Querido Coco,

De entre los estúpidos puestos de trabajo que me encuentro solicitando últimamente, he encontrado una agencia de copywriting llamada Uniquely, cuyo slogan reza así:

Arte con carácter propio e inspiración en cada rincón: esto es lo que define a UNIQUELY.

¡Dame arte impersonal!

¡Dame rincones vacíos de inspiración!

¡Prométeme aburrimiento! ¡Prométeme mediocridad! ¡Prométeme insignificancia! Estoy absolutamente harta de las promesas rotas de todos los Copys en nombre de las obras sobre las que les pagan por escribir; harta hasta el punto en el que preferiría que profirieran monstruosos y amenazantes juramentos del tipo ‘Estaré contigo en tu noche de bodas, Victor Frankenstein’ que se demuestren capaces consumar, antes que la clase de insostenibles promesas vacías de vía mística estilo ‘Todo irá bien, y todo irá bien, y toda clase de cosas irán bien’ que solo acaban por desilusionarnos a todos con el “poder del arte”.

Dame creaciones artísticas que no cambien mi vida, que no me dejen sin habla, sin aliento, y me deslumbren por completo. Dame arte que simplemente suceda, como la rubefacción de un tomate. Hoy en día, cuando toda obra artística que se precie inevitablemente rezuma significado, virtuosismo y belleza; ahora que todo artista en cualquier medio es revolucionario, una auténtica sensación, un fenómeno en sí mismo, me encuentro cada vez más y más atraída por el ideal de anonimidad, insuficiencia y despersonalización en el arte. Busco un arte que sea como Stonehenge.

Creo que es por eso, que, cada vez que miro por la ventana de mi cuarto, termino ridículamente sobrecogida por la visión y existencia de las nubes. Desearía que más cosas en el mundo se parecieran a las nubes. ¿Te has parado a contemplar las nubes recientemente, querido amigo? ¡Son revolucionarias, sensacionales y absolutamente fenomenales! Miles y miles de años por delante de su tiempo. Expresionismo abstracto eones antes que cualquier forma de expresión de ningún tipo. Desearía que la superficie del arte fuese tan clara como una nube. Tan transparente, que nadie pudiera si quiera plantearse que tal vez exista un autor detrás de la obra.

Pienso a menudo en cuán hermosa puede llegar a ser la neutralidad cuando un artista se consagra por entero a su concreción. Durante la cuarentena acabé viendo prácticamente todo el cine disponible de Yasujirō Ozu junto a mi compañero de piso alemán y, como sucede siempre que revisito a este extraordinario director, quedé una vez más maravillada por su perenne e insistente neutralidad. Incluso aquellas de sus películas que se quedan un poco a medias y se hacen algo pesadas, (lo que por lo general suele deberse al elenco o directamente al argumento) están tan magníficamente filmadas que casi no importa. Da lo mismo. Podría quedarme embobada mirando durante horas la forma en la que graba cosas como cuencos de porcelana o pasillos arbitrarios.

Ozu siempre me hace pensar en la primera pieza de música orquestal que escuché en directo, La pregunta sin respuesta de Charles Ives. La neutralidad de las cuerdas al comienzo es casi celestial. En aquel momento, al inicio de la obra, recuerdo pensar que la orquesta estaba afinando todavía, que la música que oía existía solo dentro de mi cabeza, o que provenía más bien de la atmosfera. No creía posible que un grupo de instrumentos fuera capaz de crear un sonido tan sutil, tan neutral. Es justo en ese momento, cuando crees que estás a salvo, que las trompetas y el resto de los vientos arremeten sin preaviso, tan desgarradoramente hermosos, como peces espeluznantes deslizándose a través de un límpido y sosegado lago. El grotesco efecto de esos instrumentos de viento y las melodías de las trompetas – artefactos, todos ellos, impulsados por el hálito humano, nada menos – debe de ser lo que uno siente al resucitar tras haberse hundido hasta el pecho en la suntuosa y neutral muerte de los violines y celos.

