No puedo más.
La angustia me carcome las entrañas, no lo aguanto. Estoy encerrada. Mi celda, pequeña, agobiante, ejerce presión sobre mí, sobre mi cuerpo. Parece que las paredes se peguen a mí, poco a poco, impidiéndome respirar. Paredes y barrotes, tan pesados, tan presentes para mí, y tan difíciles de percibir, invisibles, para los demás.

Es difícil, muy difícil, estar enferma, saberlo, y no poder hacer nada. Que la gente más cercana te observe, le parezcas ‘normal’/sana y te critique, te juzgue.
Es difícil, muy difícil, ser anorexia pesando sesenta kilos. No. No se refleja ni se intuye mi columna en la piel, no me hace holguras la ropa, pero sí soy anoréxica. Por muy raro que parezca, eso es posible.

Se oye a mi madre gritar. ¡La comida está ya en la mesa! Así seguro que se entera toda la familia. Odio este momento en el que me obligan a engullir comida que no quiero, no tengo hambre. Odio a las personas que no me entiendes, que piensan que es fácil, ‘¡simplemente hay que comer!’, dicen.v Me levanto haciendo ademán de coger la manivela. Por el camino, allí está. Mirándome, observándome, juzgándome: mi espejo. ¿Por qué no lo he tirado ya? Lo odio. Evito mirarlo a él y, mucho más, ver mi reflejo en él. Cuando lo hago, un torbellino de ira se revuelve en mi interior; ganas de romperlo, de tirarlo, de tirarme.

No puedo más.
Odio mi cuerpo, odio mi mente que, como si se tratara de Juan Ramón Giménez escribiendo su poesía pura, cada vez que mira a su obra -extensión de su ser- vientre una tremenda insatisfacción. Es una obra imperfecta, incansablemente repugnante, infinitamente mejorable. Algo imposible, tanto como que yo llegue -algún día- a considerar mi cuerpo como ‘perfecto’.

Lo odiaré siempre.
Lo odiaré al igual que odio la sociedad consumista, que nos inculca ideales, valores, modelos de supuesta perfección. Una perfección inalcanzable, como con la que yo estoy obsesionada.

¿Me odio? No, eso nunca, no soy tan cruel. Odio mi cuerpo, mi cárcel. ¿O es mi mente la verdadera cárcel? Una mente que alberga una enfermedad, a conciencia y a sabiendas de las consecuencias que ésta tiene. Una mente que, aunque carcelera poseedora de la llave que lleva a una cura, a una salida, a la libertad; no encuentra la forma de abrir la celda, y se pasa los días, la vida, vagando por los pasillos y perdiendo, poco a poco, las últimas gotas de esperanza que quedan.
Cada vez que lo pienso se encienden mis entrañas, la ira, la angustia, el rencor, la envidia hacia la gente sana, feliz, despreocupada; el rechazo, la soledad, la incomprensión, esta injusticia, esta habitación, este odio, esta cárcel.

Me acerco a la ventana, octavo piso. Me tiro.

¿Paz? No. No siento nada diferente.
Blanco. ¿Será el cielo? ¿Nubes? Está suave.
Ya lo entiendo. Ha vuelto a pasar.
Me destapo, me pongo las zapatillas y abro la puerta.
Odio día más. Tendré que seguir luchando.

No puedo más.