Un trago más, dice el señor, amárgate la vida,
que no hay nada más largo y se dilata el tiempo
cuando no se le cuida. Si brilla todo bajo el sol,
llámame tonto perdido por quejarme del viento.
Me imaginaba que moriría a los pies de la montaña,
me dice, pero aquí me quedo yo, con el culo al aire.

Para no joder a los demás, hay que disparar al aire.
Aún así te persiguen, en la cacería hacen la vida.
¿Por eso no ha conseguido vivir arriba, en la montaña,
con su familia, con sus viñas? Un gran contratiempo,
responde, y se va sin más, traído por el viento.
¡El aceite!, chilla el cocinero a la tabernera, ¡de girasol!

Ya no me extraña nada. Si la luna cambiara su turno con el sol,
la felicitaría por su transgresión. Los molinos escupen el aire
y los perdono, pobres dragones. A mí el viento
no me vale más que para borrar las huellas de la vida,
que desde la cuna vamos chupando el tiempo
hasta que quedamos en morir, bocas secas, en la montaña.

Quizás sea que no llego a la altura de la montaña,
que tengo el alma del valle, llano y tapado por el sol.
En el valle no hay riscos para guardar el tiempo
que sobra: de lo que tenemos, hacemos inventario al aire
libre. Arriba se esconden alijos, aquí subastamos la vida
en el rastro, cara a cara, bien cascado por el viento.

Como cualquiera digno de conocer, tiene dos caras el viento.
Viene con prisa, por gusto, rodando cuesta abajo por la montaña
pero va perdiendo el placer, ¡hostias!, frenado por la vida
humana: qué violento está hoy, ojalá que viviera en la playa, al sol.
¿Por qué he bajado para ser criticado así?, se pregunta el aire,
y vuelve vengativo, ahora bochorno, vaya pérdida de tiempo.

Sigo sin sorprenderme, y eso me ha hecho, con el tiempo,
alucinar, que no hace falta provocar al viento
para que te traiga al otro lado, que sí, he volado por el aire,
desde los grandes lagos, sobre mares y montañas,
pero me encuentro en las bardas donde aún hay sol,
rodeado de gente que lucha para no amargarse la vida.

La vida se amaina como un elemento más. El tiempo es tiempo.
El viento lleva nuestras almas del valle a la montaña.
A sus pies, soplamos: gira al sol, respira el aire.