Era octubre.

El viento gemía, arañado por las ramas de los árboles. La lluvia caía, intermitente, sobre la tierra y los árboles. Sólo algunos rincones protegidos por las zonas más espesas se libraban de humedecerse con las lágrimas del cielo. Anochecía, pero el sol se resistía a marcharse tan rápido. Los rayos cruzaban de un lado al otro del cielo. Apenas duraban un instante, pero su sonido, el cual llegaba con retraso debido a la distancia, era atronador, y toda la tierra parecía estremecerse al escucharlo.

Reivin se colocó mejor la capucha y miró atrás una vez más.

Nadie.

Bien.

Por fin, encontró el árbol, aquel que estaba marcado con una mano azul. Giró a la derecha. Después, a la izquierda. Apartó las ramas y la tierra. Sólo después, abrió la trampilla y se inmiscuyó por el agujero.

En la cueva, los demás ya le estaban esperando.

  • ¡Llegas tarde, Reivin! ¿Te han seguido?

Él negó con la cabeza, seguro de sí mismo.

Daka’ar, que era el dirigente de la reunión, suspiró aliviado. El fuego se reflejó sobre la cicatriz de su rostro, dándole un aire de seriedad mayor del que ya inspiraba por sí mismo.

  • Bien. Continuemos entonces.

Contaban que Daka’ar era un policía importante en la ciudad, y que esa cicatriz se la hicieron cuando desobedeció una orden de un superior. Desde entonces, le destituyeron. Su antiguo puesto otorgaba información muy importante para lo que tenían que llevar a cabo, pero también le ponía en un aprieto considerable, pues seguía ejerciendo como policía en un rango inferior.

Daka’ar empezó a hablar sobre el siguiente paso a dar, pero Reivin no prestaba atención. Tenía la cabeza ocupada con otros asuntos. Ese mismo día, había visto a Ilena. Estaba tan perdida como los demás.

Primero, había sido la televisión, y los ordenadores. Pronto, empezaron los reproductores de música, y las radios, y los móviles. Al cabo del tiempo, todo ello había quedado reducido a pantallas. Pantallas por doquier que algunos incluso se incrustaban en el cuerpo, sobre todo en las muñecas o los brazos. O las llevaban en las gafas, y en los cascos. La tecnología les había hecho más y más dependientes de ella, atontando sus cerebros marchitos y exterminando su imaginación e ideas propias. La sociedad se había convertido en una masa controlada, fácil de gobernar. Cuanta más información tenían a su alcance, menos se molestaban en mirarla.

Y, así, habían empezado las quemas de libros, el cierre de las bibliotecas, de las escuelas alternativas, de los negocios “anticuados”, y de todo lo que no se adecuaba al nuevo régimen.

Algunos se sublevaron.

Pero fueron pocos, y nadie les escuchaba. Porque esos días decisivos, siempre salía un nuevo videojuego, o un nuevo capítulo de las series más vistas, o un escándalo con algún famoso. Y las manifestaciones fueron controlándose, y volviéndose más y más débiles mientras el nuevo régimen ganaba más y más adeptos.

Y, fue entonces, cuando nacieron los “Ophiuchus”. Eran los contrarios al nuevo régimen, los que pensaban por sí mismos. Los que usaban la tecnología, y no permitían que la tecnología los dominase a ellos. Querían hacerse oír, y querían evitar que aquella farsa llegase más lejos. En sus reuniones, evitaban cualquier tipo de tecnología, ya que implicaría su automática delación. Por ello, se alejaban tanto de la ciudad, utilizaban fuego como iluminación, y nadie estaba autorizado a traer su móvil, casco, gafas, reloj o cualquier otro tipo de dispositivo tecnológico.

Aunque los “Ophiuchus” tenían todas las circunstancias en su contra, no se rendían.

Y es que tampoco les quedaba mucho más por lo que luchar.

Daka’ar calló de pronto.

  • Viene alguien —susurró.

Y no se equivocaba.

De pronto, decenas de policías armados hasta los dientes aparecieron por los diferentes accesos de la cueva, rodeándoles. Daka’ar miró a su alrededor, tratando de contar el número de contrincantes. Reivin, por su parte, retrocedió, cauteloso. Sus compañeros hicieron lo mismo.

Por fin, la jefa de la policía apareció entre los agentes y se quitó el casco, dejando al descubierto una preciosa cabellera rubia. Sonreía de oreja a oreja, satisfecha de haber dado con lo que buscaba.

  • Daka’ar, querido —susurró ella, mirándole de soslayo—. Me complace verte pero, ¿qué haces tan lejos de tu puesto de trabajo? Hoy no estás de guardia.

Daka’ar guardó silencio, imperturbable.

El semblante de la joven cambió de amabilidad a desprecio en un instante, y entrecerró los ojos.

  • Supongo que tendrás más ganas de hablar después—dijo, dándose la vuelta—. ¡Lleváoslo! ¡Lleváoslos a todos! ¡Y destruid la cueva, los libros y todo lo que vaya contra el régimen! Nadie los echará de menos.

Reivin trató de impedir que se llevaran los mapas, pero uno de los agentes le golpeó con fuerza en la cabeza. Su visión se emborronó y la sangre cayó por su sien y su oreja. Cayó al suelo con estrépito y bastante mareado.

  • ¿Por qué…? —acertó a preguntar,

La jefa de la policía pareció escuchar la pregunta, pues se giró una última vez para darle respuesta.

  • ¿Por qué, dices?

La joven caminó hacia él y se acuclilló a su lado, mirándolo a los ojos casi con ternura. Le puso una mano en la mejilla y acarició la sangre.

  • Porque siempre ha habido opresores, y oprimidos —susurró. A pesar de sus palabras, su voz era dulce—. Da igual la época, el lugar, o la historia. ¿Sabes cuál es la diferencia esta vez de las anteriores?

Reivin sintió cómo se acercaba a él. Apartó el pelo de su oído, y sus labios acariciaron su oreja cuando le reveló la realidad.

  • Que, esta vez, los oprimidos no se dan cuenta…