No tengo mucho tiempo. Estoy herida en un brazo y mientras la sangre se escurre hasta llegar al suelo, siento como la poca vida que me queda se escapa con ella.

Siempre me he esforzado por hacer las cosas bien pero nunca he logrado salir del profundo pozo de tristeza y miseria en el que llevo ahogada gran parte de mi vida.

Dos hombres encapuchados me han encerrado en una pequeña y lúgubre habitación cuyo único contacto con el exterior es una deteriorada y enrejada ventana desde la que veo un mar lejano.

Llevo aquí siete días y apenas me dan de comer y beber.

No me quedan familiares ni amigos que puedan venir a rescatarme y a estas alturas mis probabilidades de sobrevivir son escasas, por ello escribo esta carta, para que al menos, si alguien la encuentra, sepa quién soy yo, Lucía Rodríguez, y los motivos de mi muerte.

Mis desdichas comenzaron cuando tenía cuatro años. Un miércoles de diciembre, mis padres murieron en un accidente de coche, motivo por el cual odio este día de la semana. Desde entonces, estuve viviendo en un pequeño orfanato situado a las afueras de Barcelona, del cual he intenté fugarme varias veces. Lo conseguí al cumplir los dieciocho años. El ambiente que allí reinaba era deprimente.

Durante mi huida, decidí establecerme en la capital, un lugar donde pensé que pasaría desapercibida y podría encontrar un trabajo. Pero en mi primer día solo conseguí recorrerme casi toda la ciudad andando, sin encontrar una forma digna de ganarme la vida. Mi situación empeoró al llegar la noche; tuve que dormir encima de un cartón y cenar un bocadillo que encontré en la basura. Fue entonces cuando conocí a Juanjo, un vagabundo que llevaba tres meses viviendo en estas condiciones. La diferencia de edad entre los dos era notable, ya que tenía veinte años más que yo, pero la similitud de nuestras experiencias y su manera de protegerme como el padre que perdí, hicieron que empezase a confiar en él, llegando a ser mi único y verdadero amigo, aunque esto, desgraciadamente, no iba a ser bueno para él.

Gracias a sus consejos me acostumbré a la vida en la calle y, algún tiempo después, conseguí trabajo en una hamburguesería; era un asco, pero por lo menos pagaban decentemente.

Como apenas tenía gastos fui ahorrando y comencé a ver la posibilidad de alquilar un pequeño piso. Después de pensarlo mucho, me decidí por uno situado en la zona sur de la ciudad. Y entonces comenzó todo.

Me dirigía a recoger mis cosas y contarle a Juanjo mis planes, cuando escuché a dos hombres discutir. Debí pasar de largo, continuar mi camino, pero no, mi curiosidad me obligó a dirigirme sigilosamente hacia la estrecha calle de la que provenían las voces. Me oculté tras un contenedor y desde mi escondite presencié la acalorada conversación. El que me daba la espalda era fuerte y alto; el otro, bajo y rechoncho.

  • “Dime dónde lo guardas, gordo seboso”, dijo el delgado.
  • “No tengo nada”, gritó el otro lamentándose.
  • “Mi Jefe me ha dicho que lo tienes tú, inútil”. “Dime dónde está”
  • “No pienso decirte nada, antes la muerte”
  • “Bien, pues que así sea”

Oí un fuerte disparo y a continuación vi un cuerpo que caía al suelo. El otro hombre salió corriendo.

Todavía asustada me acerqué al cuerpo y comprobé que tenía un disparo en el pecho. Con grandes esfuerzos me dijo “ten cuidado”, a la vez que me entregaba una pequeña cajita roja que tenía en un bolsillo interior de su chaqueta. Acto seguido, falleció.

Comencé a oír ruidos y sirenas de policía, así que cogí la cajita y huí. Pero dos ojos atentos me habían estado observando desde una pequeña ventana cercana. Dos ojos que posteriormente me delatarían.

Fui a contarle todo lo ocurrido a Juanjo. Juntos estuvimos examinando la pequeña cajita roja pero lo único que había dentro era un espejito cuadrado pegado a una de sus paredes.

Como ya había planeado, cogí todas mis cosas y me trasladé al nuevo piso, en el que estuve horas ordenando mis pertenencias.

Al día siguiente, un poco más calmada, decidí invitar a Juanjo a ver el piso y estuvimos charlando y tomando café.

Pasadas dos semanas, todo había vuelto a la normalidad, ya casi no me acordaba de la cajita, aunque la llevaba siempre conmigo. Pero todo volvería a cambiar.

Era miércoles por la mañana. Me levanté y desayuné. Ventilé la casa y al terminar cerré la ventana y corrí la cortina, como siempre.

