hubo una vez
que de la almohada me nació una escolopendra
que había estado incubando
de tanto paroxismo trasnochado y pensamiento recurrente
y que venía a contarme —decía—
grandes cosas que me podían interesar
pero por más que me esforzaba
no le entendía de la misa la media
tampoco me inspiraba mucha confianza porque por las noches
se tumbaba a mi lado y estiraba su cuerpo junto al mío
como para medirme
y empecé a sospechar
así que me deshice de ella
y la decapité con unas tijeras
mientras estaba distraída viendo una sesión de control al gobierno
la sequé al sol
la machaqué
y con sus restos me hice un peta y me lo fumé
al principio no sentí nada pero luego la cosa se puso fea
así que salí a que me diera el aire
y en medio de un inmenso páramo de vulgaridad cotidiana
se me acercó alguien con abrigo negro y cojeando
no era ni muy alto ni muy bajo
ni muy joven ni muy viejo
ni muy guapo ni muy feo
ni muy hombre ni muy mujer
pero me recordaba algo así como a Dustin Hoffman
en Cowboy de medianoche
y me dijo que no me preocupara
que las cosas van ni bien ni mal
y que así seguirían hasta el fin de los tiempos
cuando el último de nuestra especie
fuese catapultado en el tiempo hasta el futuro y último segundo
para boicotear la autodestrucción del Universo
trazando el patrón de un Universo nuevo
y que no me preocupara
que las cosas van ni bien ni mal
y que todo es muy hermoso como está
y yo sin entenderle de la misa la media
vi cómo extendía su millón de brazos
y se desvanecía entre la irresoluble paradoja de un pedo unamuniano