En cuanto escuche esta historia de boca de aquella chica la tuve que escribir, no quería que se perdiera.

Hace algún tiempo, conocí a una chica a la que le encantaba venir aquí para ver el atardecer. Me arrastraba hasta aquí arriba y nos quedábamos en silencio, contemplando hasta que el último rayo de sol desaparecía en el horizonte.

Una de estas tardes, antes del atardecer, se me quedó mirando mientras sonreía pensativa. Esperó a que el viento se callara y entonces, habló. Comenzó diciendo que ella siempre había visto algo de mágico en este momento del día y continuó hablando de una historia que se contaba en su pueblo, una historia sobre el ocaso era algo así como una antigua leyenda popular entre la gente. Por fin, me preguntó si quería escucharla.

Esto es lo que recuerdo de aquella historia, que ahí en lo alto me contó:

Cuenta esta leyenda que hace muchos años, cuando aún los habitantes de los pueblos creían en la brujería, en la mitología y en la alquimia, vivía en aquel pueblo una mujer a la que acusaban de bruja y a la que todos temían.

Se dice que vivía en una ruinosa casa al final de la calle mayor, cerca de la cual siempre se podían ver gatos merodeando y donde, por las noches, algunos cuentan que se oían lo que parecían salmos y cantos blasfemos. Las historias y rumores sobre la casa y su extraña habitante eran bien sabidas por todos, desde los más jóvenes hasta los más ancianos. Pero lo cierto, es que ninguno recordaba haber visto jamás a la maldita mujer. Y aunque ninguno era capaz de afirmar con certeza que existía tal bruja, ninguno tenía el valor de cuestionar la tradición. Así pasaba el tiempo en el pueblo, sin que nadie se atreviera a comprobar lo que ocultaba la ruinosa casa de la calle mayor. Hasta que un día un joven, pese haber crecido escuchando las advertencias de la gente, se decidió a saber la verdad. Él, tenía el valor de burlarse de los que, temerosos de las historias, evitaban acercarse a la casa de la bruja. Y a sus amigos mientras jugaban la partida les contaba lo que pensaba de esas milongas que cantaban las abuelas de sus abuelas, y convencido les decía que por muy bruja que fuera esa mujer, no podía vivir más de tres generaciones, que en esa casa no había nadie. Sus amigos, en cambio, le aconsejaron que dejara las cosas como estaban, a lo que él se limitó a asentir y continuar con la partida. Sin embargo, no les contó lo que por dentro pensaba pues sabía no les iba a agradar.

Así que esa misma noche esperó a que las nubes escondieran la luna, para salvarse de testigos y miradas curiosas, y armándose de valor, o estupidez, cogió un cuchillo y se dirigió al final de la calle mayor. La calle estaba fría y todo el mundo dormía, el único ruido en la oscura noche eran los susurros silenciosos del viento que bajaba por el valle suavemente. Había pensado bien en lo que iba a hacer y en sus pensamientos estaba esa muchacha a la que él amaba, todo lo hacía para demostrarle su valentía.

A la mañana siguiente se despertó con la salida del sol, se encontraba perfectamente y aunque parecía un día como cualquier otro, algo extraño ocurría. Enseguida salió a contarles a todos su hazaña. Cuando contó lo que había visto a sus amigos ninguno lo creyó y todos se burlaron de él, ninguno aceptaba que él tuviera la razón y que las leyendas fueran solo habladurías y mentiras después de todo. Sin concederle mucha importancia a que sus amigos no creyeran que había estado en la casa de la calle mayor, esperó hasta la tarde a que llegara ella para contarle su hazaña.

Ya era alargada la sombra de la torre de la iglesia cuando ella llegó al pueblo. La leyenda, dice de esa mujer que tenía esmeraldas por ojos y perlas por dientes; y que con su mirada se escribían poemas y a su sonrisa le dedicaban canciones enteras. Por ello cualquiera se extrañaría de lo que pasó a continuación, porque cuando estuvieron juntos no hubo reacción, como si él ya no la reconociera. Pero él si la reconocía, era terrible, por algún secreto motivo su mirada seguía perdida en el horizonte. Ya reunidos, indiferente y sin emoción, él le habló de los libros centenarios y los macabros objetos que encontró en la siniestra casa. Y fue en ese momento, mientras él narraba la historia de su aventura, cuando ella lo entendió, y con las lágrimas rozando sus mejillas le preguntó qué sentía, a lo que él respondió: nada.

La gente del pueblo tapió las entradas y salidas de la casa al final de la calle mayor para que todo el mal que había allí, allí muriera. Y en las veladas, las viejas no hablaban de otra cosa que de la maldición que pesaba sobre el pobre hombre, que por sentir no podía sentir nada, ni amor por su amada.

II

Llegados a este punto podría parecer que la historia de la bruja termina aquí …”, me dijo ella haciendo una breve pausa para hacerse la interesante. El cielo se teñía cobre, el viento se levantaba y unos segundos después ella se disponía a continuar con la narración: “pero resulta que la bruja no es la protagonista de esta leyenda.” 

