Nos queríamos con locura. A pesar de los susurros y las miradas paseábamos por
el parque de la mano. Para el escándalo de alguna madre, hasta nos besábamos
delante de sus pobres hijos.

Siempre teníamos cuidado al vernos. Por si acaso. Por si su padre, Dédalo, nos
veía. Pero cuánto más tiempo pasábamos juntos, más larga se hacía la espera. Una
noche de septiembre, Ícaro me pidió que me casase con él. Por supuesto acepté,
encantado. Nos fuimos a su casa a celebrarlo. A escondidas, subimos a la azotea y
pintamos a besos las estrellas del cielo oscuro. Estábamos tan cansados y
contentos que nos quedamos dormidos abrazados.

Al día siguiente, Ícaro ya no estaba.

Cuenta la leyenda que esa noche, era tan feliz que se olvidó del miedo. Voló
demasiado alto, demasiado rápido, demasiado cerca del sol, olvidando que sus alas
eran solo cera y pluma. Inútiles, se desgastaron. Ícaro cayó de la azotea y se ahogó
en un mar de sábanas. Se derritió sobre mi pecho.

Cuando desperté lo llamé a gritos. Lo busqué, y lo volví a buscar. Desesperado,
recorrí toda la casa hasta que en la cocina encontré a Dédalo. Tenía los ojos rotos, y
un revólver en la mano.

Ahora le faltan dos balas, pero Ícaro y yo, volamos sin miedos y sin alas