a pesar del invierno, o igual por la compasión que le provoca conocer el cilicio puntiagudo de su vida anterior, o por el remanso pastoral que evoca su pasado de zurrón, o tal vez por esa piel tersa que nunca se acobarda lo más mínimo ante el fuego ni tampoco ante el anuncio, el reportaje o -lo que es peor- la esquela del cucurucho en el que pueda tocarle asentarse.

-Qué frío hace…

(La avenida se ha llenado de vecinos, de bomberos, policías, de niños que se asoman si su curiosidad se resiste a las advertencias de sus padres. Pero a pesar del incendio y de la muchedumbre, hay algo gélido y hueco en las paredes, como un tocón en el árbol de la rutina que amplificara el sonido del dolor en su peculiar caja de resonancia.)

El anciano solamente escucha la fría oquedad de la castaña, su abismo interno, ese latido quieto, el precipicio desconocido a otro universo. Y mientras la gira en el eje de su mano, se dice que lleva años sin probarlas. El recuerdo del sabor se le ha secado en la garganta y le raspa, y tal vez por eso se resista rotundamente a volver a comerse una de ellas, al igual que también se ha rebelado desde hace tiempo contra el contacto directo con su piel. No piensa tocarla sin los guantes -devuélvame mis guantes, ¡démelos!, ¿me oye?-, porque intuye que si los castañeros llevan las manos cubiertas no es realmente por el frío sino precisamente para que la terrible promesa de muerte oculta en el corazón seco del fruto no se atreva a morderles la carne. Pobre Amelia.

-Ay, por favor, es que la estufa está apagada.

(El joven no lo quiere creer, que no, que no. Pero sí. Sí, sí que ha pasado. Ahí está. Ahí están sus manos de paloma que han anidado en unas sábanas improvisadas en el suelo de la calle. Ahí está el hollín. Que no, que no. Pero sí. Su vida calcinada. Que no. Sí. Su caseta. Su cuerpo cubierto. Que no, no quiere escuchar voces, sí, sí, dígales que se marchen, que las echen, que le dejen. Ay, no. Pero sí. Su querida sureña se ha incendiado y él ha llegado tarde. ¿Pero cómo? Ay, por favor, es que su Amelia está apagada.)

El anciano sigue apretando la castaña, consciente del secreto del otoño, de que hay algo de capilla ardiente en las hojas de los árboles que se traslada finalmente a sus frutos, frecuentemente a modo de féretro de madera o, como ocurre en este caso, a la manera de un sabor con cierto ademán cinerario si no directamente de cuerpo agusanado.

-Cierra la puerta, cielo.

(Se la llevan, se la quitan. Una puerta se interpone entre sus cuerpos y le confirma que la vida ha dado su portazo.)

El portazo asusta al anciano, que se vuelve con un gesto brusco y deja caer la castaña nuevamente en la repisa por el sobresalto. Un ambiente de escarcha se ha formado en la tempestad que lo asolaba y se queda quieto, contemplando al grupo de personas que ha entrado y que ve en la camisa de domingo que lleva puesta un ademán de carabela que refleja la lucha constante del anciano con su propio naufragio. Pero nadie se ahoga en el encuentro, porque rompe el hielo del iceberg una niña que roza el aire con el aleteo feliz de unas trenzas que ya revolotean buscando una flor donde posarse. El anciano no acierta a comprender qué está ocurriendo, pero reacciona irguiendo la espalda y tensándose -que no se acerque, ¡que no toque!, ¿me oyen?-, tratando como puede de interponerse entre la niña y la castaña. Pero es tarde. La pequeña culebrilla es más ágil que el anciano y ya sostiene el centro de otoño del taller de manualidades entre sus manos, ya es una criatura inconscientemente feliz de haberse convertido en la nueva víctima del veneno mortal de la mordedura de la castaña.

-Oh…

(El joven siente que está a punto de desplomarse. Tendría que haberlo evitado. Si él hubiera estado ahí igual podría haber impedido que eso pasara….)

El anciano tendría que haberlo impedido. Tendría que haber evitado que el joyel de esas manos diminutas entrara en contacto con el fruto. No, otra vez no. No podrá soportarlo. En unos instantes la castaña quemará a la niña como incendió la caseta de Amelia y él no habrá hecho nada para evitarlo. Ay, por favor, qué desastre.

(Una mano se posa en su hombro y a pesar de encontrarse debajo de ella, el joven siente que puede apoyarse y que su inesperado calor lo sostiene y lo acompaña.)

La niña tiene una mano en el centro de otoño y la otra en el cuerpo de su abuelo. Y ya se ha vuelto lumbre por el mordisco de la castaña. Pero con un calor distinto, de un sol en un parque. Y el anciano se queda sin habla ante la presencia de una calidez que había olvidado. Tiene la mente en blanco, pero al sentir el cuerpo diminuto de la niña en torno al suyo, el anciano vuelve a advertir la llamada de la llama.

-Te quiero, abuelito. Eres el mejor. Me encanta.

Y esta vez el anciano ya regresa al día de su cuarto. Y allí nota cómo la luz alumbra a esa casta nea, a los familiares que han ido a visitarlo y que se han convertido en la herencia de la casta nueva que brinda la castaña.

-Y yo a ti, cielo.

Y siente cómo esa niña ya lo reconcilia con el mundo al convertirse en el fuego de su verdadero hogar. Y su voz interna se calla. Y el anciano permite que la pequeña encienda la estufa y que le quite los guantes. Porque algo en la lumbre de esa nieta de Amelia hace todo diferente. Crepita con una suerte de calor sureño que cecea de tal manera que, por primera vez en mucho tiempo, al abrasarlo lo abraza.