Salí de casa para ir a trabajar, pero antes, iba a llevarle a Juanjo el desayuno. Conforme me acercaba se oían murmullos de gente y sirenas de policía. Comencé a asustarme. Y entonces lo vi. Un hombre adulto yacía muerto con un corte en la garganta. La vieja ropa que vestía estaba empapada en sangre, pero no era un hombre cualquiera, era Juanjo, mi mejor amigo.

No pude soportar verlo allí tirado, en mitad de la calle. Llena de tristeza y desesperación, salí corriendo hacia algún lugar.

Cansada de huir y pasadas algunas horas, decidí ir a descansar a mi piso. Durante mi camino no podía dejar de pensar en Juanjo y hacerme preguntas sobre su muerte.

Sin darme cuenta, me encontré frente a la puerta de mi casa; la abrí y noté algo diferente. Aparentemente, todo estaba como lo dejé horas antes, pero noté un olor extraño y entonces, me di cuenta. La cortina. No estaba como siempre. No estaba totalmente corrida como yo solía dejarla.

De repente, algo se resbalo de mi bolsillo y cayó al suelo. Era la cajita roja. Por el golpe se había abierto y de su pared se había desprendido el espejito. Creí que se había roto y al agacharme a recogerla descubrí un pequeño espacio que se encontraba detrás del espejo y en cuyo interior había una pequeña nota de papel doblada en varias partes. Un poco nerviosa me dispuse a leerla.

Se trataba de algunos sucesos de la vida del hombre del callejón que había muerto hacía varias semanas. La nota también contaba planes secretos de una organización y otras bandas en Barcelona, que debían ser desvelados y cuyo intento le había ocasionado la muerte.

Comencé a comprenderlo todo. La discusión en el callejón. la muerte de Juanjo, que creyeron ocultaba algo, y el registro de mi piso para poder destruir las pruebas que quedaban. Pero entonces, recordé que la única pista que quedaba era yo, que seguía teniendo la cajita, ahora oculta en mi chaqueta.

Salí rápidamente del apartamento.

Me dirigía hacia la policía cuando dos hombres encapuchados comenzaron a perseguirme. Corrí y corrí todo lo rápido que pude, pero al doblar una calle sentí una fuerte quemazón en el brazo. Me habían disparado.

Lo siguiente que recuerdo es encontrarme herida y un poco aturdida en esta habitación, sin la cajita en mi poder.

Al pasar los días aquí encerrada, tuve tiempo de meditar sobre todo lo que me había ocurrido y me di cuenta de que el hombre gordito que murió en el callejón sólo intentaba denunciar hechos delictivos en Barcelona y por ello había muerto. Alguien que me delataría más tarde, debió verme junto a él antes de su muerte y por ello mataron a mi mejor amigo Juanjo y me capturaron a mi, para recuperar la cajita y destruir las únicas pruebas que quedaban.

Ahora, quien encuentre esta carta, sabrá quién era yo y qué me pasó, pero hasta entonces, no quiero quedarme aquí sentada esperando la muerte.

Parece difícil, pero quizá consiga soltar la vieja reja que tapa la ventana. Finalmente, lo consigo, pero he hecho mucho ruido.

  • “¿Y ese ruido?”
  • “No lo sé, ha venido de abajo”
  • “Rápido, inútil, la chica se escapa”
  • “Eso es imposible, la ventana está con reja y la altura que hay es considerable”

Es cierto, asomándome a la ventana veo que hay una gran altura desde la habitación hasta el suelo y aún así quizá no consiga escapar. Pero es mi única oportunidad. Ya oigo como bajan las escaleras. No me queda tiempo. Debo saltar.

  • “¿Lo ves? Te he dicho que se escapaba. Cógela antes de que se mate y venga la policía”
  • “Esta chica es tonta”
  • “Vais a acabar en la cárcel y yo fuera de esta repugnante habitación. Adios”
  • ¡¡¡Nooooo!!! ¡¡¡Ha saltado!!!

Estoy echada en el suelo, un poco atontada y me duele todo, pero solo puedo mover la cabeza. ¿Dónde estoy? Este lugar no me suena. ¿Me encuentro en un hospital? Quizá alguien me ha recogido tras saltar por la ventana o a lo mejor ya he pasado a la otra vida.

Miro a mi alrededor para intentar encontrar respuestas. A mi izquierda solo hay una ventana desde la que se ve un mar cercano y cuyas cortinas están descorridas. A mi derecha hay un pequeño charco en el que se ahoga una mosca. Al frente, solo un pequeño espejo. Miro hacia arriba y me encuentro con un techo blanco.

Ahora se me está ocurriendo la respuesta a mis preguntas. Me acabo de acordar de que es miércoles.