Se hallaban incrédulos mis compañeros cuando les comenté la idea, me tomaban por loco e incluso me replicaban enfadados que creían no sería una buena idea. Me tildaban de arrogante, me decían que no era quién para entrar en esos temas y para entrometerme, por supuesto, donde nadie me había llamado. No consiguieron persuadirme. Tras darle mil vueltas decidí llevarlo a cabo y no había vuelta atrás, aunque debo confesar que me costó mucho pulsar la tecla enter. Descontentos sí, pero curiosos también, mis compañeros me pidieron que no tardara en contactarles nada más se produjera el envío y, en caso de existencia, la respuesta. Días más tarde, con todo el pescado vendido, nos reunimos en el parque donde se situaron, como si de un cuentacuentos se tratase, formando una semicircunferencia donde yo ocupaba el centro. Con esta disposición y con enorme seguridad de que su atención era plena en mi historia, procedí a leerles al pie de la letra el correo que hacía un par de días había escrito a nuestro profesor de Historia de la Ciencia.

-Querido profesor, mi nombre es Ricardo y, aunque no me conocerá, puede encontrarme entre el listado de sus alumnos. No se si debería escribir estas líneas y tomarme esta confianza por adelantado pero estos meses de clases han hecho que tome este sendero y ya no puedo abandonarlo. Es por eso que debo advertirle que cada línea es un paso que avanzo en este camino arriesgado y, por lo tanto, un paso de confianza más que me estoy tomando con usted. Me siento arrogante, ya que estoy dando muchas cosas por supuesto y también ladrón, arrebatándole la confianza que debería estar en sus manos si otorgarmela o no pero, con más fuerza que esto, algo me impulsa a hacerlo. Es por ello que le agradezco de antemano que siga leyendo y considere mi preocupación.

No había movimiento entre los oyentes y por ello continué leyendo:

-Habrán pasado unos tres meses desde que le «conozco» y, conforme pasaban las clases, mi preocupación iba en aumento. He prestado mucha atención, no a lo que debería, pero es que sus ojos, como me los mostraba la pantalla, me atrapaban y su mirada no me dejaba indiferente. Veía que algo no iba bien, no podía apreciar el carisma del que me habían hablado compañeros de cursos superiores. Así, impulsado por la curiosidad y la preocupación, revisé los años que llevaba usted dando clase. He de decir que el dato no me sorprendió del todo pues mi estimación pareció ser acertada. Me gustaría saber, profesor, si en esos treinta años había sentido alguna vez esta desolación que nos transmite ahora, esa tristeza que me tiene atrapado y creo que a usted también. Desde luego que esto no me permite concentrarme en los contenidos del curso y no es un reproche ni mucho menos pues no ha sido otro sino yo el que ha decidido implicarse en esto. Trato de comprender el terror que le debe dar impartir estas clases, solo ante una máquina y con la única consolación de que esos números que le aparecen por pantalla somos nosotros, representados por círculos de diferentes colores que pretenden ser nuestras cabezas. ¡No quiero ni pensar el esfuerzo que debe hacer tan solo para imaginar que hay personas detrás de eso! Se despide de ti un alumno preocupado confirmando así la existencia de personas tras los círculos. Atentamente, Ricardo.

El asombro junto con la incredulidad eran las reacciones por excelencia a pesar de que no se exaltaron mucho puesto que esperaban, antes de una opinión definitiva, la lectura de la respuesta del profesor. Sabían que la había recibido pues me habían interrogado nada más verme. No querían interrumpir el discurso y esperaban impacientes la respuesta así que no hice más larga la espera y proseguí leyendo.

-Buenas tardes, Ricardo. No puedo negar tu arrogancia y exceso de confianza pero, dado que parece has penetrado en mí, y con acierto, no tengo nada que reprochar. Tampoco la situación me lo permite. Incluso agradezco tu preocupación hacia un desconocido, ¿ acaso no es eso lo que somos? Creo que nunca me había encontrado tan cansado, y creeme, no son los años aunque también. Debo confesarte que me siento acorralado por mi último aliento, la llama de la que parecía ser mi vocación se apaga. Nunca antes me había visto perseguido por el último suspiro. No tienes que asustarte, de salud no puedo quejarme. Como habrás podido comprobar en tu análisis, la sonrisa que os mostraba no es la mía. No te resultará extraño saber que el falso gesto sonriente se apagaba al son de la videollamada, con el término de la clase. Resulta complicado reunir tus últimas palabras como profesor cuando has perdido uno de los alimentos de tu motor, la retroalimentación con tus alumnos, e impartes lecciones con destinatario desconocido. No, desde luego que no es fácil y menos cuando llevas más de 30 años en esto. Empezaba a pensar fuertemente que sí, que había encontrado mi vocación, mi razón de vibrar, algo a lo que aferrarme en esta vida y empezaba a creerme incluso que tenía sentido; algún día hasta pude imaginar a mis cenizas volando tranquilas. Ponía alma y cuerpo en ello, días buenos y días que no lo eran tanto. ¿Y ahora? Ahora todo se está yendo al garete. De un día para otro se desvanece tu alegría, tu entusiasmo de cada mañana pero, inevitablemente, la esfera sigue girando y no puedes detenerla.