Así fue como continuó la historia:

Empezaban a aparecer los primeros bichicos, zumbando entre las flores amarillas y blancas, para anunciar que llegaba la primavera. A su vez el sol contemplaba desde lo más alto como él no descansaba al trabajar, así salía y se ponía día tras día y para él el tiempo pasaba siempre igual. No así para ella que sufría y le lloraba, ay si sufría, que podía haber escrito mil y una canciones tristes para el hombre que había perdido el alma. Ella, a pesar de la maldición, no se había apartado de su lado, convencida de que algún día, él recuperaría su mirada.

En este tiempo que había pasado hasta la primavera, habían hecho todo lo que los habitantes del pueblo pensaban que podía devolverle la emoción al pobre hombre.

Primero pidieron consejo al cura, el cual les refirió a unos rezos y lecturas que de poco le sirvieron. Después vinieron algunos con guitarras y sus voces para cantarle canciones, y ni siquiera después de escuchar la historia de la hija de Juan Simón se le removió el alma. También lo intentaron los poetas y los artistas sin mejor resultado, y es que para él los poemas carecían de sentido y los colores de las pinturas estaban marchitos. Tampoco con los romances épicos o los chascarrillos se movía de su silla. Ya podía aparecerse la misma Virgen en el lugar que él ni un dedo movería.  Entonces cuando veían su mirada ausente decían: “puede que ese hombre esté vivo, pero por sus venas ya no corre sangre”, y ella no podía hacer otra cosa que lamentarse, porque ni toda la belleza de este mundo parecía arrancarle una sonrisa o una lágrima.

Ella estaba cerca de perder toda esperanza. Puede que él hubiera sido condenado a vivir una vida insípida y desgraciada, sin alegría ni gloria, pero también sin pena ni dolor; mas algunos hubieran jurado que peor fortuna era la de ella, ahora sola.

III

Al terminar la frase se hizo el silencio, como si aquel lugar también estuviera escuchando la triste historia. Parecía que todo a nuestro alrededor se había parado esperando un desenlace, así que el final de esta leyenda no se hizo esperar mucho más:

Poco después de la llegada de la primavera, dicen los niños, que esa tarde jugaban en la calle, que los vieron a los dos por el camino que llevaba a la fuente. Y así era, ella lo había llevado esa tarde hasta un lugar en lo alto. Había descubierto ese sitio el día anterior y le pareció extraño que nadie del pueblo lo hubiera encontrado antes. Y es que la visión de aquel paisaje le devolvió cierta esperanza. “Si había de ocurrir un milagro en ese era el lugar”, pensaba.

El espectáculo estaba a punto de empezar cuando llegaron a su particular palco escondido entre romero y manzanillas. Él, le tendió la mano para subirse a esa roca desde la que se veían todos los campos a sus pies, extendiéndose hasta la lejana línea del horizonte que elevándose suavemente dibujaba la silueta del valle.

El día llegaba a su fin en aquel valle, poco a poco el azul del cielo se tornaba violeta, el mar de nubes, antes blancas, reflejaban ahora los últimos rayos de sol con mil naranjas y amarillos; mientras la luz de los campos, de los árboles y de los montes se iba apagando, sin que ellos se dieran cuenta, con la bajada del sol. Todo el lugar se preparaba con aquel espectáculo, en silencio y sin prisa, para recibir la noche. Y en medio de ese paisaje en metamorfosis, lo único que se respiraba era… paz.

Y en este breve tiempo que duró el ocaso dicen que se produjo un milagro, dicen que el viento paró y que el río dejó de correr, dicen que algunos pájaros se acercaron hasta el lugar y que los animales salieron de sus madrigueras, dicen incluso que el sol esperó a ponerse y que hasta la luna estaba allí cuando, ella rompió a llorar, rompió a llorar desconsolada como aquel que recibe de vuelta a alguien que había dado por perdido porque él, había vuelto a sonreír…

IV

Paso un minuto y empezó a hacer frío, pasaron dos minutos y se nos hizo de noche. El final de aquella historia se alejaba flotando en el aire… Dejándonos solos. En un segundo el silencio nos rodeaba y había miedo a romperlo, mientras pensábamos las luces iban apareciendo, sin alcanzarnos, puntos que se encendían en el horizonte descubriéndonos de nuevo la ciudad, aunque, había estado ahí todo el tiempo.

– Muy bonita la leyenda- le solté – me decepciona el final. –

– ¿Y el mensaje?, eso es lo que importa. – preguntó ella.

– ¿Qué mensaje? –

– Que se puede volver a sentir. –

– Supongo. –

Bajamos por una ladera hasta llegar de nuevo a la ciudad, le ayudé a bajar de un salto aquella piedra enorme y juntos fuimos andando. A nuestro lado la gente ya iba volviendo, sin prestarnos atención. Antes de despedirnos nos miramos callados en mitad de la acera y ya no recuerdo si sonrió. Me soltó la mano para finalmente desaparecer tras la esquina y ahí me quedé, dándole vueltas al final de la leyenda.

No la volví a ver nunca más. Resulta, que la bruja si era la protagonista de esta historia.