PALABRA DE LIMÓN

Rodaja de eclipse:
huida del aliento hacia su albor.


LIMONITA

Entre la limonita de la estatua, oyes la incandescencia amarilla
donde la roca es el laúd de un pulmón hueco,
el humo de un relente quejumbroso
que anticipa la promesa de un incienso tenue,
la posesión del candor entre las manos
de algún cáliz
de la infancia meliflua.
El vértigo a los cielos ha inyectado en sus ojos
el apremio del panal que se asienta,
el nido de la piedra desvestida,
l a
i n s i s t e n c i a
cansada
del grifo que desmiente aquello que hemos sido.
Y al mirar a sus ojos, te desaguas.
Te frotas con las manos con tan frágil urgencia
que te borras cuando lavas el tiempo demasiado.
Te rompes al postrarte y te erosionas
para que tu goteo sobremuera.
Porque en el fondo sabes que eres sangre sin forma
y el vaso del que bebas será la silueta de tu vida,
será el globo amarillo que reviente y al quebrarse
retenga con su helio la voz pueril del mundo.
La vuelva cotidiana y la suspenda como pompa de palabra,
como un día que asciende en carbonato en el bar de la esquina:
reflujo gaseoso del instante que crece de la glotis
desde un desprendimiento de limón.
Lázaro en ademán de estalagmita.


NIEVE

Hoy despunta la nieve en torno al claro.
La cidra se desprende de la altura con aire de mandorla
y alumbra un incendio de vida contra el suelo.
Te has caído del árbol y nunca fingirás que te bajaste
porque te has roto de golpe en premura delicada
y otro cabello de ángel se exilia de tu cuerpo.
Has
partido.
Has partido en mitades la hermosura terrible de la Hespéride
y tu carne se ablanda y se obstina en el
descenso
y te raspas el festón de las hojas que cubrieron tu antigua desnudez
y ya no cabes en la cretona de las nubes que ayer
te sostuvieron.
Has partido el limón de la mansa podredumbre
y allí tu pecho sabe cítrico si así lo pretende
una sangre silvestre que amarga al acero
y que es capaz de imponerse hasta a Clearco de Heraclea.
Y aquí el dolor de Proserpina, la escisión de rama y fruto
se hace más soportable
en el nuevo invierno maternal y su merengue.
Si acaso el tiempo pasa dulce entre las yemas de unas manos
que rozan su legado y que conservan
el beso confitado que escarcha la ternura:
la épica familiar de las recetas.


ESTE SOL DE LA INFANCIA

Como un limón bruñido
o coágulo de albor en los mimbres del mundo
amamanta a la luciérnaga su tumba de resina.
Juegas al escondite debajo del patíbulo
y desde allí haces al ahorcado ser pendiente,
tesoro faraónico que cuelga del ajuar,
joyel momificado del instante en tu lumbre
detenida.
El cuento
atrás
se pausa.
Y la voz es relámpago de exequias.
Pavesa interrogante que ha iniciado su búsqueda
y diluye en la noche
un llanto de pabilo incandescente,
un perfume de luz anegado por la cera que lo acuna,
el sonido de emergencia de una gota tullida.
El día que se incendia en su apogeo último
y que anuncia en la cuenta de la vida
una amable tragedia o el golpe de dulzura
que nos brinda la cidra si se pudre.


INVOCACIÓN FINAL

Sol bruñido y limón fiel del poeta,
no permitas jamás que la amargura
pierda a la voz en una senda oscura
ahogando a sus anhelos en la grieta.

Que no caiga el recuerdo en la treta
del Hades, ni tampoco en la locura
que vuelva a la mirada insegura
por el terrible augurio del profeta.

Permite sin embargo que la brisa
le acune hoy al albor sin darle miedo,
entre la efervescencia de la risa.

Que sea hermoso el cabo de la historia,
y así, permite, cidra, al aedo
confitar con merengue su memoria.