Las teclas color blanco crudo se hundían bajo sus finos dedos. Tocaba con tal delicadeza, que cualquiera podría pensar que le resultaba fácil, sin esfuerzo. De su piano de pared color madera olmo, se desprendía una melodía con tal sentimiento, que podía emocionar al ser más frío del planeta: ‘Araberques’, de Debussy. Era una de sus preferidas, pero era la primera vez que la tocaba antes de un día tan importante; en sólo una hora, iba a preparar el plato más importante de su vida, en el que se jugaría toda su carrera. Un importante crítico gastronómico iría a valorar su obra.

Seguía tocando, parecía tranquilo. Alzó la vista, mirando por la ventana, inmediatamente, el olor de las flores de almendro que marcaban la llegada de la primavera, se le vino a la memoria aquella tarde de abril en la que jugaba con su hermana. Estaban en el jardín, su espalda apoyada en las paredes blancas de la casa, Toulouse desprendía olor a hierba aquella mañana. Claire jugaba con sus muñecas, las vestía y pintaba; a Yan, en cambio, le gustaba inventar historias, para luego representarlas. Era mediodía cuando su madre llegó del trabajo. Chloé era joven y dulce, le encantaba pasar el tiempo con sus hijos. Yan le preguntó qué tal en el trabajo. Era diseñadora de moda, trabajaba en revistas, pases de modelos, asesorando actrices… lo que le surgiera en aquellos tiempos. Le apasionaba su trabajo, Yan lo sabía, pero siempre venía quejándose, inconforme. Y es que Chloé era innovadora, creativa y original; sus modelos eran únicos, pero la gente no sabía apreciarlos. Yan se había criado con el perpetuo sentimiento de inconformidad ante la sociedad de su madre. El mundo lleno de convencionalismos y dogmas sociales sobre lo que es normal, lo que ‘se lleva’ o lo que es correcto la perseguía cada día, le pisaba los talones, le impedía avanzar.

El mundo tiene una percepción errónea de la belleza, pensaba mientras cambiaba de canción, tocando las primeras notas de ‘Octubre’, Tchaikovsky. No sólo lo físico puede tener encanto. Se acordó de aquellas palabras que su madre le había dedicado: eres alguien especial, muy astuto y sensible, sabe que hay millones de forma de belleza, no dejes que los demás te arrebaten tu propia forma de observar la realidad. Desde que había escuchado tales palabras, se había dedicado a crear arte, su propia forma de arte. Eso sí intentando siempre que esa nieva visión, diferente, innovadora, fuera apreciada por lo demás. Conseguía que salieran de su ideología cerrada, rompieran las normas y vieran las cosas desde otros puntos de vista. Así, lograría todo por lo que su madre había luchado tanto.

Para él, la belleza estaba en los sentidos, pero no es la vista, no, sino que en el oído, dándole vida a la música, transmitiendo historias y emociones; el tacto, el olor, el gusto, sentidos que le llevaban a compartir sus sentimientos a través de lo que más le gustaba; la cocina.

Sus platos, en un principio, eran repugnados por el público, su aspecto les horrorizaba, negándose a probar bocado. Los colores no combinaban, la presentación era nefasta y, aparentemente, las texturas eran desagradables. Sin embargo, al que se atrevía a degustarlo, una explosión de sabores bailaba en su paladar. Combinaciones que asombraban al más exquisito, emocionaban, transmitían, e incluso hacían experimentar de nuevo antiguos recuerdos y sensaciones. Su cocina era la más valorada en Francia, y pronto lo sería en Europa, aunque todo dependía de lo que sucediera dentro de unos minutos.

Ya era la hora, recogió las partituras dibujando una leve sonrisa en sus labios. Recolocó la banqueta y se dirigió al recibidor. Se puso la chaqueta de piel y se recoéocó la camisa blanco crudo de forma que el cuello, adornado con motivos geométricos color burdeos, sobresaliese de la chaqueta. Ya preparado, se puso sus gafas de sol, cogió el frío y fino bastón de metal, y, alzando la voz, llamó a su perro, Kail. Éste se acercó a Yan para que lo agarrase y, guiándole hacia donde se situaba la puerta, salieron los dos de casa.