Y, de pronto, unos ojos azules me devolvieron la mirada. Un relámpago rasgó el cielo en ese preciso momento y casi pude sentir cómo atravesaba mi espalda, haciendo que me estremeciera.

Unos minutos más tarde, tras comprobar que nadie me había visto,salí del granero a hurtadillas. Atravesé el jardín trasero poniendo cuidado de no pisar alguno de los charcos que lo inundaban y, empapado por la lluvia, entré en casa al tiempo que la luna comenzaba a asomar tras la colina.

Al llegar a la sala, nuevamente esos ojos, idénticos a los que acababan de encenderse en el granero. ¿Realmente eran idénticos? No, los que ahora me miraban escondían un calor fuerte y acogedor, mientras que aquellos dejaban a uno helado. Emma me contempló de arriba abajo y dulcemente me pidió que me quitara las botas. La encontré odiosamente preciosa. Una vez descalzo, me senté en la butaca y permanecimos un buen rato en silencio. Únicamente interrumpí aquel apacible reposo para comentarle que había convidado al señor Lockhart y su esposa a pasar con nosotros el domingo.
                                                                                                              ***
A través de la ventana del salón los vi acercarse por el camino que conduce a la parroquia. Hablaban en alto y reían a carcajadas. Cuando invadieron la estancia, Emma explicaba su receta de pudding de manzana con pasas a la señora Lockhart. Edward me saludó con un fuerte apretón de manos y me reprendió por mi ausencia en la misa. A través de sus palabras pude oír al impertinente párroco como si estuviese en mi propia casa. Gruñí a modo de respuesta y le invité a sentarse en el sillón junto al fuego.

El ambiente degeneró con rapidez. Emma revoloteaba alegre poniendo manteles y moviendo aquí y allá sillas a la vez que instruía a la señora Lockhart sobre cómo sazonar correctamente el pavo y otras banalidades por el estilo. Al calor de la lumbre, Edward insistía en conocer mi opinión acerca del uso que debía dar a sus tierras al otro lado del río. Pese a mis cortantes respuestas, no parecía desistir en su empeño de incomodarme. Ni siquiera la idea de que el fin de todo aquello estaba próximo lograba calmar mi irritación. Un poco más, me dije, sólo un poco, y el infierno de estos años habrá terminado.

Finalmente nos sentamos a la mesa y pude mantenerme callado un instante. Tras la comida, ofrecí tabaco al señor Lockhart y pasamos al estudio mientras las mujeres parloteaban incansablemente en la sala. Colgados sobre la chimenea descansaban dos viejos trabucos, herencia familiar, que oportunamente había bajado del desván. Tal y como esperaba, los brillantes cañones metálicos, a los que había dado lustre esa misma mañana, llamaron de inmediato la atención de mi invitado. Edward y yo comenzamos a hablar sobre los viejos tiempos, en nuestra juventud, cuando compartíamos batidas de caza. Vi la duda atravesar su mente y fruncir su ceño. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, conseguí sofocar las ganas de echarlo a patadas de mi estudio unos minutos más, hasta que finalmente me lo propuso. Al fin y al cabo, dijo, me encontraba mejor que nunca. Una excursión al lago me despejaría, y no le contaríamos a nadie que me había prestado su rifle. No podría explicar cómo fui capaz de contener aquella risa histérica que me brotaba desde lo más profundo de mis entrañas. Apalabramos la cita para el sábado siguiente.

Nuestras esposas nos acompañarían y haríamos un picnic. Él parecía encantado con la idea. A última hora de la tarde se marcharon y mi hogar recobró la paz. Emma recogía diligentemente el salón mientras tarareaba una cancioncilla. Gracias a Dios, había hablado lo suficiente aquel día y no me importunó hasta que me retiré a dormir.
                                                                                                              ***
Esa mañana había amanecido clara. Los rayos de sol se colaban por entre los tablones del techo revelando una nube de motas de polvo. Edward y yo nos encontrábamos apostados sobre la baranda de la caseta, y podía sentir el cálido aliento de Emma en mi nuca, atenta a las aguas en calma. La señora Lockhart, ajena a nuestra vigilia, enredaba con unos ovillos en una esquina.

Una bandada de patos llegó volando desde el sur y se posó grácilmente sobre el lago. El señor Lockhart me hizo alguna indicación que se confundió con mi disparo y no llegué a entender. Las aves alzaron nuevamente el vuelo, pero una de ellas, herida, se desplomó en seguida, cayendo en el bosque. Dije a Emma que me acompañara a buscarla y salimos los dos, ella saltando alegremente por entre los arbustos, yo con el rifle al hombro.

Después, todo ocurrió muy rápido. El sonido del disparo alertó al señor Lockhart, que llegó corriendo hasta nosotros desde la cabaña en el mismo instante en que salíamos de detrás de un gran roble. Ella lucía más viva que nunca, y un velo rojizo cubría su rostro. Hasta yo mismo me sorprendí del realismo con que se mostraba asustada por el disparo. Desde luego, estaba imponente y hasta sentí un poco de miedo. Al verla, el señor Lockhart se recompuso. Había pensado lo peor, dijo. La tomó de su mano y pude percibir cómo Edward se sorprendía de la frialdad de su piel. Volvimos a la cabaña mientras ella se esforzaba en volver a animar al señor Lockhart.
                                                                                                              ***
El señor y la señora Lockhart nos dejaron a las puertas del jardín. Nos despedimos de ellos y prudentemente esperé a que su coche se perdiese tras la colina, saludando de cuando en cuando con las manos al aire. No sospechaban nada de lo acontecido aquella jornada. Una vez solos, la conduje al granero. Con la mirada clavada en sus fríos y azules ojos susurré las palabras. Los párpados del autómata se cerraron al tiempo que sus hombros se hundían bajo el peso de los brazos inmóviles. Lo cargué hasta el arcón y ahí lo encerré con llave. Después, cogí la pala y volví a pie hasta la arboleda para dar sepultura al cuerpo de Emma, que yacía tras aquel roble.

Cuando por fin regresé a casa, agotado, me desnudé, entré en la cama y dormí plácidamente por primera vez en muchos años.