Se llamaba Lucrecia.

Era mujer romana, de buena familia, fiel, casada, digna, ejemplar, perfecta. Seguía cada regla de un juego, injusto, pues en realidad sus movimientos y cartas no servían de nada, pues eran los hombres quienes tenían los dados.

Él lo sabía.

Se llamaba Sexto Tarquino.

Era el hijo del rey romano, de buena familia, casado, digno, rico, ejemplar, perfecto. Una noche, busco refugio en su hogar. La joven lo acogió, con una sonrisa amable, hasta que el príncipe azul se acostó junto a ella. Sin permiso, sin alcohol, sin provocación, gozó de ella y no con ella. Forzó la puerta, sonó el portazo, pero no la queja, robó la intimidad de su piel, solo porque podía ya que a nadie le importaría. Al salir el sol, la doncella murió, horrorizada por los recuerdos entre sus sábanas.

Se llama Lucrecia.

Hoy, camina contigo,cuando coges el bus y un hombre te mira dos veces, cuando vuelves de una fiesta con las llaves en la mano, cuando corres los últimos metros hasta casa, cuando entras en pánico si tu amiga no responde al teléfono, cuando escuchas piropos en una calle oscura, cuando se para un coche a tu lado.

Cuando sientes que los dados, no están en tu mano y que quizás nunca lo estuvieron.

Se llama Sexto Tarquino.

Hoy sigue caminando a tu lado, libre. Tiene otro nombre, otra cara, pero la misma historia. Le roba la inocencia a chicas, que como tú, nunca pidieron nada. Roma fue el mayor imperio y acabó en ruina. Pero , el machismo sigue presente. Es la hipocresía de la igualdad selectiva.

¿Cuándo dejaremos la época clásica?