Gran parte del tiempo que paso escuchando música me descubro a mí misma deseando que ésta fuese más neutral. La música es casi siempre mucho de una cosa o demasiado de otra, al menos para mí: demasiado matemática o demasiado orgánica, demasiado minimalista y descarnada o demasiado pulida y depurada, demasiado evidente o demasiado ambigua. Escucho música para poder experimentar todas mis emociones y sensaciones de manera simultanea y por igual, no para anexionar una experiencia emocional al imperio de otra. Así, la música termina actuando como una especie de Naciones Unidas del territorio emocional internacional. Y yo, por una vez, no quiero ser quien permita que una privilegiada minoría de mis emociones y sentimientos tiranice y domine sobre el resto en esta sagrada asamblea. Quiero bailar toda la noche Y cavilar meditativamente sobre mi relación con mi madre. Quiero la exultación del lujo exorbitante, culos neumáticos, coches rápidos y uñas acrílicas AL MISMO TIEMPO que la de la pobreza, la modestia y el decoro. La honestidad emocional es paradójica y lo abarca todo, mientras que los sentimientos aislados y libres de contradicciones se tornan, habitualmente, irrelevantes. ¡Ninguna emoción debería quedar excluida!

Disculpa si todo esto, también, es de lo más irrelevante. Son solo ideas que me han asaltado hace un rato mientras estaba aspirando y escuchaba a mis adorados Smokey Robinson and the Miracles. Y digo ‘adorados’ no hiperbólica pero tal vez, sí, reductivamente, ya que la base que justifica mi adoración por ellos se circunscribe casi exclusivamente a dos de sus canciones y, en la práctica, obvia de forma total el resto de su catálogo. En tu último email decías “Todos mis problemas son insignificantes, pero saberlo no hace que vayan a desaparecer.” ¿Estás acaso citando veladamente a Neil Young? ¿Te gusta Neil Young? Soy incapaz de recordar si hemos hablado alguna vez de él. Yo tengo sentimientos encontrados, pero diría que el balance termina por ser positivo, sobre todo gracias a su etapa en los noventa – década en la que de algún modo se las arregló para seguir sonando como si estuviera en los setenta. On the Beach es un álbum maravilloso, especialmente la segunda parte, aunque no lo he escuchado desde hace tanto tiempo que no sé si mis ideas de entonces se sostendrían ahora. Pero Motion Pictures solía ser mi canción favorita del disco, y hubo una época en la que la escuchaba casi cada día. Me encanta lo grave que suena su voz ahí, tan distinta del registro alto y semi quejumbroso que le es habitual.

Hablando de escuchas, la semana pasada, también mientras limpiaba, me puse un podcast en donde Owen Horne(!!!) daba una erudita charla acerca de Julian Ashbeck, para regocijo universal de todos sus leales fans. Tuve que resistir el impulso de quitarlo al menos tres veces. No me explico como un hombre de quién he recibido tan poco pudo en su día confraternizar y convertirse en amigo indispensable del hombre de quién lo he recibido todo. ¿Cómo logró Owen Horne congraciarse con uno de los mayores poetas del siglo XX? – pensé para mí misma, según pasaba el aspirador. ¿Cómo es posible que las descomunales extensiones de mi mente y personalidad, que fueron genuinamente inventadas por Julian Ashbeck (por tomar prestada una frase de Empson sobre T. S. Eliot), – pensé de nuevo, aspiradora en mano – encuentren tan poco a lo que aferrarse en la figura de Owen Horne? Ya sabes lo que pienso de Owen Horne, querido Coco. Ya sabes que, incluso de entre la mediocre y deslucida plantilla que conformaba el departamento de literatura, Owen Horne se las apañaba para ser ostensiblemente inepto y desagradable. Te concederé que su poesía es buena, al menos sobre el papel, y que tal vez fuera eso lo que llevó a Julian Ashbeck – mi Moisés – a interesarse por él. Es posible incluso que el propio Owen Horne, con el paso de los años, se haya deteriorado rápida, radical, e irreversiblemente, como persona y como artista, y que los amigos que en su juventud lo idolatraban por su ingenio, encanto y apostura se vean ahora atrapados con esta versión de segunda de lo que un día fue. Es la única explicación plausible que le encuentro a este misterio que me corroe.

