No más que la certeza de un susurro. La desesperación que le corroe se agazapa en la oscuridad de su lecho. “Ahora no”. Piensa que una vez más, es capaz de sobreponerse. Se viste, concentrada. No cree que esta vez haya que preocuparse más de lo normal. “El agobio es pasajero y estás acostumbrada”. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez. Lo repite tres veces. Era su forma de lograr cierta paz cuando las cosas se ponían feas. Acaso ahora que no sólo ella sino toda su generación vivía en una montaña rusa de sensaciones, esta no era sino otra de las muchas veces que la soledad la embargaba más que ninguna otra.

La conectividad del mundo apenas deja un resquicio para el aliento de una conversación. Hoy estamos aquí, pero mañana quién sabe. Piensa una frase más profunda que delate lo que siente sin dejar abierta la intimidad de su alma más de la cuenta. “Mira qué ojeras”. Se maquilla. Este color no. Disimula mejor este otro. Todos los días había de prepararse en una suerte ritual que la mantenía con vida a la vista del mundo, es decir, con vida, al fin y al cabo. Otras se guardan de sonreír menos de la cuenta, pero su problema era el contrario. Aquella mañana, una presión enorme en el pecho se deslizó en su interior y le costó respirar. Debía mostrarse al mundo y eso siempre le aceleraba las pulsaciones. Aún pudo terminarse la cara que iba a hacer de máscara hoy. Sin embargo, apenas se levantó de la silla, notó una punzada. Era la culpa.

“¿Estará bien?” Apenas había dormido aquella noche. Su familia hacía tiempo que había empezado a felicitarle de rigor. Ya sabes, hoy por ti y mañana por mí. Debían conocer las fechas más por repetición que por planificación. Algunas personas que la rodeaban en su día a día carecían de familia, aunque ninguno hubiese muerto todavía. A veces hasta vivían juntos, pero algo en la forma de comportase delataba un distanciamiento enorme. Un abismo entre ellos y nosotros que apenas dos o tres mensajes de felicitación o el saludo de rigor podían maquillar.

“Vístete, estúpida”. Se sentía ridícula con unos vaqueros que no le iban bien. Tampoco puede decirse que los chinos ceñidos fuesen a realzar algo que no fuesen los michelines, así que decidió disimular. Escogió de su ropero un jersey blanco, una talla más grande de lo que le gustaría, pero aquella mañana no las tenía todas consigo. Aún le quedó tiempo para terminar de acicalarse la maraña lacia que tenía por cabello.

Tras darle cien vueltas, decidió darse por imposible. Después de haberse convertido en rutina, lo peor no era sobrellevarla, sino el miedo a fracasar con otros objetivos. Más allá de lo que hubiese de tener, era preparar el camino. Algo que ni se planteaba hoy por hoy. Cierra la puerta. Aún le queda tiempo de mirarse una última vez al espejo. Apenas una última mirada con la que engañar(se). ¡Y qué decir de los miles de comentarios que aguardaban al otro lado de la puerta! A lo mejor, las personas con las que se cruzaba podían llegar a descubrir la máscara con la que se había vestido. “Es mejor no pensarlo”. La presión se iba haciendo más fuerte, pero la ignoró al tiempo que cerraba la puerta.

Un golpe de aire frío le hizo removerse en el interior de su jersey “de gorda”. La marea de gente caminaba con rumbo, pero inconsciente. Era absolutamente invisible al mundo y eso le hacía sentirse segura. El dolor del pecho pareció amainar cuando fue a por un café. El calor de la taza y la divertida forma de la espuma que le sirvió un chico con granos, que apenas distinguió las letras al escribir su nombre entre el griterío del local, le reconfortó. Abrió el teléfono y vio, entre otras muchas cosas, un torrente de fotografías excepcionales. Amigos y familiares a partes iguales se disputaban su atención en la pequeña pantalla. Algunos hasta hacían acrobacias peligrosas para su edad, mientras otros reflexionaban sobre tal o cual tema de actualidad. Empezó a repartir likes. Algunos más por compromiso que por verdadero interés. No convenía ignorar según qué comentarios o anuncios personales. Miró el reloj y apenas se dio cuenta de que había pasado más de treinta minutos sentada con el café enfriándose en la mesa.

Apenas había tocado el café, pero tomó una foto y la tituló “Happy Monday”. Casi de inmediato recibió dos likes. Cuando todo parecía estar en orden, se sintió un poco mejor. La imagen de una pareja joven hablando le recordó que no había recibido nada aún de él. Volvió a dar un repaso a las últimas actualizaciones, pero no había nada. La última vez que se habían visto aún no se sentía gorda. Sola sí, pero por entonces aún no tenía que perfeccionar una rutina con la que esconderse. Hubo un tiempo en el que había algo más de calor que el de la taza de café en sus mañanas. Se levantó una vez se percató de que llegaba tarde.

Salió a la calle y enfiló hasta la plaza próxima para tomar el autobús. En el trayecto siguió inmersa en sus pensamientos. Esta vez empezaba a animarse todo. La gente comentaba y le felicitaba por su cumpleaños. Se entretuvo en contestar a cuantos se tomaron unos segundos al teléfono móvil para desearle un feliz día. La presión continuó aminorando progresivamente. Volvió a acordarse de aquella vez en la que la palabra “futuro” podía asociarse a ella. Ya no palabras huecas como “ilusión” o “felicidad. No, más bien la sensación narcotizante de encontrarse en el camino. Iba pensando esto mientras descendía la pantalla buscando nada en particular y todo en general.

El aburrimiento se mata, pero con ella funcionaba del revés. Echó una mirada en derredor y lo que encontró fue un grupo de jóvenes sentados en los cuatro asientos de al lado que hablaban, seguro, pero no emitían sonido alguno. Tenía la certeza de que se trataba de una conversación, por lo concentrados que estaban. Una conversación intensa a lo que parecía. Volvió la mirada a su propio mundo. Un par de paradas después le costó incorporarse. Hacía siglos que no encontraba la postura adecuada. Un dolor intenso que le ascendía por las cervicales entró en dura competencia con la presión del pecho. Si hubiese podido hablar, su cuerpo le habría advertido que era sólo el principio de una estrecha relación.

Cuando el autobús llegó a su destino se dispuso a tocar el timbre. Apenas se escuchaba un hilo de voz en el interior que invitaba a pasar. Tenía llaves de la casa desde que su madre se rompió la cadera una vez que ya había empezado a trastabillar con demasiada frecuencia. Guardó el móvil en el bolsillo y abrió con cuidado. Su madre le estaba esperando en el sofá de la casa. Apenas se acordaba de su nombre, pero esbozó una sonrisa apenas perceptible. Ella no se percató. El móvil vibró otra vez. La casa de su madre y, tal vez ella misma, olían a humedad y abandono.

“Puto incordio”. Suspiró. Se encogió de hombros y con el móvil en la mano mostró una sonrisa. La presión había vuelto. Debían hacerse una foto.