He visto el infinito reflejado
en el tenue brillo de tus ojos,
la piel intachable del verano
descansando en tus mejillas,
y la condena más absoluta,
el reproche más insaciable
reposando en tus labios rojos.
He palpado fragmentos de ti,
haces de luz cruzando el espacio,
he sentido tu presencia
en calles inhóspitas llenas de basura
y en palacios de cristal.
Te he conocido siempre, sin saberlo;
he vivido en tu casa,
he escuchado tus canciones
y he seguido buscándote,
susurrando fábulas entre las sábanas,
comprando flores marchitas,
intentando sentir un pulso en mi pecho
que me diga que,
enterrada entre capas de humo,
has sonreído.
He soñado sueños negros
y les he pintado soles y estrellas,
he sumergido mis pesares
en mares de gasolina
y he despertado en la playa
viendo un atardecer púrpura,
sin conocer el camino de vuelta.
Me he aferrado a tu imagen
con todas las fuerzas que me restan,
a tu rostro impasible,
duro como el mármol,
eterno como el cielo.
He suplicado a gritos ahogados
una respuesta,
una explicación absurda;
pero los guardianes de papel
con antorchas en las manos
no han dicho una palabra,
llenos de vergüenza.
Así que he decidido huir de tu historia,
olvidar las arrugas
que poblaban tu frente,
construir una vida,
empezar de nuevo
a partir de un depósito vacío,
sin recuerdos
ni tu presencia.
Me he arrastrado por el barro
rechazando tu condena,
apretando los puños;
agujereando mi cuerpo poco a poco,
a cada paso,
hasta perder la conciencia.
La risa ha roto mi garganta
como un torbellino negro
y el desierto me ha acogido,
llevándome a un lugar
donde la noche y el día no existen,
y la luz camina como el hombre.
Tú estabas allí.
Sentada en el suelo
esperando el fin de todo,
con los ojos llenos de lágrimas,
sin arena en la sangre
ni piedra en los huesos.
Nunca podrás ser feliz.
Y nada
podrá hacerme olvidar mi fracaso.