Si me permites aventurar aquí una teoría personal, diría que la inmensa correspondencia intercambiada entre Owen Horne y mi Moisés, Julian Ashbeck (por la que adolezco de unos celos descomunales) tuvo su origen e inicio a raíz de algo más bien pueril: Owen Horne llegó allí primero, simple y llanamente. Eso es lo que creo que pasó. Llegó allí antes que nadie y la recompensa que obtuvo a cambio fue absolutamente todo, como un explorador que sale en busca de una mina de carbón y, para su sorpresa, da con una de oro. Owen Horne leyó a Harold Bloom y se dio cuenta – no por sí mismo, sobra decir, sino a través de Harold Bloom – de que Julian Ashbeck era el William Wordsworth de su generación. Y él, sobrecogido y desbordado ante la posibilidad de que su ridícula generación tuviera verdaderamente algo que ofrecer a alguien, se vio impelido a coincidir con la evaluación crítica preconizada por Bloom antes incluso de haber leído un solo verso escrito por Ashbeck. Horne se hizo entonces con una copia de los poemas de Julian Ashbeck, con la obstinada determinación preliminar de amarlos a cualquier coste, los leyó y, por supuesto, quedo seducido por ellos; escribió su tesis sobre Julian Ashbeck y se convirtió así en ‘el gran experto’ y ‘la eminencia nacional’ sobre todo aquello que tuviera que ver con Julian Ashbeck. El hombre a quien acudir, el hombre al que consultar. Tal vez yo también debería dirigir mis energías hacia una empresa similar y convertirme en la ‘gran experta’ y ‘la eminencia nacional’ en todo lo referente a [INSERTE NOMBRE DE POETA DE FAMA MUNDIAL AQUÍ], en lugar de quejarme tanto.

Si buscas en Google a Owen Horne en la sección de imágenes, aparecen al menos cinco fotos de otras personas antes que una del Owen Horne que ambos conocemos. Si pinchas en ella, el enlace te lleva hasta una web con un artículo sobre la poesía de Owen Horne. Te copiaré el comienzo y el final del primer párrafo para que entiendas de que te hablo: «A lo largo de su vida, Owen Horne ha cultivado y combinado con igual pasión la escritura, la enseñanza universitaria, las artes marciales y la filantropía […] Ha tratado de jubilarse al menos cuatro veces, pero jamás lo ha logrado del todo. Su objetivo actual es donar al menos el 90% total de su riqueza personal a lo largo de la próxima década».

Últimamente he estado leyendo un montón de autobiografías. He decidido que las biografías son sin duda mi género favorito. Siempre cuentan la misma historia, una y otra vez, exceptuando minúsculas variaciones que constituyen lo único que importa de verdad en la vida de esa persona. Es como si todo lo que narran no fuesen sino episodios menores dentro de un gran mito universal en donde todas las vidas vividas son una sola, especialmente las grandes biografías del siglo XX.

Si tuviera que destacar o recomendarte alguna, por extraño que parezca, sería la del científico Paul Dirac: una biografía sumamente personal sobre una persona intensamente impersonal. Concepto que no pude sino encontrar curiosamente fascinante a medida que iba avanzando en la lectura. Recomiendo también la escalofriante autobiografía de Nien Cheng, Vida y muerte en Shanghai, una mujer cuya vida fue destruida y su cuerpo torturado a manos de la Revolución Cultural.

Otras menciones honoríficas incluirían a Petr Kropotkin, Stefan Zweig, Mao y Stalin. Sé lo que vas a decir sobre estos últimos, pero tengo que confesarte que lo que más disfruto cuando leo las biografías de basura humana como ellos es siempre la parte inicial, esa en la que se narra su infancia y todo eso, y en donde todavía te caen bien, aunque solo sea por pura empatía humana. Lees las biografías de gente como Mao y Stalin y te cuentan cómo, por ejemplo, no sé, tenían que aguantar palizas cada noche a manos de sus padres, y entonces casi quieres gritar: “¡No, basta! ¡Deja de pegar a Stalin! ¡Para de una vez! ¡Mao no ha hecho nada malo!”. Después, conforme te adentras en la historia de sus vidas, te pasas todo el tiempo deseando que aparezca alguien y mate a estos tíos de una vez por todas, pero al principio no puedes evitar desear que ojalá su infancia hubiese sido diferente.

