Carmelo era una oreja derecha; una oreja derecha normal y corriente.
Emilia era una oreja izquierda; una oreja izquierda normal y corriente.
Dos orejas, al fin y al cabo, que no esperaban encontrarse.

Ambas vivían en la cabeza de Juan, un joven que estudiaba en la universidad.
Hacían lo mismo que cualquier otra oreja. Recogían todos los sonidos que les llegaban, los escuchaban y los trasmitían. Y además, en sus ratos libres, se esforzaban por ser unas buenas orejas y pegarse todo lo posible a la cabeza de Juan. No querían ser unas de esas “orejas de soplillo”.

Pero aunque viviesen en la misma cabeza, eran muy diferentes. A Carmelo le encantaba la música clásica, escuchar el fútbol por la radio y dormir hasta despertarse. Era una oreja muy tranquila y trabajadora.

A Emilia le chiflaba la música pop, aprender de los programas de cocina y que Juan le pusiera ese pendiente de plata. Era una oreja inquieta y se moría por saber cómo era la oreja del otro lado.

Las dos vivían sin muchos cambios ni preocupaciones. Pero un día, a Juan se le ocurrió redecorar su habitación. Movió la cama de sitio, compró algunos cuadros y puso una tele de plasma en el techo.

Eran cambios que aparentemente no les afectaban hasta que después de unos días, la curiosa de Emilia se dio cuenta de algo. Por la noche, cuando todo estaba oscuro, salvo por las luces de la calle que entraban por la ventana, se veía a sí misma reflejada tenuemente en la pantalla de la nueva televisión.

Le agradaba mirarse. Prácticamente solo veía su silueta pero el pendiente le brillaba y eso le gustaba.

Enseguida se dio cuenta de que, si ella podía verse reflejada, también lo haría la otra oreja. Y así fue. En el lado opuesto de la cabeza se divisaba una oreja derecha que dormía plácidamente. ¡Por fin podría saber quién se encontraba al otro lado!

Pero esa oreja dormía demasiado y a Emilia no le bastaba con verla tenuemente. Quería que se despertara, hablar con ella, preguntarle por las cosas que se oían al otro lado…

Ya se daba casi por vencida cuando una noche llegó a sus oídos una sirena de policía que pasaba justo por esa calle. El repentino sonido hizo reaccionar a Juan, con lo que los tres se sobresaltaron. El joven estudiante volvió a dormirse enseguida, quedando Carmelo atraído por un reflejo plateado procedente del otro lado y Emilia más contenta que nunca.

Empezaron a hablar, ambos llamados por la curiosidad, y prosiguieron durante toda la noche.

Cuando el sol de la mañana entró por la ventana y Juan se levantó, las dos orejas continuaron el día de forma solitaria como siempre, salvo porque todo había cambiado. Estaban emocionadas por saber al fin quién estaba al otro lado. Pero a la vez tan confundidas… Pues se dieron cuenta de que eran muy distintas.

Al llegar la noche, ninguna se atrevía a hablar hasta que Juan, con esa impredecibilidad humana tan característica, soltó un fuerte ruido que debió oírse hasta en “la Conchinchina”. Ambos se sobresaltaron, pero pronto comenzaron a reír al percatarse de que se trataba de un enorme ronquido.

Las risas les incitaron a mirar de nuevo sus reflejos. Y al encontrarse en la pantalla enrojecieron.

Eran ahora dos orejas rojas que se miraban la una a la otra, dándose cuenta a su vez, de que no eran tan diferentes como pensaban, pues, al fin y al cabo, solo eran dos orejas normales y corrientes que no esperaban encontrarse.