Tampoco yo me detuve y seguí leyendo la respuesta:

-Me levanto cada mañana, ya sin prisa, ni eso. Hecho de menos hasta la prisa; dejar la cafetera puesta mientras te vistes, ventilas tu cuarto, te peinas, preparas el maletín, revisas el correo, te calzas los zapatos, sacas al perro, le das de comer, tuestas algo de pan, haces la cama (ahora ya sí pues el cuarto está ventilado), cierras la ventana, vas al baño, preparas algo de fruta para almorzar y, finalmente, después de que la cafetera haya gemido insufriblemente y prácticamente todo el café se haya evaporado, eso sí, aromatizando la cocina, es entonces cuando te sirves lo poco que queda y recargas energía para coger la bicicleta y dirigirte a la facultad. Para qué hacerlo ahora, si no tengo ni que moverme de mi casa. Me levanto 10 minutos antes del comienzo de la clase, agarro la taza y enciendo el portátil, no más. Una pequeña mueca sonriente no tardaba apenas tiempo en salir de mí cuando entraba en la facultad.¡Hasta sin siquiera haber llegado a ella! ¿Qué se supone que debe alentarme en esta nueva situación? ¿Quizá algún número de los que aparecen en mi pantalla, esos que debo suponer son personas, y para más inri mis alumnos? ¿De verdad lo sois? Agradezco tu confirmación pero me parece que mi cabeza seguirá desconfiando. La interacción no es mutua, se ha ido por el retrete, y ya sabemos que de un agujero negro no se escapa. Se pierden, se pierden muchas cosas por el camino y además se ganan muy pocas. Dicen que es la nueva normalidad pero, si es así, debo negarme a ella. Ricardo, me niego rotundamente a no volver a poder mirar a nadie a los ojos mientras le explico algo. Me niego a perderme las caras de indecisión cuando tratáis de preguntarme algo inundados por la duda, a lanzaros una sonrisa que pueda relajaros y así la respuesta sea de más fácil digestión. Tampoco voy a conformarme con resolver las dudas por correo sin asegurarme de que lo habéis entendido bien. No quiero tampoco tomarme el café solo en el descanso de la mañana. Bueno, pensándolo bien, eso quizás sí, pero en la puerta de la facultad, que al menos el aire golpee un poco mi cara acartonada. Ya ni mi vecina me pide que le riegue las plantas cuando se va de viaje y parece que no vuelve. ¡Hasta eso joder! Hasta eso me revelaba cierto nervio. Quizá mi casa haya despegado, ya no tenga vecinos y esté levitando entre cometas. Realmente no cambiaría mucho la situación. Tulipán se extrañaría de pasear entre estrellas en vez de patos como de costumbre. De hecho, las agujas ya apuntan a las 12.00, debo bajarlo y, aprovechando, me bajo también a mí. Él baja a cansarse y yo a descansar pero, al final, termina por sentarse a morder palos y yo paseo. Él descansa y yo me canso. Tampoco el cierzo consigue despertarme, a pesar de toda su intención peleando cual guerrero tailandés. Hoy lo hace con empeño extra y aun así no lo consigue, perdiste la batalla y así la pierdo yo. Tengo para ambos, le lanzo una piña a Tulipán y, a mí, una mirada de sondeo que intente reconocerme. Aún con esas, y con el sol reluciendo más potente que ayer, mis sombras siguen oscuras y aparecen invisibles ante la sonda espía. Cómo atrapa este agujero, amigo Ricardo. La salida del autobús me recuerda que ya es hora de subir a comer. Cuezo algo de pasta para mantenerme distraído y escatimo en la salsa vagamente conformista. Aceite, pimienta y parmigiano me parecen más que suficientes para llenar este cuerpo casi vacío. Último café del día y me preparo para seguir dando lecciones ante mis queridos espectadores, número y círculos. Tengo los ojos cansados de las pantallas, sin embargo no hay mundo más allá de ellas. O eso parece. ¿Querido Ricardo, cómo se escapa de este agujero?

Nadie más habló.