En cualquier caso, ahora mismo estoy leyendo a Proust y puedo afirmar que es maravilloso. Fresco y delicioso como un salto de 4000 páginas sobre un macizo de flores. Dos ideas estúpidas que albergaba antes de leerlo: 1) Proust es un escritor serio – y por ‘serio’ no me refiero a meticuloso o algo por el estilo (cada una de sus frases es extremadamente meticulosa, como cestas de mimbre escrupulosamente trenzadas), sino a que es más bien frívolo, trivial y cómico, en el mejor de los sentidos. 2) Proust es un escritor ‘modernista’ – leyéndolo me siento mucho mas cerca del final del XIX que de principios del XX. Su escritura es la exagerada culminación decimonónica que nunca supe que necesitaba.

Te confesaré que he tenido que googlear la palabra distimia. ¿No te da la impresión cuando lees algún artículo o tratado psiquiátrico sobre la depresión de que, a ratos, casi parece que sigamos en mitad de la Edad Media, estancados aún en un nivel de comprensión de la emocionalidad humana equivalente al de perforemos la superficie craneal de este individuo para dejar escapar a los demonios y humores malignos que lo atormentan? Me conoces y sabes que, por lo general, soy alguien emocionalmente extravagante, alguien con verdaderos problemas para convencerse a sí misma cada mañana de que no va a terminar el día siendo arrestada; pero incluso así, siento que poseo mayor madurez humanística que los autores de estos artículos. No quiero sonar prepotente, pero cuando los lees parece casi como si fuesen anuncios. Anuncios mezclados con horóscopos. “Tauro recobrará su capacidad para la serenidad y el amor propio durante las rebajas de verano gracias a este vestido amarillo de Zara”, “Los escorpios tienen tendencia a saltar ante cualquier provocación menor y son propensos a arremeter contra familiares, amigos o incluso ellos mismos. Para ayudar a paliar los nocivos efectos de este temperamento volátil, lo mejor es medicarlos con el último IPhone Pro del mercado, cuya cámara de 24.786 píxeles les ayudará a ver la vida de otra manera”.

Siento que hay más verdad escrita en las trastornadas páginas renacentistas de Anatomía de la Melancolía de Robert Burton que en toda la última y más reciente edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Detesto la palabra depresión. Siempre me hace pensar en un tipo de accidente geográfico que, de hecho, encuentro bastante cautivador. Cuanto más leo acerca de cómo se realizan los diagnósticos mentales y su proceso de reconocimiento, más escéptica me vuelvo al respecto. La sección del DSM-5 que recoge los trastornos del estado de ánimo parece un gran anuncio de pastillas financiado por camellos farmacéuticos. Me pone de muy mal humor.

Personalmente, a menudo suelo encontrar la salida del laberinto gracias a la música. Sé bien que, en ocasiones, tú también. Música: ciega, irracional e inconsciente. Igual que los sentimientos. No sé que te parecerá que te mande un cuarteto de Beethoven, pero te voy a mandar un cuarteto de Beethoven:

https://www.youtube.com/watch?v=2OQgFy5mRW2e8

Sal a pasear. Coge un tren y visita una abadía en algún pueblo cercano, date una vuelta por su interior, si puedes. Detente y observa las cosas por un periodo de tiempo ligeramente superior al que normalmente harías. No creerías la cantidad de veces que me las he arreglado para sobreponerme a un mal momento simplemente saliendo a andar por ahí y contemplando un desagüe o el liquen de algún muro. Quizás te estoy dando unos consejos terribles. ¡Acepta mis horribles consejos!, te grito desde aquí. Años de experiencia me han obligado a llegar a la conclusión de que muchas de las recomendaciones demenciales que se les dan a gente como nosotros – ejercita a menudo, duerme bien, come equilibradamente y todo eso – son, de hecho, y contra todo pronóstico, tremendamente efectivas. Especialmente, la del ejercicio. Algo completamente ridículo que estoy haciendo últimamente es pedirle prestada la bicicleta estática a mi compañero de piso y dedicarme a pedalear mientras pongo en YouTube videos grabados por auténticos ciclistas durante sus travesías de montaña o cruzando Tokyo o cualquier lugar que esté lejos de aquí.

Mi madre, al final de todas y cada una de nuestras llamadas, justo antes de colgar, me recuerda siempre, con absurdidad bíblica, que respire a través de la nariz. El secreto de la felicidad consiste en respirar a través de la nariz, me dice. Cuando respiras por la boca, todo se va al cuerno, me dice. Debes intentar respirar intencionalmente a través de tu nariz. Carezco de datos empíricos para para informar de manera directa sobre el resultado exitoso o fraudulento de semejante empeño, pero me encuentro a mí misma sonriendo inadvertidamente desde el otro lado del teléfono cada vez que me da este descabellado consejo (el cual sigo rigurosamente). Todo lo bueno de este mundo se encuentra conectado, mediante un elaborado circuito cual agujero de gusano, a todo lo malo, y en los peores momentos posibles, siento que no hace falta nada salvo el empujón psíquico adecuado para lograr acceder a ese nido del pájaro dorado sobre el que escribieron los hermanos Grimm.

De todas formas, si fuese tú, no me preocuparía demasiado por el tema del trabajo, al menos no en el sentido en el que lo describes: como algo que deberías hacer, como algo por lo que se te hará rendir cuentas el día del juicio final. La mayoría de los trabajos actuales – especialmente aquellos que se tienen en alta estima y son considerados dignos y respetables por el público general – son perfectamente absurdos y no pueden tener menos que ver con los verdaderos ‘deberías’ de la vida. ¿Debería alguien convertirse en director de marketing? ¿Habiendo nacido, existiendo en el mundo, es la dirección de marketing algo que alguien debería hacer con su vida? Aunque sentarte sobre la alfombra del suelo de tu habitación escribiendo poemas pueda ser estúpido, y tal vez vano e inútil (de no existir dicho riesgo, sería aburrido), es también hermoso. Trabajar en cualquier empleo moderno es estúpido, vano, inútil y, además, espantoso. Hace no demasiado terminé Los Buddenbrooks, de Thomas Mann, un libro excelente sobre el tema del trabajo y el empleo. Lo recomiendo encarecidamente a cualquiera que se sienta torpe e incompetente al compararse a sí mismo con gente de negocios. Los empleos no son sino un molesto obstáculo que se interpone entre tú y tu verdadero trabajo. Kafka, Dickens, Trollope y todos aquellos que fueron capaces de trabajar y trabajar aún teniendo un empleo, lo lograron a pesar de dicho empleo, no gracias a él. No sé si me sigues. En palabras del fantasma de Jacob Marley: «El género humano era mi negocio. El bienestar general era negocio mío; la caridad, la compasión, la tolerancia y la benevolencia eran todas de mi incumbencia. ¡Mis relaciones comerciales no significaban más que una gota de agua en el anchuroso océano de mis asuntos!».

Te adjunto el borrador de la novela con la única condición de que la juzgues. Mi propio juicio se ha marchitado como un tulipán, secado como un calcetín al sol, y necesito a alguien con capacidad crítica que sea capaz de guiarme en el infausto proceso de edición.

Respecto a tus poemas, me temo que aun no he sido capaz de elegir mis tres favoritos. Sigo leyendo y releyendo, viéndote desaparecer y reaparecer en cada línea, a saltos, como un delfín, sin dar ninguna conclusión por definitiva. Hoy, mi estrofa preferida es la que cierra el nº 26:

El lago inhala el sol y quedamos tendidos sobre el malecón / como los cordones de un par de zapatos, desatados pero remetidos precipitadamente / en el mismo agujero, saliente protuberancia tumoral contra el dorso de mi pie. Nadie esperaba / tener que vivir en una época en la que simplemente vivir / no fuera suficiente.”

Sé que sabes lo que estás haciendo, y eso es más que suficiente.

Todo mi amor y afecto, siempre,

M.

P.D: Diría que la versión más auténtica de mí misma es aquella que emerge a través de la revisión constante y el contacto continuo con los demás. Las mentiras que nos contamos a nosotros mismos son la norma. Aquellas que decimos a otros, la excepción.